Designios Inescrutables

Una pequeña introducción para el capítulo de Reliquias de la Fe de la obra Reliquias Olvidadas en Storyteller´s Vault

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Designios inescrutables

Víctor dio un paso dubitativo y entró en la pequeña iglesia. Estaba todo como la recordaba cuando hizo la comunión, era una casa del Señor humilde, con sus bancos viejos y su desgastado retablo, en la antigua cruz había un Cristo que había visto tiempos mejores. Supo que intentaron restaurarlo pero no quedó muy bien, un poco al estilo del Ecce Homo, sin embargo, a la gente no le importó, siempre había gente dentro, los frailes dejaban entrar a ancianos sin recursos y mendigos a pasar la noche. Pero esta vez estaba vacía, al fondo estaba el Padre Jeremías, siempre le dio un poco de grima cuando hizo la catequesis, era muy alto, viejo y delgado, siempre iba encapuchado y desde que tuvo el accidente, tiene una cicatriz que le cruza el ojo derecho que se le quedó blanco y sin pupila. Era una persona seria y hosca pero siempre había estado allí cuando su familia tuvo problemas como cuando el banco intentó desahuciarles o cuando su primo se metió en las drogas.

Víctor avanzó hacia el, era de complexión grande y de fuertes músculos, un tipo imponente, sin embargo su cara era un espejo de dolor y sus ojos se iban empañando de lágrimas. Había estado en el ejército y había visto cosas horribles en la Guerra de Irak pero una tristeza insondable le superaba.

  • Víctor, me he enterado de lo de tu hermana, descanse en paz -dijo el Padre poniendo una huesuda mano en el hombro de Víctor.
  • Padre Jeremías… Laura…ella… está muerta…
  • Lo sé, hijo, lo sé…
  • La encontraron en su piso, algo… algo horrible le había desgarrado de arriba a abajo, la policía dijo que fue un perro pero dígame Padre qué clase de perro pudo hacer algo así, ¡dígamelo!

El fraile retiró su mano y le miró fijamente con su único ojo bueno.

  • Mira… Víctor, hay… hay cosas ahí fuera que es mejor que no conozcas, es mejor que vuelvas a casa con tus pobres padres y…
  • ¡Esa cosa sigue ahí suelta, Padre! No fue un perro, he visto muchas heridas en la guerra y esos surcos no los hace un perro ni un cuchillo…
  • Víctor, a veces… a veces el Mal… se manifiesta en formas que no podemos ni imaginar…- dijo el Padre intentando elegir bien las palabras, Victor abrió bien los ojos.
  • ¡Déjese de historias del Maligno! ¡Maldita sea, la poli lo sabe, ellos lo saben, saben quién es el asesino! Tiene que haber sido con algún tipo de arma blanca…

    El Fraile le asió los brazos, aunque delgado y recio tenía más fuerza de lo que aparentaba,

    Víctor se sobrecogió y el Padre le dijo en voz baja:

  • !Escúchame, Vïctor! Mira, es mejor que ahora descanses pero has de saber que hay un… cenaculum… un grupo de hombres y mujeres que estamos luchando contra cosas así…
  • ¡Déjese de historias!- gritó apartándose del Padre, – Mire, yo solo he venido aquí para contarle lo sucedido y usted me viene con paranoias, es mejor que me vaya.

    Víctor se dio la vuelta y con paso decidido se alejó hacia la puerta de salida, el Padre se quedó quieto mirando como se alejaba, el sabía que volvería, siempre vuelven…

Pasó una semana, Víctor volvió a entrar en la iglesia, estaba un poco más calmado y se sentía culpable por haberle gritado al cura, curiosamente la iglesia estaba vacía a excepción de un enorme confesionario que juraría que antes no estaba ahí. Era un confesionario muy antiguo y destacaba porque debía de valer mucho dinero una antigüedad como esa, fabricado con madera noble y tallado por algún maestro artesano de la época. Nunca había visto uno tan grande, tenía una puerta por la que el suplicante podía entrar en lugar de ser abierto como los más pequeños que había visto en otras iglesias. Le pareció ver algo que se movía detrás de la rejilla y Víctor entró, se arrodilló y juntó sus manos.

  • ¿Padre Jeremías?
  • No, no soy el Padre Jeremías, dijo una voz calmada y respetuosa pero con un extraño eco, como si la voz viniera de lejos o reverberase dentro del compartimento.
  • Ah, creía que el Padre Jeremías era el único monje de aquí…
  • Dime hijo, qué te aflige…
  • Disculpe, Padre, yo.. yo…me arrepiento de no haber pasado más tiempo con mi hermana Laura…y de haber discutido con ella por cosas estúpidas y…

Y entonces Víctor se echó a llorar y contó todo lo sucedido, fueron horas de liberación y alivio, de súplica y dolor, de pesar y pérdida, de aceptación y recuerdos queridos y finalmente de padrenuestros y esperanza. Víctor salió de la iglesia conmocionado, había pasado el tiempo volando y ya era de noche, reconfortado, caminó hacia su casa iluminado por la luna llena por las calles solitarias.

Al día siguiente volvió a la pequeña iglesia, allí estaba el Padre Jeremías, justo en el mismo sitio donde lo encontró la primera vez, pero extrañamente, no estaba el confesionario.

  • Hola Padre, ¿pero donde está el confesionario?
  • ¿Cómo dices?
  • El confesionario y ese cura nuevo -dijo señalando el lugar donde estuvo ayer.
  • Ahí nunca hubo nada, Víctor, y soy el único cura de esta iglesia desde hace ya unos cuantos años…
  • Pero… pero…
  • ¿Has pensado en lo que te dije?
  • Sí, Padre
  • Nos reunimos este jueves a las ocho de la noche, debes ser discreto y no decirle a nadie sobre esta reunión, confío en ti.
  • No se preocupe pero ¿qué es lo que hablaremos?
  • De la Parusia, Víctor, de la guerra entre el Bien y el Mal, tu hermana no será la última víctima y solo nosotros con el poder del Señor podemos hacerle frente, Víctor, tu camino te ha conducido hasta aquí, Víctor, ¡es la hora de la Venganza!

Víctor se quedó por un momento de piedra escuchando hablar a ese viejo cura así pero algo se activó en su cerebro de militar y apretando los puños y haciéndolos crujir entre sí le dijo:

  • Estoy preparado para lo que sea, Padre.
  • Muy bien, hijo, dime… ¿tus padres tienen cubertería de plata?

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