EL ÉXTASIS DE LOS MUERTOS

POR DIEGO MARIANO GIMÉNEZ SALAS

No están narrados todos los eventos que tuvieron lugar en el largo lienzo del tiempo, y afortunadamente hay historias que duermen en los oceánicos tinteros del olvido sin esperanza alguna de despertar. Los historiadores tienen como meta registrar las acciones de los hombres con base en elementos de prueba y documentos, el literato tiene, si cabe, una meta mayor, más que una meta, una misión: la de retratar las historias que han acontecido, pero que nadie ha presenciado, al menos nadie que las haya  guardado, y que aun así quedaron impregnadas en la faz siempre oculta del universo. Historias sin final, sin esperanzas, sin justicia, historias sangrantes que buscan el alivio de reposar en el papel, aunque estén encarnadas por nombres y lugares inventados. Los literatos no son creadores de historias, son contadores de aquello que no todos vieron. Plasman para la posteridad sucesos que nadie nunca podría contar. Testigos de lo ignoto, su arte atraviesa los muros de incertidumbre que nos rodean. Se ha dicho que la escritura ayuda a preservar el relato, creo que contar algo es sepultarlo, es darle paz. Pero no todo lo sepultado yace en paz, no todo lo no vivo está muerto. La anciana lo sabía muy bien. Su cráneo estaba cariado de funestos pensares que no menguaron con los siglos. Un hilo de ilusión sacudió su cansada mortandad al escuchar los cantos cerca de su cripta. ¡Eran las entonaciones correctas, las palabras correctas! El poder de la palabra era grande, ese poder de plasmar un sentir en el tiempo y cifrarlo entre sus letras, encerrarlo, de tal forma que al ser repetido ese momento conjurado al encierro al fin es liberado. 

La voz ronca de los oficiantes de la ceremonia rompía el aire como si se tratara de los estertores de un cuervo. El pecho de la anciana, aterido en una pena infinita se turbó, pues ¿qué podría quebrantar más a los muertos que la vida, que retornar al enigma que encuentra al fin su respuesta en la muerte?  Pero no era la parca anhelada quien llegaba a poner fin a la vigilia pesadillesca de presenciar el paso del tiempo hurgando en la eternidad una forma de morir. Habituada ya a la quietud de la eternidad, le tocó el amargo trago de la desilusión, pues su hora no había llegado. Esa angustia no la detuvo, había estado quieta ya demasiado tiempo en una pausa perpetuada en la aflicción. Conocía bien la angustia, una sin forma, dúctil en el tiempo, que ya ha erosionado su alma en un escarmiento de eones. 

Ella yacía en el nicho acuoso bañada con su propio cuerpo con diferentes e irreconocibles estados de su propia mancillada y fermentada materia. No fue nada fácil, pues al intentar mover los dedos notó que se habían prácticamente solidificado. También al intentar incorporarse notó que la piel de su espalda estaba adherida a la base de su nicho otrora tumba de madera. Con toda la fuerza que sus atrofiados músculos le permitieron pudo sentarse, en otra época el dolor que habría sentido al hacer esto la volvería loca, pero toda aquella parte estaba entumecida por el tiempo, eso fue de ayuda pues la piel de su espalda continuó adherida al suelo, separándose de la carne viva de toda su zona posterior y quedando unida a ella solo por hilos pegajosos de plasma caduco. Se arropó con sus ennegrecidas mortajas como abrigándose de un frio que ya no podía sentir. La herida de la espalda se secaría al contacto con la áspera y sucia tela, pensó.

Pudo salir con dificultad de aquella sentina como un cuerpo que abandona la placenta y nada hacia la luz. Arrastrándose, pesada y esponjosamente, era una malformación, un compendio de todo lo grotesco y lo hórrido, parecía una suerte de serpiente despedazada cuyo negro manto asemejaba a una muda de piel. Se desplazada lentamente como una babosa dejando tras de sí un hilo grueso de plasma pringoso y maloliente. Sus brazos eran costras empapadas y cubiertas de venas moradas, sus caderas horadadas por gusanos enormes, de seguro por la inmovilidad prolongada, estaban profundamente erosionadas de tal forma que los huesos secos eran perfectamente visibles. Aquella masa gelatinosa cuyas extremidades eran apenas incrustaciones semisólidas, y solo vagamente en forma de mano hacia el extremo, hacían gala de una penosa y sufrida locomoción. 

