EL DUELO DEL MUERTO

POR TONI SICILIA

 

Primera parte: En un lugar de Texas

—Pasé antes por la oficina de los Texas Rangers, pero estaba cerrada, no vi a nadie dentro. ¿Sabría decirme dónde puedo encontrarlos?

—Pues si le digo la verdad, ahora no es difícil dar con ellos. —Jacob Bell miró al hombre de arriba a bajo—. Newt Summers me había dicho, ¿verdad?

Newt sonrió amablemente. Su expresión era sincera, al igual que su mirada de ojos azules. Era joven y se le veía enérgico. Labios finos y nariz aguileña en una cara alargada. No era un hombre atractivo, pero su actitud positiva le hacía ser agradable cuando se le conocía.

—Efectivamente, sheriff Bell —contestó.

Jacob Bell se atusó el bigote negro y volvió a mirar la placa que Newt lucía en el frontal de su chaleco. Era la primera vez que tenía a un Texas Hunter delante, pero no iba a dejar ver que estaba impresionado.

—Verá, es difícil de decirlo, ya que hace muy pocos días que ha ocurrido —comenzó a decir Jacob, contestando a la pregunta que Newt había formulado al principio—. A esos pobres hombres solo los podrá encontrar en el cementerio.

Newt se quedó impresionado ante la noticia que acababa de recibir. Su optimismo quedó ensombrecido en un instante.

—¿Pero cómo es posible? Eran seis. ¿Tan grave es el asunto?

—Pues sí. Ya ve usted cómo están las cosas por aquí. —Volvió a mirar de arriba a bajo al joven Texas Hunter. Intentaba evaluar las posibilidades que tenía él solo, pero era tan delgado que no le veía capaz de resistir—. Si lo desea puedo acompañarle al cementerio. Quizás quiera ver el lugar donde han sido enterrados.

—Sería muy amable por su parte, sheriff Bell. Me gustaría presentarles mis respetos a esos seis valientes. No es fácil enfrentar el peligro, como ellos lo habrán hecho, sin la preparación adecuada.

—Supongo que sí. Es la primera vez que ocurre algo por el estilo por estas tierras —dijo el sheriff reflexivamente—. Ni siquiera en El Paso, con lo grande que es esa ciudad, me han llegado noticias de hechos parecidos. Tengo entendido que estas cosas son más habituales en Misisipi o Luisiana.

Newt miró furtivamente a los lados y se acercó a Jacob para hablarle de forma confidencial.

—No quisiera alarmarle —dijo en un tono de voz más bajo—, pero tanto en San Antonio como en Houston no es raro que se llame a los Texas Hunters para que intervengan.

Jacob frunció el ceño preocupado y volvió a alisarse el mostacho con los dedos.

—No me parece extraño, la verdad. Sino, ¿qué sentido tendría que se haya creado a los Texas Hunters? —Reflexionó Jacob para terminar concluyendo—: Tendrían que cerrar la frontera con Luisiana, es un coladero de bichos raros.

—A estas alturas no sé si sería suficiente —dijo Newt.

—La verdad, si ese monstruo ha llegado hasta Pedrito´s Creek, es que es tarde para eso —añadió el sheriff—. ¿Ha venido usted solo? ¿Seguro que no tiene que llegar nadie más para unirse a usted?

El joven agente de los Texas Hunters se frotó la nuca. Era un acto reflejo que surgía cuando sentía cierta inseguridad.

—Efectivamente. He sido enviado yo solo —confirmó una vez más.

—Pues es una lástima. Me cae simpático —dijo Jacob.

A Newt no le pasó desapercibido el pesimismo encerrado en las palabras del sheriff. De todas formas sonrió como si no hubiera tenido importancia.

El sheriff de Pedrito´s Creek miró por la ventana y anunció:

—No es muy tarde. Si nos apresuramos podrá visitar las tumbas de esos seis desgraciados y la casa de su ejecutor, el señor de Monteros, en Pinned Hill.

—Pues no hay más que hablar. En cuanto esté listo partimos —dijo con entusiasmo Newt—. ¡Ya tengo ganas de conocer a ese vampiro!

Jacob volvió a mirar de arriba a bajo al hombre que tenía delante. «Demasiado joven y él solo» —pensó en un lamento.

—No gaste tanto ánimo, señor Summers —aconsejó Jacob mientras cogía su sombrero del perchero—. Le aseguro que no le va a gustar.

Tal y como había prometido el sheriff Bell, Newt pudo ver las tumbas de los seis valerosos Texas Rangers en el cementerio, donde presentó sus respetos con una breve oración. Luego, durante el trayecto a Pinned Hill, Jacob Bell no se había mostrado muy cómodo ante la idea de ir a la lujosa mansión donde se afincaba el caballero hispano, esquivando las preguntas de Newt respecto a dicho vampiro al que iban a visitar.

Así que ya era casi de noche cuando llegaban a la mansión. Apenas quedaba una ligera luminosidad en el horizonte tras la colina sobre la que se asentaba la residencia, quedando silueteada por las sombras. La noche también daba paso al frescor nocturno.

Montados en sus respectivos caballos, subieron el último tramo hasta la puerta enrejada de la posesión. No se podían apreciar luces en las ventanas, lo que hizo suponer a Newt y a Jacob que quizás sus habitantes se encontraran ausentes.

