DEL OTRO LADO DEL INTERROGATORIO

POR ARIEL F. CAMBRONERO ZUMBADO

 

I

Hay dos personas en un cuarto de interrogatorio. ¿El cuarto de interrogatorio? Una jaula de paredes blancas con un panel de luz en medio del techo, que despide un enfermizo destello parpadeante. Una mesa carcomida por las termitas yace debajo, acompañada por dos sillas enfrentadas. En el muro izquierdo, un enorme ventanal polarizado. Detrás de él, un grupo de siluetas humanas observan el interrogatorio. ¿Las dos personas? La primera es uno de esos hombres de mediana edad que se engomina el cabello hacia atrás para disimular la calvicie de la coronilla. Viste una camisa blanca con una mancha de café y dos parchones amarillentos en la zona de las axilas, y un pantalón gris desteñido con una faja negra de hebilla plateada, tan poco lustrosa como su placa de policía. ¿El otro? Un niño de pelo corto, oscuro y colmado de caspa. Su piel es tan pálida que las venas se le marcan y mueven como víboras hambrientas. Lleva una camiseta celeste, embadurnada de vómito y motas de sangre. Un hedor a fresa podrida y heces ronda a su alrededor. Mantiene los ojos cerrados y una respiración ronca.

Una mujer acaba de entrar a la sala: el policía voltea hacia la puerta y el pequeño sonríe de oreja a oreja. Ella es alta, y no por los tacones que calza. Es de piel acanelada y colochera rubia. Porta una enagua añil hasta las rodillas y una camisa formal blanca de manga larga. En la diestra, carga un fólder, una grabadorcita y dos bolsas de plástico: la primera contiene un naipe; la segunda, un cuchillo ensangrentado. En su cuello, un collar con la cruz de San Benito. El chico continúa con los ojos cerrados, respirando cada vez más ronco, como si de una bestia se tratara.

—¡Psicóloga Montes! Veo que mis compañeros son tan miedosos que no se atrevieron a venir ellos mismos a dejarme el expediente —dice el policía con un intento de sonrisa.

Reprimiendo una risilla, ella asiente con la cabeza y le entrega el archivo. Al instante, él lo abre y le echa una ojeada:

Nombre: Pedro Lucio Kinkel Fernández.

D.R. # 616241.

Fecha de nacimiento: 6/12/2012.

Recibido: 7/10/2018.

Ciudad: Heredia.

Fecha del crimen: 6/10/2018.

País: Costa Rica.

Sexo: M.

Edad: 6 años.

Etnia: Hispano.

Peso: 19,5 kg.

Altura: 115 cm.

Ojos: Azules.

Cabello: Castaño.

Ocupación: N/A.

Educación: Preescolar.

Progenitores: Tulio Kinkel Young y Tarquinia Fernández Pomeroy.

Historial delictivo: Ninguno.

Resumen: Arrestado en octubre de 2018 por el asesinato de sus padres, Tulio Kinkel Young y Tarquinia Fernández Pomeroy, y sus hermanos, Arrunte Kinkel Fernández y Tulia Kinkel Fernández, cometido dentro de la residencia familiar en el Residencial Los Arcos, Cariari. La madre fue encontrada destripada en la tina de baño con dos chairas clavadas en los ojos, una manzana en la boca y la cabeza de su cónyuge dentro del vientre. El padre fue hallado en el fondo de la piscina decapitado, sin pene y con las piernas y brazos de sus hijos dentro del ano. Los hermanos fueron encontrados yugulados, sin extremidades y con un lazo de regalo incrustado en la frente mediante un cuchillo en la cocina, dentro de una olla con agua hirviendo. Las vísceras de la madre, el falo del padre y un crucifijo fueron hallados en el interior del inodoro. El infante fue localizado en su cuarto con la ropa manchada de sangre, mientras jugaba con una baraja de cartas y veía caricaturas en la televisión.

Víctimas: Dos masculinos y dos féminas.

—Vaya, vaya… —masculla el agente tras cerrar la carpeta—. Mis colegas me han comunicado que no querías dar detalle alguno del crimen si la psicóloga Montes y yo no estábamos presentes —camina hacia el chico y estampa el expediente sobre la mesa de un manotazo—. Bien, ya podés hablar. ¿O acaso necesitás algo más? —finaliza en tono irónico.

—Los humanos son bastante estúpidos —responde levantando los párpados.

Dos zafiros brillantes quedan al descubierto y penetran la mirada del oficial, quien batalla por ocultar la incomodidad que le transmiten. Golpetea su placa con las uñas una y otra vez, y permanece con la quijada tensa en extremo. Se escalofría y, de inmediato, le hace una señal a la mujer para que se siente. Tras agradecerle, ella toma asiento.

—No le agradezcas, muy pronto te arruinará la vida —balbucea el niño entre carcajadas.

—Pedro, ¿cómo se comportaba tu familia contigo? —pregunta ella con tono dulce, ignorándolo.

—El miedo en su mirada… —susurra el pequeño.

