JUEGO A OSCURAS

Por Malena Salazar Maciá

 

A mi hermana Teresa, Alejandro y Yoss

gracias por destripar letras,

a mí me toca la autopsia.

 

«… el fantasma puede lograr que las

personas hagan ciertas cosas.

Como inducirme a que quemara el traje.

Como hacer que Danny se ahorcara…»

Georgia (Marybeth Kimbal)

Joe Hill, El Traje del Muerto

 

Ana rompió con Carlos.

Todo se había vuelto un hastío en la relación. Él le suplicó que no lo dejara o las cosas podrían empeorar. Ella le respondió que no era su juguete y se marchó sin mirar atrás. Se tensó al escuchar la voz histérica de Carlos gritarle que era una puta engreída y que iba a lamentar su decisión, porque su hermano —del que siempre hablaba pero nunca apareció— se encargaría de hacérselo pagar. Ana lo ignoró y aceleró el paso, justo cuando él le ordenaba que regresara en ese instante, como si ella fuese un animalito doméstico que se ha soltado de su correa. Ana se guardó su opinión al respecto, no quería darle más motivos para seguir con el espectáculo.

Su madre la esperaba en casa. No hizo preguntas, tampoco necesitaba respuestas. La abrazó con fuerza y le repitió que todo iba a estar bien, aunque Ana apenas la escuchase; comenzaba a sentirse aturdida, con la rutina desgajada. No se arrepentía de su decisión de romper, de eso estaba segura. Él le había succionado la vida —en muchos sentidos—, y ahora pensaba recuperarla.

Los siguientes meses transcurrieron en medio de limpiezas esporádicas. Todo lo que estuviese vinculado a su relación enfermiza desapareció; borró de la computadora las fotos con Carlos. A fin de cuentas, alguien que la llamase «perra puta», aunque fuese por despecho, no merecía un lugar ni siquiera en la papelera de reciclaje. Borró el contacto del celular y de su mente. Solo le faltó deshacerse de un osito de peluche —un regalo de Carlos que ni recordaba— y de un guardapelo de plástico —con una pelusa castaña que no era de ella—, no porque quisiera conservarlos, sino porque decidió que no iba a bastar tirarlos a la basura. Pensó en algo destructivo como el fuego, pero nunca llegó a consumar ningún plan. Otros asuntos más importantes, como recuperar el control de su vida, la absorbieron por completo.

Hasta esa noche.

Ana leía en su Tablet PC «Pesadillas y Alucinaciones», de Stephen King. El pomo de la puerta giró con un «clic» y pensó que era su madre. Sin embargo, la figura que se perfiló en la penumbra distaba mucho de ser la de ella.

—Hola, Anita —la saludó Carlos con una sonrisa ancha, desencajada.

Ana sintió como si alguien le retorciese las tripas hasta rasgárselas y creyó que vomitaría. «¿Cómo carajo entró? ¡Le quité las llaves de la casa! Al no ser que el cabrón… no, nonono… esto no puede estar pasando… no…»

—¿Me extrañas? —Carlos avanzó un paso hacia ella. Ana se decía que no le quitara la vista de encima y, a la vez, que no le permitiera acercarse—. Porque yo a ti si… Anita, tienes que ser mía… Pensé que irías a pedirme perdón, te dejé pensar este tiempo, incluso le dije a mi hermano que esperara, que recapacitarías… ahora, si regresas conmigo no pasará nada, me olvido de todo y no pasa nada, pero tienes que volver…

—Vete ahora mismo de aquí. —Ana atinó a agarrar su móvil, marcó el número de la policía, pero no llamó. Mostró la pantalla a Carlos, para que la viese bien—. Si no te vas por tu voluntad, voy a llamar a alguien que te lleve.

Él se detuvo, vacilante, se retorcía las manos. El brillo de la pantalla lo iluminaba con levedad. Ana pudo verlo mostrar los dientes, como un perro rabioso.

—Eres una malnacida infeliz —escupió de repente—. Sabía que ibas a hacerme una mierda, ¡una mierda cochina de puta! ¡Todo es tu culpa… todo… y me voy a asegurar de recordártelo!