Se apearon de sus monturas para no fatigarlas innecesariamente. Jacob agitó la cadena de la puerta que accionaba la campanilla con la que avisar de su presencia a  los residentes del caserón.

No esperaron mucho hasta que el portón principal de la casa se abrió, dejando entre ver una débil luminiscencia en su interior. Un hombre enjuto, de tez mortecina y serio como un funeral, salió a su encuentro con paso firme pero sin apresurarse. Portaba un manojo de llaves en su mano derecha, que casi no tintineaba con el rígido caminar del individuo. Por su vestimenta y por sus maneras, no les costó adivinar que el funesto personaje se trataba de un doméstico de la mansión.

—Buenas noches, señores. ¿En qué puedo servirles? —dijo al llegar hasta ellos al otro lado de la entrada enrejada. Su voz era tan escalofriante como su aspecto.

Jacob, a pesar de ser mayor que el Texas Hunter, prefirió no decir nada, con lo que Newt, dándose cuenta que se le había cedido la palabra, se apresuró a responder al sirviente:

—Buenas noches. Somos el señor Jacob Bell y Newt Summers. Hemos venido aquí, desde Pedrito´s Creek, para hacer una visita al señor De Monteros, si no es molestia en estos momentos.

El hombre miró sus placas estrelladas, especialmente la de Newt. Nada en su rostro podía hacer pensar que la visión de una placa de los Texas Hunters le había afectado, pero se podía intuir por el tiempo de contemplación que le dedicó, un sentimiento de desprecio a la insignia del joven agente.

—No creo que haya ningún inconveniente —dijo finalmente el criado—. Pueden esperar dentro, si lo desean, está empezando a refrescar.

El criado seleccionó una de las llaves del manojo que portaba, con la que abrió la cancela para dejarles entrar.

Ambos agentes entraron con sus monturas guiadas por las bridas. La puerta, al ser cerrada a sus espaldas tan silenciosa como cuando se había abierto, les produjo un escalofrío de inquietud. Dejaron que el siniestro lacayo pasara por delante de ellos para que les guiara hasta el portón de entrada.

Un segundo criado, muy joven y de aspecto desaliñado, salió de las sombras de la mansión, haciendo sobresaltar a los dos visitantes por la inesperada aparición.

Tímidamente cabizbajo, con una silenciosa sonrisa en una boca llena de dientes podridos, se acercó a los dos hombres y les arrebató las riendas de sus caballos.

—No se preocupen, señores —se apresuró a decir el criado al ver la inquietud de los agentes ante la presencia del desaseado mozo—. Estarán bien atendidos. Juan es un experto caballerizo.

Newt y Jacob aceptaron la palabra del hombre, viendo como el joven se llevaba los dos equinos hacia un lado oscuro de la mansión donde estaban los establos.

El sirviente que les había recibido, subió los dos escalones que salvaban el desnivel que existía con el suelo de la mansión. Abrió la puerta que había dejado entornada, dejando el paso franco a los visitantes.

La luz interior de las lámparas de gas era tenue y amarillenta tal como habían podido adivinar desde el exterior, creando sombras inquietantes en las habitaciones y pasillos elegantemente decoradas por los que tuvieron que pasar. Fueron llevados hasta una lujosa sala donde una chimenea de piedra daba calor con sus troncos encendidos.

—No entiendo qué hacemos aquí —dijo Jacob de forma confidencial en cuanto el sirviente les dejó solos—. Lo más sensato es estar lejos de este lugar. No sé por qué he accedido a acompañarle en esta visita. Corremos un peligro mortal.

Newt miró al arrepentido sheriff de Pedrito´s Creek, que volvía a mecerse el bigote.

Aparentando una calma que no sentía, echó una mirada a su alrededor.

—Bueno. Estamos aquí y seguimos vivos. Quizás el peligro no sea tanto —dijo el joven agente en un intento de tranquilizar a su compañero.

—¡Cómo puede decir eso! ¿Acaso no vio la tumba de los Texas Rangers? ¡Eran seis! —puntualizó en tono susurrante con el temor de ser escuchado más allá de las cuatro paredes que les rodeaban— ¡Y ahora solo somos usted y yo!

Newt fijó su mirada en el cuadro que colgaba en la pared sobre la chimenea. El pintor había retratado a un hombre de mediana edad, bien parecido y de porte noble. Pelo negro bien recogido en la nuca con un lazo; ojos verdes y vivaces; pómulos muy marcados al igual que la barbilla, pero sin perder por ello gracia y hermosura; un bigote fino reforzaba la personalidad reflejada en el lienzo. La indumentaria del personaje situaba la escena de fondo en una época de principios de siglo, cuando Napoleón conquistaba Europa.

—No se preocupe, señor Bell —dijo sin apartar la vista de la pintura—. No tengo intención de comenzar una pelea. Solo he venido para conocer al ser diabólico al que me voy a enfrentar.

En ese momento, la puerta de la sala volvió a ser abierta por el criado al que ya conocían. Robando la entera atención de los dos agentes tejanos, el anfitrión de la casa entró con sus andares de noble caballero.

—Buenas noches, señores —saludó con voz amable el hombre que acababa de entrar.

