LA SED

POR VIDAL FERNÁNDEZ SOLANO

La criatura se había colado por la ventana y ahora permanecía en un rincón, delectándose ante la inminencia del banquete. El no muerto podía sentir los latidos del corazón de ella, oía la sangre fluyendo por sus venas, podía oler, aunque se hallaba a unos metros de distancia, la carne fresca, tibia. Una carne que él iba a desgarrar y una sangre que en breve se disponía a beber.

Ella reposaba plácidamente, con una sonrisa en los labios, disfrutando de dulces sueños, ajena a lo que ocurría en su habitación. Eva sólo tenía cinco años, para ella el mundo se dividía, a partes iguales, entre jugar y jugar. Sus mejillas lucían un rubor permanente, lleno de vida. Era preciosa, con unas largas pestañas que eran el centro de atención para todo aquel que la conocía. Sus preciosos ojos violeta completaban un cuadro con el que Leonardo da Vinci hubiera mejorado muchísimo La Gioconda.

André, que era el nombre de la bestia, se acercó a la cama sin hacer ningún ruido. Sus pies apenas rozaban la alfombra. Se detuvo de pie junto al tálamo, demorando un segundo más el momento álgido, saboreándolo un poco más antes de saciar su sed.

. . .

La sed. Era lo único que le quedaba de su naturaleza humana. Recordaba todo como si no hubiera transcurrido más de un siglo. Perfectamente podía haber sido ayer, o esta misma mañana.

Corría el año 1870 y él vivía (vivir, qué maravillosa palabra) en Saint-Michel-Lóbejou, una pequeña aldea en el corazón de Francia.

Todo había comenzado una fría tarde de otoño, cuando regresaba a casa después de encerrar el ganado en la cerca. Ese día se había demorado más de la cuenta porque un cordero se había separado del rebaño y tuvo que volver atrás para buscarlo, de modo que se le hizo de noche.

Cuando el camino atravesaba una arboleda, justo antes de llegar a casa,  empezó a sentir frío. No se oía ningún ave, ningún animalillo nocturno correteaba entre la vegetación. El aire se había detenido, era denso, oscuro. André se dio cuenta de que su aliento formaba una pequeña nube delante de él. Le pareció ver una sombra moverse y se dio la vuelta. Allí estaba él.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —A tientas, buscó su navaja dentro del zurrón.

—Da igual quién sea. Y no te molestes en coger la navaja. De nada te va a servir.

El ser se arrojó sobre él, sujetándolo por los hombros. Por más que se resistió, intentó patear, arañar, morder, dar puñetazos, el extraño poseía una fuerza fuera de lo común, lo inmovilizaba en apariencia sin el menor esfuerzo. Entonces vislumbró sus ojos, blancos en contraste con las negras pupilas, iluminados por un rayo de luna, y los colmillos, afilados, listos para entrar en acción.

—Por f-favor. No m-me mates. Te daré lo que quieras.

—Por supuesto que lo harás. Ahora mismo.

Y entonces sintió el dolor lacerante y desgarrador en el cuello, cómo la vida le era sorbida con ansia, el calor escapando de su cuerpo.

Todo acabó en un abrir y cerrar de ojos. Con un delgadísimo hilo de vida, quedó tendido en el camino,  sintiendo cómo se le escapaba el último hálito.

Y entonces el veneno inundó sus venas, quemando todo por dentro, produciéndole una tortura jamás imaginada ni en la peor de sus pesadillas. Se retorcía, gritaba, pensó que iba a explotar, hasta que la marea cesó.

Se incorporó. Su vista se había vuelto perfectamente clara en la noche. Supo que ya nunca sería el mismo André de antes. Ya no sentía frío, ni calor. Únicamente sed. Sed de sangre.

Volvió a su casa. Mató a su mujer. Un resquicio de misericordia hizo que no la convirtiera en otro ser de la noche. Simplemente tocó la puerta y cuando ella abrió apenas le dio la oportunidad de gritar. Segó su vida rápida y limpiamente. En aquel momento, aún recientes sus sensaciones, decidió que jamás convertiría a nadie en un engendro como él. Se alimentaría, sí, cazaría para mantener su condición, pero no extendería el mal.