En un parpadeo lo tenía encima. Ana quiso gritar, pero él le apretó el cuello con ambas manos. El móvil sobrevoló por la habitación cuando lo soltó para clavarle las uñas en la cara a Carlos e intentar liberarse. Sintió enterrar los dedos en la piel y afianzó el agarre al sentir un líquido tibio chorrearle por los brazos. Él aulló como un animal enloquecido, pero no la soltó. Ambos tironearon uno del otro sobre la cama, pero la fuerza del muchacho le aplastaba el cuello y el paso del aire se cortó de golpe, logrando que se preocupara más por respirar que por zafarse.

De repente dejó de reconocerle el rostro y notó que estaban desnudos. Él aún la agarraba por el cuello, pero con una sola mano, permitiéndole respirar a duras penas. Con la otra se masturbaba. Del pene escapaba un torrente blanco que no parecía tener fin, la empapaba, para luego inmovilizarla como si ella fuese una mosca en una telaraña.

Poco a poco, la cama se convirtió en una piscina de fluido donde ella se hundía con absurda lentitud. Ana no dejaba de agitarse para mantener la cabeza arriba, boqueando en medio de resoplidos, y evitar tragar la esperma. No podía quitar los ojos de su captor, porque era Carlos pero a la vez, no lo era. No recordaba su cabello apelmazado por alguna sustancia pringosa, ni su piel tan fría y gris, como tampoco era posible para ningún hombre eyacular de aquella forma bestial.

Tampoco tenía ojos, ni párpados. Solo cuencas vacías, redondas como la boca de un pozo, negras como un abismo. Ana sintió el dolor punzante de la penetración no deseada. Intentó cerrar las piernas, pero el extraño se empujaba dentro de ella con embestidas violentas, una y otra vez. Pronto sintió en su interior el chapoteo de la sangre tras el desgarre, junto al dolor abrasante y pulsátil que conllevaba. Ana ya estaba hundida hasta las mejillas. La mano de él seguía cerrada con firmeza en torno al cuello; reía y gorgoteaba de placer mientras ella se ahogaba en dolor y semen…

El pitido de la alarma quedó ahogado por el grito de Ana al despertarse. Se quedó muy quieta, con el corazón retumbándole en el pecho como si fuese un huracán enjaulado. Le costó algunos minutos comprender que había sido una pesadilla. Una horrorosa. Casi a rastras, se movió al baño. Aún temblaba con violencia al refrescarse la cara con agua fría, las piernas eran de gelatina. Sentada en el inodoro, aterrada, se examinó la vulva con un espejito. Se tranquilizó al constatar que no estaba tan desgarrada como pensó. Aun así, mantuvo la posición. Las rodillas le entrechocaban entre sí, mientras apretaba de forma inconsciente los muslos contra el pubis.

Por un instante, consideró cambiar las cerraduras de la casa, pero su madre se burlaría de su paranoia, diciéndole que el asunto de Carlos ya llevaba enterrado hacía más de tres meses. Él ya habría conseguido un nuevo «culito». Ana respiró profundo para calmarse y, después de algunas lágrimas silenciosas, se gritó que había sido un sueño. Era todo. Necesitaba distraerse, olvidarlo todo, era el mejor remedio en esos casos. Sin querer darle más vueltas al asunto, se tomó unos calmantes y se preparó para irse al trabajo.

Al regresar a la vivienda por la tarde, Ana se dirigió a su habitación, pero al abrir la puerta no evitó retroceder, espantada. Junto a la mesita de noche había una persona desconocida. Ana apretó los ojos y al abrirlos de nuevo, no vio nada. Respiró profundo y se convenció de que había sido un efecto óptico, seguro provocado por dosis extra de calmantes. Todavía estaba afectada por la pesadilla. Nada más. Encendió la luz y puso la cartera sobre la cama, junto al osito de peluche al que no le prestó atención.

Después de vestirse más cómoda, bajó a la cocina. La casa tenía dos pisos, las habitaciones daban a un pasillo corto que desembocaba en la escalera. Cuando la comida de esa noche estuvo lista, decidió darse un baño. Sin embargo, al final de la escalera semioscura, estaba la misma persona que había visto en su habitación, en el sueño.