Era un apuesto caballero de mediana edad, ojos verdes, pelo negro como el carbón y sobre el labio superior lucía un fino bigote bien recortado. Sin duda, por su atuendo y porte natural, se encontraban ante el señor de la casa. Newt no pudo evitar echar un vistazo rápido al lienzo que observaba un instante antes, arrugando el ceño al observar el gran parecido que había entre ambas personas.

El nuevo personaje entrado en función se dio cuenta de la incertidumbre del joven tejano, y cortésmente se apresuró a aclarar la incógnita yacente:

—Sí, soy yo mismo: Leonardo Gabriel Francisco de Monteros y Dragomir. Para servirles. —El apuesto hombre esbozó una cordial sonrisa junto con una breve inclinación de cabeza al terminar de decir su nombre entero, sabedor de lo rimbombante que sonaba en esas tierras salvajes del Oeste americano.

Newt quedó pensativo, evaluando la posibilidad de que el hombre retratado y quien tenía delante eran la misma persona. Jacob se mantuvo rígido allí donde estaba, acercando con disimulo su mano al revólver.

—Puedo ver por su placa de sheriff que es usted el señor Bell —dijo cortés a Jacob, rompiendo el silencio antes de que este resultara demasiado incómodo—. Siento no haber tenido la oportunidad de hacerle una visita de cortesía cuando llegué a Pedrito´s Creek. Las circunstancias de mi naturaleza han hecho difícil ese encuentro, como supongo que usted comprenderá. Puedo deducir, por descarte, que usted es el señor Summers. —Finalizó dirigiéndose a Newt.

—Efectivamente, señor de Monteros —dijo Newt cuando se sintió aludido—. Sentimos venir a estas horas tan tardías, pero tenía la necesidad de conocerle lo antes posible.

—No se preocupe por la hora, acabo de despertar, como ya comprenderá —dijo divertido, Leonardo—. En cuanto a lo otro: entiendo su necesidad, y aprecio su valentía. No son muchos los que osan venir a verme en número tan reducido. Y los que vienen, como supongo le han informado, no tienen la suerte de seguir con vida.

—No crea, por haber venido con tan poca compañía, que soy un ingenuo o uno de esos tarados que se las dan de valientes. ¡Nada de eso! —Quiso aclarar Newt—. No es mi intención realizar ninguna acción hostil contra su persona, tal y como supongo debieron hacer mis antecesores. Yo más bien me dispongo a disuadirle, con buenas maneras, para que cambie su residencia a un lugar lejano donde su presencia no incomode a ningún buen ciudadano de esta población.

Jacob, que apenas si se había movido desde que había entrado el señor de la casa, miraba con asombro cómo su compañero exponía sus intenciones de forma tan locuaz. Leonardo, por su parte, rió las palabras del Texas Hunter.

—¡Es usted encantador, señor Summers! —exclamó Leonardo—. No puede imaginarse usted cómo sentiré su desgracia, por que no le quepa la menor duda, que esto solo acabará de una manera.

Leonardo había dejado de reír para dar paso a una mirada sombría y amenazadora. Apenas duró un segundo, pero fue suficiente para que los dos agentes de la ley y el orden sintieran correr un escalofrío por todos sus huesos. A continuación, Leonardo volvió a cambiar su semblante en un gesto más alegre.

—¡Pero cuánto siento mi descortesía! Siéntense por favor —ofreció Leonardo—. Aquí, junto al fuego estarán más cómodos. Yo, debido a mi estado sobrenatural, no soy víctima de las inclemencias del tiempo y no necesito el calor de una buena chimenea encendida.

Newt y Jacob no se atrevieron a rechazar las muestras de cortesía que el vampiro desplegaba.

—Quizás deseen tomar algún licor —siguió hablando Leonardo—. Le diré a mi criado que les sirva un Jerez.

—¿Jerez? —preguntó Newt.

—Sí. Es una bebida de mi tierra natal. Espero que sea de su agrado.

Leonardo agitó una campanilla que, al sonar, hizo que el mismo criado que ya les había atendido hasta ese momento, hiciera su aparición al abrirse la puerta. Rápidamente se le notificó las órdenes necesarias para que sirviera sendas copas de vino de Jerez a los invitados. La acción fue rápida y diligente.

Al desaparecer el funesto criado por donde había venido, Leonardo reanudó la conversación. Había tomado asiento delante de sus visitantes, un poco apartado del calor y la luz. Las sombras se acentuaban en su figura, magnificando su poderosa presencia.

—Continuando con la conversación —comenzó a decir Leonardo—, he de admitir que sigo fascinado por su declaración de intenciones, señor Summers. Puede estar seguro que muchos hombres han intentado salirse con la suya, siempre por la fuerza o mediante subterfugios. Nunca han intentado disuadirme de forma civilizada, como parece que pretende hacer usted, pero créame, no tiene nada que hacer.

Newt carraspeó antes de decir a modo de súplica:

—Al menos déjeme intentarlo.

—Yo solo pretendo ahorrarle tiempo y esfuerzo —dijo Leonardo—. Me costó mucho encontrar un lugar como este: Alejado de la civilización y con los requisitos mínimos para mi supervivencia. La adquisición de esta mansión se ha llevado una buena parte de mis ahorros. La verdad es que no tiene nada que ofrecerme para que yo desee abandonar este lugar.