—¿Cómo? —dice ella encendiendo la grabadora.

—Me dieron muchas ganas de masturbarme —agrega con tono animado y una enorme satisfacción en el rostro, casi orgásmica— cuando la ramera me miró con espanto después de la primera puñalada. ¡Mmm, delicioso…!

Ambos observan al niño con mirada trepidante, disimulando el temblor de sus piernas. Sin embargo, el oficial, con semblante irritado y asqueado, se abalanza hacia el párvulo e impacta las palmas de forma brusca sobre la mesa. Sin importarle estar frente a un infante, le escupe a gritos un centenar de insultos. De súbito, la psicóloga se pone de pie y trata de calmarlo. Trémula y con el rostro torcido por la angustia, ve hacia la ventana polarizada. Lo que ella no sabe es que, entretanto uno de los policías lucha por abrir la puerta, el resto se halla petrificado, temblando con desmesura como un papel a merced del viento.

—¡Oficial Hope, cálmese de una vez! —implora casi llorando.

—¡A esta clase de escorias no hay que compadecerlas, señorita! —vocifera agitado, con el corazón a punto de explotar. Traga un poco de saliva y mantiene su vista sobre el chico.

—¿Por qué los asesinaste, Pedro? —pregunta ella con voz débil, fingiendo fortaleza.

El pequeño se carcajea. Ella advierte de reojo que el agente tensa el puño y se dispone a ir hacia Pedro, así que lo sujeta del brazo y le hace una señal para que se tranquilice. Ante esta reacción, el chiquillo incrementa sus carcajadas y le proyecta una mirada burlona al hombre.

—Yo no me llamo Pedro.

—¿Entonces cómo te llamas? —musita ella, siguiéndole el juego.

—¿Sabes por qué solicité que ustedes vinieran? —sin darles tiempo para contestar, continúa hablando—. A ti no puedo dañarte —mira a la mujer y luego baja la vista hacia la medalla de San Benito en su cuello—, pero él sí puede.

—Señorita Montes, este niño está desquiciado. ¿Qué otra prueba necesita para internarlo en un manicomio?

—Cállate, maldito pedófilo —la habitación se ahoga en silencio. Iracundo, el policía gira los ojos hacia Pedro—. No me mires así, oficial Hope. ¿Acaso no recuerdas todas las veces que te masturbaste con la pornografía infantil confiscada? ¿Te acuerdas bien o necesitas ayuda para recordar?

—¡Sos una maldita saband…!

—El oficial Hope —dice interrumpiéndolo—, el hombre que se hizo policía solo para poder tener algo de poder en su vida. Siempre un don nadie, ¿o me equivoco? —se risotea con estrépito—. Siempre un fracasado, un enfermo que no puede superar sus patologías ni su existencia patética. Tu madre deberá estarse lamentando en el cielo… Bueno, en el purgatorio —se le escapa un carcajeo—. Tu padre se lamenta en el infierno. Otro maldito inútil que se creyó poderoso…

—¡Maldito bastardo!

Hope se tira contra el niño y lo sujeta de los hombros. Lo empieza a sacudir como si de un muñeco de papel se tratara. ¿El pequeño? Se limita a reír estruendosamente. Conforme más lo zarandea, más alto se ríe. ¿La psicóloga? Lucha por separarlo del chiquillo. Fracasa. El hombre se voltea y de un puñetazo la tumba sobre la cerámica. Ella queda inconsciente.

—¡ESTE ES MI NOMBRE! —grita el chico con voz gutural.

De manera violenta, el agente es proyectado hacia la pared. Tiembla como un conejillo sin despegar la mirada de Pedro. El azul de los iris del niño se tornan babosos y fosforescentes. Dentro de la esclerótica, un grupo de minúsculas cobras carmesís nada con vehemencia, deseoso por migrar a un cuerpo más apto. Tras dilatársele las pupilas, el chico arrastra los glóbulos oculares hacia la baraja y, sin mover un solo dedo, abre la bolsa y dispone las siguientes cartas sobre la mesa en este orden: seis de picas, rey de corazones con el tres de corazones encima, tres de tréboles, as de picas, reina de corazones, rey de picas con el tres de picas encima, y rey de diamantes con el seis de diamantes encima.

—¡Ahí tienes mi nombre! Ahora —dice empezando a voltearse de cabeza, con los brazos estirados a ambos lados y las piernas juntas—, violarás a esta ramera para que mi descendencia se propague por los siglos de los siglos. ¡Maldeciré este mundo hasta que regrese al séptimo trono que me fue arrebatado en la guerra angelical!

Hope, sudando, hiperventilando y con los ojos como platos, ve de soslayo hacia la ventana polarizada. En ese instante, seis policías traspasan el vidrio a toda velocidad: forcejean por huir como roedores atemorizados ante un búho; no obstante, varios fragmentos de vidrio flotan en dirección a ellos, se incrustan en la yugular de cada uno y los degüellan de un sajo lento y pausado. Contorsionándose como sanguijuelas, gritan entre burbujeos sanguinolentos mientras terminan de desangrarse.