La sed remitió durante apenas un par de días. Después, una serie interminable de noches, semanas, años… el tiempo dejó de tener importancia. Durante el verano la gente se volvía más nocturna y era más fácil encontrar comida jugosa y apetecible. En invierno, sin embargo, tenía que conformarse con la sangre sucia y con mal sabor de vagabundos y borrachos.

Durante todo ese tiempo André descubrió dos cosas: que el sabor de la sangre mejora cuando se juega con la comida y la segunda y más importante, que no era totalmente insensible ni tan invulnerable como creía.

La primera la averiguó accidentalmente una primavera de primeros de siglo. Había acorralado a una inocente doncella en una callejuela cuando se hizo evidente que la muchacha en cuestión no era ni de lejos tan indefensa.

Ella se encontraba con la espalda contra la pared, y él la aprisionaba con sus brazos igualmente apoyados en el muro, como si de una pareja de amantes se tratara. Había algo en el rostro de la joven aparte del habitual terror y desesperación. Era una determinación inmensa a no entregar su vida tan fácilmente. André notaba su aliento en la cara, tibio, delicioso, y justo cuando iba a dar el golpe mortal ella se las arregló para apoyar un pie en su estómago, impulsándose contra la pared, y le empujó con una fuerza que parecía impropia de una mujercilla a medio terminar como aquélla. André fue a parar a un montón de basura, confundido.

La chica echó a correr como alma que lleva el diablo, pero él fue más rápido y la atrapó de nuevo, arrastrándola por el pelo hasta el fondo del callejón. Gritaba, se resistía, pataleaba, arañaba cual fiera salvaje.

Él la agarró del cuello firmemente, con cuidado de no matarla, pues entonces no podría beber su sangre al no estar impulsada por el corazón.

—Ven aquí, perra. De nada te va a servir toda esta pelea. Y deja de gritar o te abro las tripas como un cerdo.

—¡Suéltame, monstruo! ¡Yo sí que te voy a arrancar la piel a tiras! ¡No sabes con quién te has topado!

Entonces André mostró sus afilados colmillos, bien cerca de la cara de ella. Sus ojos se abrieron sobremanera, incrédula al darse cuenta de que el que la retenía no era un hombre, sino un enviado del demonio.

Sin saber cómo ni de dónde, un madero largo y grueso apareció en las manos de ella, que de alguna forma sacó el valor para estamparlo en la cabeza de André. El madero se partió en dos. André soltó su presa, más sorprendido que dolorido, y ella le propinó un rodillazo en la entrepierna. André cayó de rodillas. Su sorpresa se tornó en una furia que nunca antes había experimentado.

—¡Muere, engendro! ¡MUERE!

Ella ignoraba que él ya no podía morir. La chica se zafó un instante de sus manos, pero él, cegado por la rabia, la agarró de un tobillo y la hizo caer. La elevó unos centímetros del suelo y la arrojó violentamente contra la pared. Ella quedó atontada y él la zarandeó para que se espabilase.

Sollozaba de impotencia, de frustración. El terror al fin se impuso. Podía dominar al hombre más fuerte pero aquello era una abominación. Suplicó, en un último y vano intento:

—Por favor, no me mates. Toma lo que desees —se abrió la blusa, mostrando un terso y juvenil seno.

André no estaba interesado en aquella clase de mercancía. El corazón de la muchacha palpitaba con violencia, su respiración se había acelerado, sus pupilas se contrajeron a causa del terror.

Un brillo argénteo cruzó el blanco iris de los ojos de André. El ansia era insoportable después de la pelea. Cuando desgarró el pálido cuello de ella, la cérea piel crujió como una manzana madura. Su sangre tenía un matiz intenso, como jamás había probado, quizás porque nunca había dado tiempo a sus víctimas a acumular suficiente adrenalina como para enriquecer aquel líquido vital que fluía por sus venas.

De este modo aprendió a deleitarse con la caza. Ya no era una cuestión de supervivencia. Ahora también se trataba de degustar un placer sin límite.

Hasta que conoció a Eva.

Y a Eloise.

. . .

La tarde daba paso a la noche y él permanecía al acecho entre las ramas de un árbol, cerca de un parque donde jugaba un numeroso grupo de niños, en compañía de adultos, como era de suponer.