Ana ahogó un jadeo y el corazón le subió a la garganta. Parpadeó varias veces, creyendo que simplemente desaparecería. No lo hizo. Era un hombre joven, de la misma altura de Carlos, de pelo apelmazado por alguna sustancia aceitosa. Tenía la cabeza inclinada adelante, con la barbilla sobre el pecho. Ana cerró los ojos una vez más. Cuando los abra no estará no estará por Dios que no esté no es real eso no es real… Levantó los párpados, despacio. El hombre seguía allí. Había erguido la cabeza. Sus facciones eran muy semejantes a la de Carlos… ¿era él… no lo era…? Estaba oscuro, pero a Ana se le antojó como en el sueño: es y no es. Él la observaba con cuencas vacías. Tenía una sonrisa demente.

Ana retrocedió a trompicones hasta perderlo de vista en la sala y se lanzó sobre el interruptor de la luz para accionarlo. Permaneció unos instantes contra la pared, con los párpados muy apretados, sin moverse. Estaba paralizada de terror. Él estaría detrás de ella. El corazón le latía desbocado «tudumtudum». Estaba detrás de ella, se dijo, era seguro. Los muertos no respiran pero le causaba un cosquilleo en la nuca, uno desagradable, de esos que te avisan de presencia no deseada. Le pondría una mano en la nuca, un contacto helado que le paralizaría el feroz «tudumtudum», los dedos se deslizarían por su garganta hasta apretar y terminar lo que comenzó en el sueño. Debía comprobar que estaba o no a su lado, pero si estaba —el cosquilleo le recorría la espalda baja, él estaba allí—, si no ¿qué hacía? En un arranque de valor, se asomó por la esquina. La escalera y parte del segundo piso estaban iluminados. No había nadie.

Ana gritó de espanto cuando una mano le apretó un hombro. Su madre la retuvo por los brazos para impedir que la golpeara y la examinó con preocupación. Ana la abrazó con fuerza, aliviada. No dijo una palabra. No podía y además, ¿realmente alguien creería la historia del fantasma? ¿O acaso se estaba volviendo loca? Después del silencio que le pareció una eternidad, pidió dormir con ella. Su madre no hizo preguntas, ni siquiera cuando su hija no comió de forma apropiada. Cuando el cansancio las acució a ambas, se retiraron a la segunda habitación.

A Ana le costaba conciliar el sueño. Le inquietaba tanta oscuridad. Le inquietaba que el espectro estuviese allí, a los pies de la cama. Una parte de ella se obligaba a no abrir los ojos, otra le decía que encendiese todas las luces y, otra parte de sí, estaba segura de que todo era culpa de Carlos. Era él en el sueño, pero Ana no estaba segura… ¿qué era esa visión? ¿Era a causa de su propio trastorno? O Carlos… ¿acaso Carlos en su locura se había… matado?

Su móvil sonó en la mesita de noche. Ella intentó ignorarlo. Pero el aparato no parecía callarse nunca, así que Ana alargó la mano y contestó, solo para decirle a quien fuese que no eran puñeteras horas de hacer llamadas.

¿Me extrañas, Anita? Quedó confundida. Sonaba a Carlos, pero no era él, ¿o sí? La voz tenía un eco de fondo, como si llamase de un lugar muy lejano. El aparato estaba caliente. No debiste encender la luz. Eso me molestó mucho… tampoco estás en tu habitación. Te esperaba para jugar un poco más, igual que anoche, pero eres una perra mal educada… voy a tener que enseñarte… El móvil adquirió una temperatura abrasadora pero Ana no pudo soltarlo, el plástico derretido se hundía en su mano, en su cara, abría la boca pero no escapaba ningún sonido, solo un jadeo patético. Sé obediente y espérame, calladita, ¿sí…? Voy a buscarte…

Ana pudo arrancarse el móvil de la cara y aulló de dolor. Sin saber si despertó o no a su madre, sosteniéndose la mejilla sangrante con la mano en carne viva, corrió fuera del lugar, desquiciada. Accionaba cuanto interruptor se encontrase, llenaba la casa de luz. Acabó en la cocina, donde, al borde de la paranoia e histeria, se echó agua en las heridas, se vendó con torpeza la mano con un paño y rompió a llorar. Se deslizó por la encimera hasta quedar sentada, sin fuerzas para más.