—¿Qui… quién ra… rayos sos?

—Ya respondí a esa pregunta.

Pedro dirige sus ojos hacia la bolsa restante: el cuchillo penetra el plástico y escapa, para luego acomodarse en la palma de su mano. Tras colocarse sobre el oficial, manteniéndose invertido, Pedro se yugula: una cascada de sangre baña a Hope e inmoviliza cada uno de sus nervios. De la herida, un águila emerge con bestialidad. Acaba decapitando al pequeño. Vuela hacia el agente y se sumerge dentro de su boca. El hombre convulsiona y retuerce sus extremidades como si estuvieran hechas de plastilina. El rostro se le desfigura entre muecas. Todo se inmuta y se plaga de silencio durante varios minutos… hasta que el oficial se calma.

Como si fuera otro, recoge el arma y camina hacia la psicóloga, quien apenas está volviendo en sí. Sin darle tiempo a reincorporarse, se baja los pantalones, le desprende el collar de un cuchillazo y le destroza la enagua y la ropa interior. Ella, como una gallina aterrada y sorprendida por el zorro, pelea por liberarse a punta de pataleos y manotazos. Todo es ineficaz. La pobre empieza a gritar fragorosamente apenas el tipo la aplasta con su cuerpo y la penetra de una estocada. Entretanto el hombre le estrella el rostro contra la cerámica y la embiste con brutalidad, cada vez con más fuerza, los ojos de Montes, clavados en la cruz de San Benito, se inundan de lágrimas y ruegos jamás escuchados.

¿El nombre? No, aún no sé cuál es. No sé cómo descifrarlo: seis de picas, rey de corazones con el tres de corazones encima, tres de tréboles, as de picas, reina de corazones, rey de picas con el tres de picas encima, y rey de diamantes con el seis de diamantes encima.

—Siempre me han gustado las letras y los números —acaba de… de susurrar el oficial… Hope—. Cada número concuerda con una letra del alfabeto. En el naipe solo se puede contar hasta trece, por eso hay que sumar para descubrir las otras letras —se carcajea como orate.

Me está mirando. Mientras viola a la mujer, me mira con sus dos canicas viscosas y repletas de víboras rojas que ansían podrir toda una generación… Viene por mí… ¡Viene por mí! ¡Despiértenme, por favor! ¡Despiértenme ya!

—¡Vieja estúpida! Sí que tienes agallas…

La luz parpadea con locura. ¡Necesito despertar! Parpadea todavía más rápido. ¡Despiértenme! Parpadea, parpadea, parpadea, parpadea, parpadea, parpadea, parpadea, parpadea, ¡parpadea! ¡PARPADEA! ¡DESPIÉRTENME, POR FAVOR! ¡Crac…!

 

II

La vidente se despertó de su trance sudando a borbotones. Jadeante y con los ojos como platos, vio en torno a ella con necedad. Todos en la mesa contenían la respiración: los hermanos de la psicóloga, el esposo de la psicóloga y los acompañantes de la médium. Detrás de ellos, amarrada de manos y pies en un sofá, la psicóloga Montes blasfemaba con voz gutural y se reía con desmesura. Con la esclerótica infestada por áspides bermellones y las pupilas explayadas, avizoraba los ojos de la adivina, entretanto se acariciaba su enorme barriga de seis meses de embarazo.

La sesión de espiritismo terminó en una pila de cadáveres desmembrados por toda la sala y un montón de caritas felices pintadas con sangre por todas las paredes. ¿La psicóloga Montes? Desapareció y nunca más se supo de ella.

 

Un relato de Ariel F. Cambronero Zumbado para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Imagen extraída de Devianart: by Dofresh

 

Sobre el autor:

Ariel F. Cambronero Zumbado (Heredia, Costa Rica, 1993) es egresado de la carrera de Literatura y Lingüística con Énfasis en Español de la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Ha publicado en la antología de poesía y microcuento Y2K (2019) y en las revistas Factum (2014), Conexiones (2015), Monolito (2018), Palabrerías (2018), Fantastique (2018), Ágora-Colmex (2018), Larvaria (2018), Aeternum (2019), Letralia (2019), entre otras. Actualmente, cursa la Maestría Académica en Lingüística en la Universidad de Costa Rica (UCR).

A continuación, se brindan algunos enlaces para acceder a otros de sus cuentos:

-«Fiesta de cumpleaños» (Palabrerías, 2018):

https://revpalabrerias.com/2018/10/18/cuento-fiesta-de-cumpleanos-por-ariel-cambronero-zumbado/

-«Transmigración licántropa» (Fantastique, 2018):

http://imaginariofantastico.com/2018/10/25/transmigracion-licantropa/

-«El nazareno del gato blanco» (Aeternum, 2019, pp. 94-100):

https://lektu.com/l/editorial-aeternum/los-gatos/11430

 

Si tú también tienes un Relato Olvidado y no saber qué hacer con él, podemos publicarlo. Aquí están las instrucciones: RELATOS OLVIDADOS

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