André esperaba agazapado a que ocurrieran dos cosas: la primera, que el manto de oscuridad cubriese totalmente el firmamento para llevar a cabo su cacería; la segunda, que el grupo se disipara para poder elegir una presa y esperar a que se encontraran a solas.

Entonces la vio  a ella. Con una especie de resplandor que la hacía diferente al resto. Tierna, especial, dulce. Una vez hubo captado su atención, ya no pudo mirar al resto de las personas que allí se encontraban. Ella era para él. Lo presentía. Un vínculo oculto se había creado entre ellos de una forma extraña, misteriosa, magnética.

No parecía que nadie la estuviese vigilando. Cosa extraña, siendo una niña de tan corta edad. En ese momento, Eva levantó la vista y se quedó mirando fijamente al árbol donde André se apostaba. Allí sentada, inmóvil, sin apartar la vista. Él tuvo la certeza de que, de alguna forma, la pequeña también había percibido la misma conexión, que sentía su presencia del mismo modo que él había quedado marcado por la de ella.

Se deslizó abajo por el tronco del árbol y se acercó a la niña, que prácticamente se había quedado sola en el parque.

—Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas? —intentó aparentar una voz lo más humana posible.

—Eva. ¿Y tú?

—André. ¿Cómo es que estás a estas horas tú sola en el parque?

—No lo estoy. ¿Qué hacías subido a ese árbol?

Sorprendido, André miró inquieto a la niña.

—Tenía que recuperar una cosa que se me había quedado enganchada en una rama. ¿Podías verme? Ese árbol tiene muchas ramas.

—No. No te veía. Sólo sabía que estabas ahí.

La cháchara se estaba prolongando demasiado. No era conveniente exponerse durante tanto tiempo a la vista de cualquiera que acertase a pasar por allí. Dio un paso hacia la niña.

—Apártate, Satán. No puedes tocarla.

La que habló fue una anciana que se había interpuesto entre André y la chiquilla. No sabía de dónde había salido. Un momento antes no la había visto y, de repente, allí estaba, escupiéndole sus palabras en un tono autoritario y amenazador.

—No me lo puedo creer. Una anciana plantándome cara.

André hizo ademán de dar un zarpazo letal a la mujer, pero apenas si pudo dar un paso en su dirección. Un dolor que jamás hubiera imaginado poder sentir le invadió desde dentro. Sus entrañas se vieron abrasadas por una sensación ígnea que lo dejó paralizado unos segundos, retorciéndose como un papel arrojado a la lumbre.

—Pero, ¿qué…? —fue lo único que acertó a decir mientras retrocedía un par de pasos.

—Los seres como tú no podéis hacerme daño. Poseo el estigma, que me hace inmune y me da fuerza. Otros de tu especie han caído antes y tú no vas ser menos. Ella —miró a la niña— también está marcada. Y yo la voy a proteger hasta que el don adquiera la intensidad suficiente. Si intentas acercarte a mi nieta, te destruiré.

André no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Jamás había oído nada semejante. En multitud de ocasiones se había cruzado con otros seres oscuros como él y ninguno había mencionado aquello. Esa vieja estaba loca. Enseñando las fauces, saltó sobre ella.

La mujer, lejos de arredrarse, cerró los ojos, en un gesto de misticismo. Eva contemplaba la escena, atenta y silenciosa. Un tenue resplandor comenzó a emanar de la figura de Eloise.

El fuego volvió a estallar en la mente y en el cuerpo de André. Esta vez fue como una supernova dentro de su pecho. Cayó al suelo sin alcanzar su presa, gimiendo como un animal herido. Su carne empezó a hervir, humeando, como recién salido del horno.

—¡NOOO! ¡Déjame, bruja! —gritaba, mientras huía, dando traspiés, lejos de aquella fuente de tortura. ¡Te mataré! ¡Volveré y acabaré contigo!

—¡Huye, Lucifer! ¡Si vuelves, te estaré esperando!

Aullando como un lobo, desapareció en la noche.

. . .

El sol asomó por el horizonte. André se encontraba acurrucado en una angosta cueva que había descubierto en el bosque y que le protegía de la radiación solar durante el día.