—Tienes que ser de él, cariño…

Ana levantó la cabeza. Su madre estaba allí. Quizás lo que más le aterró fue ver que la única luz que ahora estaba encendida, era la de la cocina. Su madre tenía una mano en el interruptor.

—Él me lo dijo todo… Carlos es tan buen muchacho… —habló la mujer con voz suave—. Estuvo mal dejarlo. Siempre fuiste una chiquilla malcriada y él es tan bueno para ti… No quiero que te quedes sola… Deberías llamarlo, pedirle perdón, o mejor… ¿por qué no eres de nadie?

Ana sintió un terror irracional al verla acariciar con un dedo el botón que, en un segundo, cortaría la iluminación del lugar. Intentó levantarse, mas descubrió que las piernas no le obedecían. La mujer accionó el interruptor y la penumbra se apoderó de la estancia. El fantasma apareció al lado de su madre. Le tomaba una mano. El espectro le habló en su lengua muerta silenciosa y la mujer esbozó una sonrisa tierna. Con una calma espantosa, ella se dirigió a la encimera cercana y agarró un cuchillo de cortar carne.

—… si no eres de Carlos, no eres de nadie… y para ser de nadie, hay que hacerlo con propiedad, ¿cierto, cariño?

Sin previo aviso, su madre intentó apuñalarla y Ana rodó a un lado con un aullido de espanto. Se arrastró bajo la mesa y jadeó cuando el cuchillo raspó el suelo donde antes estuvo su pierna. Sin perder un segundo, se levantó y, con todas sus fuerzas, volcó el mueble. Escuchó a la mujer gritar, hubo un «¡crash!» y el tintineo del cuchillo caer al suelo. Ana, sin pensarlo, se lanzó a encender de nuevo la luz. Avanzó a la sala y también accionó el interruptor, luego el de las lámparas de las escaleras, del pasillo, y entró en su habitación después de iluminarla.

Puso seguro, trancó la puerta con una silla, buscó una linterna y cayó sentada en la cama al recular a ciegas. Pasaron algunos minutos hasta que hubo un golpe brusco que la hizo ahogar un grito. Trastearon el pomo con desespero, luego, silencio.

—Cariño… ¿qué sucede? ¿Por qué has cerrado?

Ana no contestó. Retrocedió en la cama, con la linterna al frente como si fuese un arma y arrolló el osito de peluche al sentarse contra la cabecera.

—¿Estás bien…? ¡Ábreme! ¿Estás enferma…?

Ana recogió el juguete y lo miró. Por algunos segundos no fue capaz de pensar con claridad. Después, descubrió que la costura de la espalda no era de fábrica. Asomaba la punta de un mechoncito de cabellos negros. Los suyos.

Ana abrió el osito, olvidándose de que habían dejado de insistir fuera de su habitación. Dentro del muñeco había un pedazo de tela que emitía hedor a perro muerto. Envuelta en ella además de su mechón de pelos, había una astilla de hueso. Fue como si hubiese presenciado una revelación divina. Comprendió en menos de un segundo, que existía la magia negra para enlazar muertos a objetos cotidianos.

Ana recordó el guardapelo plástico que tenía en alguna gaveta de su mesita de noche, con unos cuantos cabellos ajenos.

El pomo de la puerta emitió el «clic» de apertura accionado por una llave vieja, y la silla aguantó pocos segundos como obstáculo para impedir el paso.

Cuando Carlos llegó esa noche a casa —al pasar por la sala elogió el cofre artesanal que alguien le había regalado a su madre—, y entró en su habitación, no pasó del umbral, incrédulo. Sobre la cama había un osito de peluche que conocía bien. Dubitativo, avanzó a recogerlo. De inmediato fue invadido por sentimientos encontrados; se sentía entre decepcionado y satisfecho. A todas las putas ingratas que lo dejaban les hacía el mismo regalo.