La luz tenue de las velas reveló más de la forma de aquella excresencia viva a medida que iba aproximándose al círculo trazado para el ritual. Su nivel de corrupción física superaba toda capacidad de imaginación, incluso los sirvientes cuyos nervios ya endurecidos en el crimen y en la muerte veían no sin poca turbación a aquel ser coagulado en la eternidad de alguna dimensión infernal. Sus brazos, aun finos, parecían soportar el arrastrar el cuerpo entero, cosa difícil de explicar. Sus senos eran dos apéndices supurantes arrugados y apergaminados cuyos pezones se asemejaban a verrugas grandes. En una de las piernas, justo en el muslo arriba de la rodilla, había un lunar carnoso del cual emergían profusos y largos pelos infestados de costras. Cada poro de la dura manteca que cubría la carne caduca de aquello que parecía una anciana saponificada en el formol del tiempo y de una incontable espera despedía un pus hediondo haciendo de su superficie una pesadilla resbaladiza cubierta de moscas gordas repletas de huevos. A medida que se desplazaba con viscosa y creciente dificultad podía notarse como una bolsa de carne estaba unida a su vientre abierto, como un útero atestado de orificios y túneles de carne carcomida.

La cabeza era un pedazo de carne desprendido sobre un cráneo fracturado, los huesos del rostro estaban dispuestos en una risa anormal y permanente. Ya no había dientes, solo una lengua cubierta de mohosos pigmentos. La nariz y sus dos fosas eran grandes y los vellos en retorcidas hebras asomaban al exterior. Los ojos eran dos yemas escupidas en ambos cuencos del cráneo, casi ciegos por las cataratas. Los huesos de todo el cuerpo presentaban importantes fracturas. De entre esos maxilares espumosos por la saliva amarillenta salían sonidos ininteligibles y por el aroma de cada sonido se podría decir que los órganos internos estaban en un nivel inimaginable de descomposición. La vulva era una mejilla carnosa cubierta de pocos pelos amarillentos donde los labios menores colgaban magullados. Aquella anciana se movía con dificultad por el duro suelo, su trayecto desde el nicho era un cuadro dantesco, como un Vía Crucis blasfemo. Los oficiantes de la ceremonia, dejándose llevar por el frenesí de los cánticos, empezaron a danzar con euforia creciente, sus túnicas sucias y cubiertas casi en su totalidad de arena se agitaban pesadas por sus ásperos pliegues. 

La anciana, penosamente, ya casi llegaba al círculo en el medio de la estancia. Dentro de esa circunferencia trazada en la roca se podían ver símbolos de una geometría oculta y hermética, y en su centro el recipiente que albergaba el abominable preparado. La sopa lucía cremosa y con varios grumos de carne y otras cosas indefinibles.  Mientras los otros dos no dejaban de proferir cantos blasfemos uno de los sirvientes le pasó un cilindro de madera fino y hueco, uno de sus extremos lo colocó dentro de la sopa y el otro en la comisura lechosa de la anciana, esta empezó a succionar y copiosas cantidades de aquel estofado impensable subían por el ducto hasta sus entrañas descompuestas, al poco tiempo en el recipiente solo quedaba una capa fina de aquel espeso liquido. Al cabo de unos minutos empezó a ocurrir lo que solo podría ser definido como una metamorfosis. Debajo de aquel manto negro impregnado de pústulas, sangre y demás fluidos mefíticos la anciana empezaba a sufrir de convulsiones, bruscos temblores que no hacían sino salpicar sus inmundos jugos. Cierta parte parecía aumentar de tamaño, como si una inflamación monstruosa en la espalda deformara aun más la maltrecha figura de aquella escoria costrosa surgida de una inefable pesadilla orgánica. Aquel ser, trabado a medio camino entre la muerte y la vida, fuente de pungentes fluidos cadavéricos, pero aun respirando, parecía estar sufriendo una licuefacción interna. 