Newt, al ver que se le negaba la posibilidad de convencer a Leonardo para que se fuese de Pedrito´s Creek, miró a su compañero buscando algún tipo de ayuda. Enseguida pudo observar que Jacob, con la vista fija en el ser tenebroso de apariencia señorial y la mano cerca del revólver que le colgaba en el costado, no le serviría para darle el apoyo que precisaba. Antes de poder dar su parecer a lo expresado, Leonardo volvió a tomar la palabra.

—Sin embargo —comenzó a decir con cierta teatralidad, obteniendo la plena atención de su interlocutor—, ya que usted ha llegado a mi hogar con tan buenas intenciones, levantando mi simpatía hacia su persona, le voy a ofrecer la oportunidad de conseguir su objetivo. Le ofrezco un trato: Yo accederé a irme de este lugar para no volver nunca más si usted se compromete a hacer lo que yo le pida.

Newt volvió a carraspear y tomó un sorbo de su bebida para aclararse la garganta.

—Eso depende de lo que me pida. Si es tan amable de decirme qué tiene en mente.

Con una gran sonrisa, con la que era capaz de ganarse la simpatía de cualquier persona, Leonardo contestó a la petición de Newt.

—Pues le pido, sencillamente, que se enfrente a mí. Le reto a un duelo.

 

Segunda parte: El día siguiente

 

A pesar de haberse acostado tarde aquella noche, Newt Summers había despertado con las primeras luces del día.

La habitación que tenía alquilada disponía de una jofaina y un espejo, así que había conseguido de la señora Crane, agua caliente para su aseo matutino. La propietaria del inmueble, Effie Crane, había enviudado prematuramente, por lo que todavía tenía esa edad en la que sus encantos femeninos no eran nada despreciables. Sin ser una mujer sobresaliente, era suficientemente hermosa como para hacer reír a Newt de manera tonta cuando estaba en su presencia.

Retocándose el pelo con un cepillo, delante del espejo ovalado, Newt le daba vueltas a lo que el sheriff le dijo al salir de la mansión del señor De Monteros: «¡Cómo puede ser tan insensato! ¡Un duelo! ¡Ha aceptado nada menos que batirse en duelo a muerte con un vampiro! ¿Se da cuenta que, con solo ser la mitad de peligroso de lo que se cuenta, usted ya es un cadáver?». Tenía que reconocer que, aunque las dijera con toda razón, las palabras de Jacob no eran de lo más alentadoras que hubiera deseado escuchar.

Había aceptado el reto más por miedo a contrariar a su anfitrión que por valentía.

Newt intentaba mantener la calma, igual que pretendía controlar el ligero temblor de la mano con la que sujetaba el peine. Se recompuso inmediatamente y logró terminar de peinar los cabellos.

Tres repentinos golpes en la puerta de la habitación hizo parar su acicalamiento con sobresalto. No esperaba visita de nadie, ya que, aparte del sheriff y la señora Crane, no conocía a nadie en Pedrito´s Creek de quien pudiera esperar una visita a tan temprana hora del día.

Cuando los golpes se repitieron en la puerta, Newt dejó el peine y cogió la chaqueta que reposaba en el perchero, se la puso y se dio una rápida ojeada en el espejo antes de abrir.

Newt no esperaba ver los cuatro rostros sonrientes desconocidos que esperaban tras la puerta. Eran tres caballeros y una mujer. Vestían con pulcra sencillez telas de calidad, lo que hacía suponer que eran personalidades influyentes de la comunidad, sobre todo el más alto y serio del alzacuellos.

—Buenos días señor Summers —saludó el primero. De escasos cabellos canos y cuerpo orondo. Sus gafas le conferían un aspecto simpático a su rostro sonriente— Esperamos no molestarle con nuestra visita. Soy el coronel Whelan —dijo recalcando el título militar con cierto orgullo—, retirado ya, como bien puede usted adivinar. Me acompañan el juez Turpin y el padre Cullen con su hija Deirdre.

Al ser presentados, iban realizando una inclinación de cabeza formal. La hija del religioso, con el rostro medio oculto por un impoluto sunbonnet blanco, levantó un instante la vista, revelando a los ojos de Newt a una hermosa joven de suaves rasgos que le dejó profundamente sorprendido.

La habitación era pequeña, pero ese no fue motivo para impedir a Newt faltar a las normas de cortesía, ofreciendo entrar a sus visitantes. Una vez todos dentro, se hizo evidente las dimensiones reducidas del habitáculo. La ventana, con las cortinas corridas a un lado, dejaba filtrar suficiente luz en el interior.

—Siento mucho no poder ofrecerles mayores comodidades —se disculpó Newt al darse cuenta que nada más había una silla en el dormitorio—. Quizás sería mejor bajar al salón.

—No se preocupe, señor Summers. Nuestra visita será breve —habló de nuevo el coronel Whelan, que era el que parecía tener la voz cantante—. Solamente es una visita de cortesía. Deseábamos agradecerle en persona que se enfrente al peligro que acecha a esta, nuestra comunidad. Es sin duda un valiente, y por ello queremos ofrecer nuestra gratitud. Puede usted pedirnos cualquier favor que podamos hacerle antes del duelo.

Como no se lo esperaba, Newt no supo qué decir. Se frotó la nuca para darse tiempo a pensar en una respuesta adecuada. Ninguno de sus instructores en los Texas Hunters le había prevenido de esta situación, por lo que no sabía si era correcto aceptar.