Morían de terror o eran víctimas del suicido, pero se iban con el conocimiento de que él mandaba. Sin embargo, Ana estaba viva, de alguna forma. Pero también significaba que todavía pensaba en él. Si le devolvió el regalo, pensaba en él. A lo mejor solo necesitaba hablarle, convencerla, y su hermano ayudaría a que volviese con él. Dejó el peluche sobre la cama y al enderezarse, ahogó un grito.

Él estaba parado en la oscuridad, el único lugar por el que podía caminar. Movió los labios y, aunque no emitió sonido, Carlos escuchó:

Hola, hermanito.

El fantasma sonrió, divertido ante la palidez del vivo: su hermano menor, el culpable de su muerte diez años atrás. Carlos le había destrozado el cráneo con un martillo porque le negó un capricho. Después, como si no bastase, profanó su tumba para hacerlo regresar con un ritual olvidado y usarlo como mascota. Así que en ese instante, el fantasma estaba encantado por el pavor que paralizaba a su asesino. El espectro disfrutó la falta de sonido de su voz y el efecto que provocaba:

Al final tropezaste con una perra inteligente, ¿eh?… pero ahora las cosas han cambiado. Es tu turno de jugar a oscuras conmigo. 

Carlos emitió un aullido ensordecedor y se lanzó hacia el interruptor de la lámpara del techo. Sin embargo, los fantasmas suelen ser muy persuasivos cuando lo desean. Si no, ¿cómo se explicaba que Carlos fuera encontrado carbonizado, con los dedos enterrados en un enchufe de la electricidad?

 

Un relato de Malena Salazar Maciá para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por la autora.

Imagen extraída de Devianart: ©lostknightkg

 

Sobre la autora:

foto_MalenaMalena Salazar Maciá (Cuba, La Habana, 1988). Graduada del Centro de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso» en el 2008. Ganadora del Premio David 2015 de Ciencia Ficción convocado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ganadora del premio Calendario 2017 categoría Ciencia-Ficción, convocado por la Asociación Hermanos Saiz. Ganadora del premio de novela HYDRA 2019, convocado por la revista «Juventud Técnica», (Ed. Abril, 2019). Ganadora del concurso de cuento de Ciencia Ficción convocado por la revista «Juventud Técnica», (Ed. Abril, 2015). Ganadora del concurso Oscar Hurtado 2018 en la categoría de ciencia ficción, convocado por el Taller Espacio Abierto y Centro de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso». Ha ganado en diferentes categorías el concurso «Los Juegos Florales» 2013, 2014 y 2015, además de mención en el concurso «La Edad de Oro» 2016, en categoría Ciencia Ficción y Fantasía.

Ha publicado la novela de ciencia ficción Nade (Ed. Unión, Cuba; 2016, Ed. Guantanamera, España, 2016) y la cuentinovela Las peregrinaciones de los dioses (Ed. Abril, Cuba, 2018). Ha publicado cuentos en las antologías Quimera Vespertina (Ed. Camino, Cuba, 2015), Órbita Juracán (Ed. Voces de Hoy, USA, 2016), Los Mil y un Zombies, cuentos cubanos sobre monstruos (Ed. Ácana, Cuba, 2016), La poesía de la vida (Alemania, 2016), Republika (Croacia, 2018) y Ecos de la Tundra (Ed. Islas de Papel y Tinta, España, 2019). Ha publicado textos en revistas como Cosmocápsula (Colombia), Elipse (Colombia), MiNatura (España), Papeles de la Mancuspia (México), Axxón (Argentina), Selene Quarterly Magazine (USA), 4Star Stories (USA), Speculative Fiction in Traslation (USA), El Caimán Barbudo (Cuba), Cubaliteraria (Cuba), La Jiribilla (Cuba), La Gaveta (Cuba), Korad (Cuba) y La Isliada (Cuba). Varios de sus textos han sido traducidos al alemán, inglés y al croata.

 

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