Temblaba. No de frío, pues esa sensación le estaba vetada. Temblaba de ira y de frustración. Aún sentía arder todo su ser en una llamarada destructora que nunca antes había experimentado. Temblaba de odio hacia aquella mujer, una simple mortal que no sólo le había retado sino que había demostrado ser más poderosa que él, sin siquiera mover un dedo. Temblaba por la sed insatisfecha la noche anterior, cuando tuvo que huir como una rata cobarde. Esa necesidad que había de saciar de inmediato.

Un conejillo acertó a entrar en la oquedad en ese momento. Distraídamente, André lo atrapó con una mano e hizo crujir todos sus huesos. El animal apenas emitió un leve chillido antes de perecer aplastado. Se lo llevó a la boca y empezó a sorber hasta que no quedó ni una gota de sangre dentro de aquel saco de carne y huesos triturados. Eso sería suficiente para subsistir hasta el anochecer.

Tenía que idear un plan para matarla. Ese obstáculo que le impedía llegar hasta la pequeña Eva debía ser eliminado. Aún no sabía cómo lograría acercarse sin ser descubierto, pero el tiempo jugaba a su favor. Ella era una anciana. Sin embargo, no quería esperar. Aquella delicia de ojos violeta le estaba esperando. Era sólo para él.

. . .

Su afinadísimo olfato le condujo hasta la casa de Eva. Aún faltaba bastante para el verano, las noches eran frías. Acababa de anochecer y se quedó apostado en el tejado de la casa de enfrente, agazapado como una pantera negra, esperando paciente.

La vigilancia se prolongó varias semanas, pero al fin dio sus frutos. Una noche, la puerta de la casa se abrió y salió ella. André la siguió a una distancia prudente para evitar que su presencia hiciese saltar el instinto de la anciana.

Ella no evidenciaba haber notado su presencia. Con paso tranquilo, caminaba sin volver la cabeza. Él se fue confiando y acortando la distancia. Cuando la mujer dobló una esquina, se lanzó en pos de ella raudo como una centella.

Volvió la esquina y tras dar unos pasos, se quedó de pie, desconcertado. Se hallaba en un callejón sin salida de apenas diez metros de profundidad. Pero eso no era lo sorprendente.

Ella no estaba a la vista.

En la calle no había apenas luz, pero eso no le suponía ningún inconveniente. Al fondo se veían unos cubos de basura junto a un enorme montón de inmundicia que apestaba. Las ratas campaban a sus anchas.

Con cautela, André avanzó unos pasos, escudriñando entre las sombras de la oscura calleja.

—Te tengo. Ahora no tienes escapatoria. Despídete de tu mísera existencia.

Detrás de él. ¿Dónde se había ocultado?

—Eso está por verse, vieja. Hemos entrado los dos en esta calle, pero sólo saldrá uno —y saltó sobre ella.

Los ojos de Eloise se quedaron en blanco y el infierno estalló de nuevo para André. Tambaleándose, retrocedió hasta que chocó con los cubos y cayó despatarrado, gimiendo y bufando. Eloise iba aproximándose, paso a paso, segura de su poder, dispuesta a dar el golpe de gracia. André ya no podía soportarlo. Apenas si podía ver, no pensaba con claridad, en cualquier momento iba a estallar en mil pedazos. Daba manotazos al aire, como para defenderse de un enemigo invisible.

Y de repente todo cesó. André yacía incapaz de moverse, exangüe, al límite de su resistencia.

Eloise estaba de pie, a su lado. Sus ojos habían vuelto a ser los de siempre. Su concentración se había esfumado. Miró hacia abajo, al tiempo que se palpaba la barriga. Notó la humedad viscosa de la sangre escapando de su cuerpo. Entonces se percató de que sólo era una  débil anciana enfrentada a algo que la había superado.

Expirando un último aliento, cayó al suelo, sin vida.

André fue recuperando sus fuerzas, poco a poco. Había sido difícil, pero por fin el camino estaba libre.

Aún hubo de esperar a que el verano se aproximase, pero una noche la ventana de Eva permaneció abierta y él no dejó pasar la ocasión.

. . .