—Oh, bueno… Ahora mismo no tengo ninguna necesidad —alegó con cierto titubeo—, pero aprecio su ofrecimiento.

Los tres hombres intercambiaron miradas aprobatorias.

—Siendo así —volvió a tomar la palabra el coronel Whelan—, permita hacernos cargo de sus gastos de su residencia mientras se encuentre entre nosotros.

—Me temo, que ante su insistencia, no puedo negarme —dijo Newt—, aunque he de decir que todavía no he hecho nada meritorio.

—Señor Summers —intervino el padre Cullen con la misma voz profunda con la que debía sermonear a sus feligreses—, no sea modesto. Solo el hecho de haber ido a hablar con el mismísimo “Diablo” en su propia casa, ya es acto suficiente para ser alabado y agasajado por cualquier persona de bien. Mi hija Deirdre, que lidera la “Congregación Femenina Cristiana de Pedrito´s Creek”, propondrá salmos y oraciones en su honor. Yo por mi parte, tendré presente su acto de valentía ante el “maligno” en mi sermón del Domingo como ejemplo de buen cristiano.

—Me siento honrado por sus palabras —dijo Newt conmovido.

Un ruido de tamborileo hizo que todos centraran su atención en la puerta, que era de donde había venido el sonido. Con las estrecheces, Newt logró abrirla para saber quien llamaba.

—¡Señor Velasco, qué hace aquí! —exclamó el coronel Whelan desde detrás de Newt.

Velasco era un hombre delgado de baja estatura. Elegantemente vestido con un traje negro y una chistera. Sus rasgos faciales, en conjunto con el color de piel, delataba su procedencia hispana.

—He pensado que podía adelantar el trabajo. ¿Para qué esperar a esta noche?

—¡No sea insensato! —dijo el padre Cullen acalorado—. ¿No ve que no es apropiado hacerlo ahora?

El delgado personaje hispano, molesto por la regañina que estaba recibiendo, se estiró la chaqueta y se desempolvó las mangas en un acto reflejo.

—¡No veo yo por qué no es el momento apropiado! —se quejó el hombre.

Antes de que la discusión continuara, Newt, que estaba desconcertado con la situación, interrumpió tajantemente con un gesto de sus brazos y diciendo:

—¡Paren de hablar! No sé de qué están discutiendo. Necesito que me aclaren alguna cosa. Lo primero, usted —señaló al señor Velasco—: ¿Se puede saber quién es?

El aludido volvió a estirar los bajos de su chaqueta.

—Soy Robert Velasco, dueño de la funeraria Velasco —dijo el individuo, respondiendo a la pregunta directa que se había formulado.

La respuesta dio paso a un revelador silencio. Newt se había quedado con la boca abierta mientras adivinaba para qué había venido ese hombre. Luego miró al coronel Whelan, al juez Turpin, al padre Cullen y finalmente a Deirdre Cullen.

—¡No haga caso usted de las apariencias! —dijo inmediatamente Whelan— Encargamos los servicios del señor Velasco por pura rutina. No vaya usted a pensar que no confiamos en sus capacidades como Texas Hunter.

—Tenemos que prevenir todas las posibilidades —habló el juez Turpin por primera vez. Whelan y el padre Cullen no le dieron oportunidad a decir más al intimidarle con sus miradas furiosas.

Newt, sintiéndose mareado por todo lo que se estaba diciendo hasta el momento, no fue capaz de expresarse al verse abofeteado por la realidad de lo que iba a ocurrir. Cualquier opinión quedó pendiente al ser interrumpidos todos ellos por el sheriff Bell que llegó en ese preciso instante.

—Buenos días. Parece que hoy todo el mundo ha madrugado. Y por las caras que veo, se diría que he venido cuando más convenía llegar.

—Sheriff Bell, como siempre, es una alegría verle —declaró el coronel Whelan. Todos los demás también saludaron de alguna forma u otra al apreciado funcionario de la ley.

Jacob Bell no hizo mucho caso y habló directamente a Newt.

—Son todos personas respetables. Sin ninguna duda buena gente, pero no deje que le enreden.

—¡Cómo se atreve! —se quejó Whelan —. ¡Aquí nadie intenta enredar a nadie!

Jacob miró al coronel con expresión incrédula. Antes de poder pronunciar la réplica que tenía en mente, el de la funeraria decidió despedirse.

—Bueno, señores. Esto ha cogido un cariz que no me gusta. Lo mejor que puedo hacer es irme. Ya me volverán a ver a la hora convenida —dijo apresuradamente. De la misma forma encajó su chistera sobre la cabeza y desapareció presuroso por el pasillo.

—Me parece que yo debiera hacer lo mismo —dijo tímidamente el juez Turpin acompañando la acción a sus palabras.

Whelan, visiblemente contrariado, también se dio cuenta que era el momento de irse.

—Me voy, ya que de todas formas, ha quedado todo dicho. Señor Newt, ha sido un placer conocerle. —Ajustándose las gafas con un dedo, atravesó el hueco de la puerta.

El padre Cullen antes de seguir los pasos de sus acompañantes, dijo con solemnidad:

—Rezaré para que no le falte valor en la hora fatídica —su característica voz dio severidad a sus palabras, enfatizadas al posar su mano sobre el hombro del joven agente de los Texas Hunters.