Mientras los sirvientes seguían absortos en su rito, el rostro de aquello se arrugó como si estuviera compungido. Pronto se descubrió el motivo de aquella expresión de urgencia. Tras roncos rugidos en su vientre hilos de gases escaparon de su ano hasta que una cremosa pasta dilataba su orificio. La vieja se retorcía, esta vez sí, de dolor y sus puños intentaron cerrarse sobre el piso duro, en uno de esos intentos dos de sus uñas se despegaron. Las lágrimas empezaron a brotar. La torcida garganta de la vieja no para de proferir chillidos de una estridencia insoportable, como un coro de ratas en agonía, como una sinfonía de horror masticada por los huesos débiles y la carne podrida de aquella vieja. 

Súbitamente todo cesó. El bulto bajo la mortaja dejó de moverse y quedó totalmente envuelto en él. Al sincronizo lo sirvientes pararon sus cantos. Tras minutos de eterno silencio del bulto empezó a emerger algo, al poco tiempo aquello tenía la estatura de una persona normal. Al poco tiempo, se asomaron a la luz cetrina del lugar unos senos firmes y tersos coronados con unos pezones de limpia redondez. Bajo aquella turgencia una esbelta cintura y una pierna que la tela podrida no pudo ocultar completaban el cuadro, más arriba, una cascada de pelo negro y empapado de acuosidades innombrables bañaba sus hombros lisos, huesudos y perfectos, tras el velo ébano de sus cabellos unos ojos intensamente rojos como primordiales rubíes resplandecían con un extraño y sereno hervor. Detrás de ese infame atuendo había una mujer joven y desnuda ataviada solo de fluidos y excrecencias propias de la transformación. 

Solícitos y dispuestos, los sirvientes fueron a su encuentro, subieron al altar y con delicadeza extrema, rayana en la devoción, despojaban con sus lenguas negras como sanguijuelas gordas de los fluidos que barnizaban la piel de aquella mujer. Bajo sus capuchas pudieron verse unos rostros muertos y carcomidos, en diferentes estados de putrefacción. ¿Qué extraña magia levantaba a los muertos al servicio de lo innombrable? ¿Si para algunos es la muerte la oscuridad al final de un túnel, que había más allá de esa oscuridad? Los sirvientes limpiaban la desnudez mancillada de aquella mujer mientras los labios de ella se despegaron en un ligero suspiro de placer, sus pómulos se enrojecieron y en su sien se arremolinaron pensamientos de una lujuria antigua. Apretó uno de sus senos y de su punta la leche agria sació la sed de una lengua negra y muerta. Aprisionó entre sus piernas humedecidas la cabeza de otro de los sirvientes incrustando tres de sus dedos en su cráneo pulido. Extendió sus brazos, todo estaba consumado. ¡Su cuerpo volvía a albergar sensaciones después de tantos siglos! Su viaje había terminado, al fin había naufragado tras océanos de eternidad. Luego de saciar las urgencias de su libido el hambre anidó en su vientre, un hambre voraz, alimentado por los siglos. Aspiró una larga bocanada de aire y lo detectó: carne viva, y muy cerca. El pueblo cercano debería bastar, cuyos primogénitos arrastrados hasta las entrañas de la tierra, aplastados y bebidos fueron solo un aperitivo. 

Pronto amanecería y ese amanecer no estaría exento de conmoción. La turbación generalizada se extendería por todo el pueblo. Interminables lágrimas en el rostro de las madres desconsoladas teñirán de luto calles y avenidas. ¿Qué habrá sido de los pequeños ángeles arrebatados de sus cunas? Probablemente nunca sepan cual fue su suerte, ni de cómo abandonaron este mundo de una forma tan horrible que helaría hasta al más frio. Sus asesinos, sin duda, pagarían con su alma y su cordura, si tan solo las tuvieran. Mucho más inaprensible es, incluso para ojos cautos y mentes agudas, las oscuras fuerzas que decretaron sus muertes, de cómo sus tiernas entrañas arrojadas a un holocausto abominable fueron nutricias a los propósitos de Ella.

Un relato de Diego Mariano Giménez Salas para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Ilustración de James Cheong: https://www.artstation.com/jamescheongart

SOBRE EL AUTOR:

Diego Mariano Giménez Salas (Asunción, Paraguay. 1986) Escritor y psicólogo. Obras publicadas: Funebrofilia, Femera fembra, Emisarios de la aberración, Heraldo de la Catastrosfera, El extraño incidente de Jonathan Doe, entre otros.

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