Junto al lecho de la niña, se tomó un instante más para anticipar el placer. Se inclinó y entonces la pequeña abrió los ojos, pero no tuvo tiempo de gritar. Los colmillos de él ya habían desgarrado su frágil cuello. Bebía sosegado, entregándose a la sensación de una forma casi sexual. Nunca antes había probado una sangre tan deliciosa. El cuerpo de Eva se estremecía a medida que la vida se escapaba, sin ofrecer resistencia alguna. Ya quedaba poco para terminar, un sorbo más y…

—¡Rodeadlo! ¡Que no escape por la ventana!

La puerta de la habitación se había abierto de golpe y media docena de personas entraron portando antorchas encendidas. Los reflejos felinos de André entraron en juego y en menos de una décima de segundo ya había saltado por la ventana… para caer entre el gentío que le esperaba, armados hasta los dientes con cuchillos, escopetas, más fuego.

Durante un segundo todos permanecieron indecisos, sin saber si atacar o defenderse. André comprendió que eran demasiados y aprovechó ese momento para salir corriendo, derribando a algunos lugareños a su paso.

La inercia duró poco.

—¡Rápido! ¡Prendedle! ¡Hay que quemarlo! ¡Es la única forma de acabar con él!

André corría rápido como una centella, pero la turba no se despegaba de sus talones. La persecución se prolongó durante unos minutos, hasta que André divisó la puerta de un viejo almacén de madera abandonado y no lo dudó.

Dentro había pilas de maderos por doquier, basura desperdigada por todas partes, signo evidente del paso de vagabundos. El polvo acumulado flotaba en el ambiente, creando una atmósfera densa, palpable. Cuando quiso escapar por las ventanas de la parte superior de las paredes, se encontró con que estaban protegidas por una tupida malla metálica. Decepcionado, se ocultó tras un montón de madera al fondo del almacén. Tendría que hacerles frente, de todos modos.

—¡Le he visto entrar aquí! —gritaba una voz femenina— ¡Seguidme!

La oscuridad del almacén dio paso al resplandor de las antorchas cuando la barahúnda entró.

—¡Lo atraparemos! ¡De aquí no hay salida! ¡Vigilad vuestras espaldas!

—¡No podemos arriesgarnos! ¡Yo digo que prendamos fuego a todo! Esperaremos fuera.

El olor de la madera y el polvo ardiendo llegó  hasta la nariz de André. En pocos minutos las llamas llegaron hasta el techo. No tenía por dónde salir de allí. ¡Había quedado atrapado como un ratón en una ratonera! Desesperado, intentó trepar hasta las vigas del techo, pero volvía a caer de nuevo. El fuego prácticamente le estaba alcanzando. Su ropa comenzó a humear por las altas temperaturas. Por fin iba a saber lo que era la muerte, pensó mientras su carne empezaba a despellejarse.

Y entonces pudo sentirlo. Con estremecedora fuerza. Una leve sonrisa asomó a sus labios por primera vez en más de un siglo.

Ella había renacido. Su estirpe perduraría.

. . .

Un relato de Vidal Fernández Solano para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Ilustración de Joseph Meehan: meehanjo.artstation.com

SOBRE EL AUTOR:

Vidal Fernández Solano (Madrid, 1969), licenciado en Económicas. Aunque hizo algún intento como escritor en su edad adolescente, no fue hasta finales de 2011 cuando decidió compartir su obra con el público.

Desde entonces hasta la actualidad ha visto publicados en papel más de una veintena de relatos, en antologías como Calabazas en el trastero o Hislibris y algo más de una docena en revistas digitales —miNatura, Vuelo de Cuervos—, blogs, además de otras colaboraciones.

En septiembre de 2013 se vistió «de largo» al publicarse su primera novela, Molobo,. En diciembre de 2015 le siguió Ecos de gente muerta, tras obtener un segundo puesto en el concurso de novela corta de terror Dagón, y a finales de 2016 intervino en gran medida dentro de librojuego Portal oscuro. En 2017 Jack vuelve resultó elegida como ganadora en el certamen Dagón III y fue publicada en abril de ese año. Entre las cenizas, una novela de corte cifi, publicada en abril de 2018, supuso un nuevo giro en su temática. En 2019 se ha reeditado una versión revisada y ampliada de Molobo, después de varios años descatalogada. En breve saldrá al mercado El guardián de las sombras, una antología con 14 de sus mejores relatos, de temática variada pero con un denominador común: la oscuridad que llevamos dentro.

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