La hija del religioso siguió tras su padre con pasos apresurados, sin decir nada y sin levantar la mirada del suelo, como si sobrellevara el peso de la muerte sobre sus hombros.

Cuando quedaron solos, fue el sheriff Bell el que cerró la puerta de un empujón.

—¿Hacía mucho que estaban aquí? Me parece que he llegado a tiempo. Como ya he dicho: Son buena gente, pero les gusta meterse en asuntos ajenos. Se creen con derecho a importunar a todo el mundo con la excusa de mantener una moral cristiana en los habitantes de esta población. A mí no es que me parezca mal, pero son demasiado insistentes. Hay que cortar por lo sano antes de que se conviertan en una molesta sombra.. Incluso la señorita Cullen, con lo tímida y mojigata que es, representa un peligro para la paciencia de cualquiera.

Jacob había hablado sin parar, hasta que se dio cuenta que Newt se había sentado sobre la cama y le observaba con cara de circunstancia.

—¡Caray! Lo siento, señor Summers —se disculpó el sheriff—. Hablaba sin pensar. Quizás prefiera estar solo y prepararse para el duelo de esta noche.

—Pues la verdad es que preferiría relajarme. Todo este asunto me tiene nervioso.

—¡Claro! Y a quién no. Bien, le dejo si eso es lo quiere.

Jacob abrió la puerta para salir.

—De todas maneras —dijo antes de abandonar la habitación—, si quiere cualquier consejo, estaré en mi oficina para lo que requiera.

Cuando la puerta se cerró tras del sheriff, Newt se quedó solo en su habitación. No era eso exactamente lo que deseaba. Claro que tampoco necesitaba compañía. Esa contradicción era debida a los nervios que le atenazaban.

Cerró los ojos y volvió a escuchar las órdenes de su jefe: “Sólo has de hacer una evaluación de la situación. Observa y toma nota de todo lo que veas, pero de ninguna manera te enfrentes tú solo al vampiro. Espera a que lleguemos el resto del equipo. ¿Has entendido?”

Se había enrolado en los Texas Hunters hacía apenas unas semanas. Todavía no había tenido tiempo de intervenir en ninguna de las acciones a las que los especiales agentes del estado de Texas eran requeridos. Esta era su primera misión, y sentía el temor de que también pudiera ser la última. Su oficial le había enviado debido a la falta de efectivos en la unidad de cazadores. En cualquier otro caso, de ninguna manera se hubiera utilizado a un novato para la tarea.

Newt necesitaba hacer algo que le entretuviera para poder calmar los nervios, por lo que decidió salir a dar una vuelta por las calles de Pedrito´s Creek. Parecía que iba a hacer un buen día y no era momento de perderlo encerrado en su habitación.

 

Tercera parte: Un duelo a muerte

 

—El pobre fulano, ¡no sabe en qué lío se ha metido! —dijo uno.

—Sí. De todas formas, es digno de admiración —opinó otro.

—Yo preferiría seguir vivo antes que ser admirado —intervino un tercero.

Newt dejó de escuchar la conversación que unas voces ajenas tenían dentro del saloon.

Acababa de dejar el local para intentar calmar sus nervios que, en contra de lo que había pretendido cuando salió esa mañana de la habitación alquilada a la señora Crane, estos se acentuaban a medida que se acercaba la fatídica hora del duelo.

Tras dar un largo paseo por las calles de Pedrito´s Creek, donde comió en la taberna de Hoogan´s, fue a parar a media tarde en el White Swan, el único saloon del lugar. Había hablado con algunos clientes que, amablemente, le habían dado consejos y ánimos para lo que tenía que enfrentar al final de esa jornada.

Apoyado en la barra del local, tuvo un repentino ataque de nervios. El involuntario temblor de esa mañana cuando se arreglaba el cabello, volvió a repetirse. El licor  contenido en el vaso que sujetaba estuvo a punto de derramarse. Antes de que nadie se diera cuenta, se bebió el whisky al que había sido invitado por uno de los parroquianos del local y salió al porche exterior que había en la fachada principal.

Bajo el techado que ocupaba todo el frontal de la planta baja, se apoyó junto a una de las ventanas desde la que pudo escuchar parte de la conversación que aquellos hombres del interior tenían.

A pesar de que el sol ya terminaba su recorrido por el horizonte y una suave brisa refrescaba el ambiente a esa hora de la tarde, la ansiedad que sentía le hacía sudar más de la cuenta. Se secó la frente con el reverso de la mano.

—¡Summers! —Newt se giró sobresaltado al oír la llamada del sheriff Bell desde el otro lado de la calle— ¡Por fin le encuentro!

Jacob cruzó la vía rápidamente para encontrarse con Newt, esquivando un carromato lleno de mercancías que circulaba levantando el polvo del suelo tras de si.

—¡Sheriff Bell! —exclamó el joven cuando el agente de la ley local llegó hasta él—. Me alegro de verle. Qué le trae hasta aquí.

—No pensará que le voy a dejar solo con aquella bestia infernal —dijo Jacob dando una palmada en el hombro del Texas Hunter.

Jacob sintió lástima al observar el semblante derrotista de Newt. No pudo evitar volver a pensar que era demasiado joven para que su vida fuese arrebatada tan pronto. Echó una mirada a su alrededor. La luz diurna comenzaba a atenuarse significativamente.

—El Sol ya se a escondido. No tardará en aparecer el monstruo —sentenció el sheriff.

Newt solo pudo asentir con un movimiento de cabeza. Se frotó las manos para disimular su nerviosismo, que estaba a flor de piel.

—La cita era aquí delante, ¿verdad? —quiso confirmar Jacob, más por decir algo que por no saberlo.

Sin previo acuerdo, salieron de debajo del porche sin prisa. Con paso despreocupado, se dirigieron al centro de la calle.

Los habitantes de Pedrito´s Creek también sabían la hora en que se había acordado el lance. La voz había corrido como la pólvora, así que empezaron a hacer aparición desde los alrededores del lugar. Lo más destacado fue el porche del White Swan, acababan de dejarlo atrás, y ya se había llenado con los hombres que momentos antes bebían y jugaban en el interior del local.

A medida que pasaban los minutos, más personas llegaban para ocupar los puestos libres en las tarimas de los edificios. El rumor del parloteo iba en aumento a medida que engrosaba el número de observadores.

Newt había presenciado algunos duelos en su ciudad natal, siempre generaban expectación entre los curiosos, claro que nunca había visto reunirse tanta gente para un acontecimiento como este. Las personas corrientes tendían evitar estos actos violentos por miedo a ser alcanzados por una bala perdida.

Bien mirado, tuvo que reconocer que el duelo, al no ser enfrentado por el tipo de pistoleros habituales, creaba más expectación de la habitual.

—Me parece que va a estar más acompañado de lo que me hubiera figurado. —El tono optimista de Jacob no restó nerviosismo a Newt—. Ver tanta gente a su favor le infundirá ánimos.

No lejos de donde estaban, los dos agentes pudieron ver al coronel Whelan, al juez Turpin y al padre Cullen con su hija. Llegaron juntos y les saludaron con una cortés inclinación de cabeza. El padre Cullen y su hija se santiguaron.

La zona iba siendo iluminada con las antorchas y lámparas de gas que algunos ciudadanos traían, dejándolas en lugares seguros donde no era fácil tirarlas por descuido. Nadie quería perder detalle de lo que iba a ocurrir.

También los participantes del enfrentamiento agradecerían poder ver a su contrincante una vez que la oscuridad nocturna se hubiera apoderado del entorno. Era una ventaja que Newt podría aprovechar a su favor. Por lo poco que sabía acerca de las criaturas vampíricas, estas poseían una vista inmejorable en la negra noche.

Newt observaba todo a su alrededor. En contra de lo que se podía pensar, la multitud le ponía más nervioso. El temor a defraudarles era una presión que le mantenía tenso mientras se veía forzado a aparentar  una actitud serena. Como tantas veces a lo largo del día, volvió a salmodiar la protección de Dios mentalmente.

Jacob sacó el reloj de bolsillo, sujeto al chaleco con una cadenilla plateada.

—Ya es la hora —anunció.

Las agujas señalaban las siete en punto de la tarde. El último rayo de luz se había extinguido en el horizonte, dando paso a la noche. La primera nota del campanario hizo callar a todos los presentes, que miraron hacia la torre de la iglesia que sobresalía por detrás de los edificios como una sombra siniestra.

El repique de la séptima campanada, pareció anunciar la llegada del majestuoso coche negro tirado por cuatro esbeltos caballos tordos que surgió por el recodo de la calle. Al ver llegar el vehículo, los reunidos en ese lado se apartaron para dejar el paso libre. El carromato fue conducido a un lado de la calle, donde el cochero se apeó para abrir diligentemente la puerta lateral del vehículo.

Un mutismo expectante sembró la zona. La oscuridad en interior del coche era como una barrera impenetrable para el escrutinio general. Nadie quitó ojo de aquella apertura, queriendo ver salir por ahí al duelista que faltaba. La espera se hizo larga, dejando intranquilos a los espectadores.

Cuando Leonardo Gabriel Francisco de Monteros y Dragomir salió a la luz, se quedó desafiante en el último escalón observando a los ciudadanos que había a su alrededor. Su poderosa presencia, intimidatoria por su semblante noble y la leyenda que le etiquetaba, provocó que los curiosos lugareños decidieran abandonar el lugar con discreción. El morbo irracional que sentían por ver a un ser de la oscuridad, fue reemplazado por la necesidad de arroparse en la seguridad de sus hogares.

Leonardo sonrió ante la cobardía demostrada por sus vecinos. Le gustaba imprimar ese miedo, ya que le hacía sentir poderoso. Verdaderamente no era su intención hacer daño a nadie, a excepción del producido en la moral de los presentes por esa muestra de fuerza. Tampoco desmentía lo contrario, pues estaba dentro de sus intereses que nadie le molestara, y sabía por experiencia que el miedo era su mejor escudo. Aquellos seis Texas Rangers a los que se vio obligado a matar, solo murieron en el momento en el que se convirtieron en un peligro existencial para él.

La calma y seguridad desplegada por la criatura de origen hispano no era compartida por el joven agente de los Texas Hunters, que se sobresaltó al sentir un toque sobre su hombro. Al girarse, vio que era la mano de Jacob.

—Creo que esto se va a resolver enseguida. —La seguridad y el optimismo del que había hecho gala hasta el momento el veterano sheriff, parecía haberse ido igual que cuando estuvieron en la mansión. Newt tuvo que aceptar las palabras de su colega como una realidad ineludible.

Cuando Jacob creyó conveniente alejarse por su propio bien, Newt Summers se sintió desamparado. Notaba las rodillas flojas y una molesta gota de sudor recorrió su espalda.

Leonardo terminó de bajar del coche bajo la atenta mirada de los pocos que todavía no se habían ido. Caminó decidido hacia el centro de la calle mientras el criado cerraba la puerta y aguardaba junto al carruaje. Los animales de tiro estaban extrañamente serenos.

La calle terminó de vaciarse cuando los últimos espectadores no pudieron resistir por más tiempo el miedo que les producía la presencia del vampiro. Algunos de ellos habían apostado por la huida del agente de los Texas Hunters y se fueron cuando parecía seguro que habían perdido la apuesta.

Más rápido de lo que Newt hubiera esperado, se encontró a solas con su contrincante y su leal servidor, único testigo del resultado final del encuentro.

—Ha llegado la hora, señor Summers. Espero que esté preparado —dijo el caballero español, que se

había quedado a la distancia adecuada para el enfrentamiento.

—He venido dispuesto para afrontar las consecuencias de este duelo. Puede estar tranquilo por eso.

Leonardo sonrió al oír las palabras de Newt. Le parecían valientes, ya que venían de alguien que sabía que iba a morir.

—Hay pocas cosas en este mundo que son capaces de alterarme, así que puede estar seguro que estoy completamente tranquilo.

Comenzaron a tomar posición de la forma adecuada para estas lides, acordes a sus experiencias personales.

Newt había practicado sobradamente en la técnica de desenfundar rápido y en la puntería, demostrando la pericia conseguida en un par de escaramuzas contra unos cuatreros. Sin embargo, su experiencia en un desafío singular era nula. De todas formas, el instinto natural le llevaba a adoptar la postura más adecuada a su destreza: Separó los pies en perfecto equilibrio; flexionó las rodillas ligeramente; su mano, situada junto al revólver que le colgaba del lado derecho, se tensó lo suficiente sin llegar perder la flexibilidad necesaria para agarrar el arma y sacarla casi en un solo movimiento; su rostro se volvió pétreo para no desvelar a su oponente el momento elegido para disparar.

Leonardo, por su parte, se desabrochó la levita dejando al descubierto un reluciente revólver plateado con culata de marfil tallado. La magnífica arma descansaba en una funda igual de ostentosa con piedras brillantes ensortijadas a juego. El conjunto más parecía un objeto de exposición que una herramienta para matar.

Su postura era muy diferente a la del Texas Hunter: bien erguido y recto; ligeramente ladeado, atrasando su pie derecho. Se quitó su chistera de copa baja y la lanzó a un lado con el mismo movimiento. Sus movimientos recordaban más la teatralidad de un torero mejicano que la de un pistolero de Texas, con las faldas de su levita ondeando al viento.

—¿Sabe? —dijo inesperadamente Leonardo—, siento profundamente haber acabado en esta situación. Crea con seguridad, señor Summers, que la breve entrevista que mantuvimos ayer hizo que sintiera una sincera simpatía por su persona.

Newt no supo cómo tomarse el comentario, así que se mantuvo callado y atento a los desconcertantes movimientos de su contrincante.

—No se extrañe —siguió diciendo el caballero hispano—. Hasta ahora todo lo que había recibido de las personas de mi alrededor era desprecio y odio. Usted, señor Summers, es el primer ser humano que se ha presentado en mi casa para parlamentar. Ha de saber que yo nunca he matado a nadie por capricho o deporte, siempre ha sido en defensa propia.

Newt procuraba no perder su concentración. No prestaba mucha atención a la cháchara del vampiro que tenía delante.

—Le doy una nueva oportunidad, señor Summers —volvió a hablar Leonardo—, o quizás deba decir más bien que me de una oportunidad a mí. Le ruego que se retire de este duelo. Ha de ser usted el que lo haga, yo no estoy en condiciones de hacerlo, pues he puesto todo mi empeño en este pueblo, aislado del resto del mundo. Ya no me quedan recursos suficientes para retirarme a otro lugar en el que pueda sentirme seguro.

En esta ocasión, Newt sopesó las palabras. De buen grado abría dado media vuelta para huir de la criatura que tanto pavor le provocaba, pero un estúpido e irracional sentimiento de honor y vergüenza le mantenía con los pies clavados al suelo.

Leonardo negó con la cabeza y chasqueó los labios, lamentando la insensata tozudez del agente tejano. —Como quiera —dijo resignado.

Un frío intenso pasó por la nuca de Newt como un presagio de muerte recorriendo también su columna hasta llegar por sus extremidades a las puntas de sus dedos. Se sabía solo e indefenso ante la diabólica criatura. Ni siquiera el sheriff Jacob Bell, que había estado con él hasta el último minuto para darle ánimos, había sido tan loco como para quedarse. Sentía la garganta reseca y le costó tragar. El sudor resbalaba helado, molesto como un insecto recorriendo la piel.

El caballero hispano observó a su contrincante, con ese aire despreocupado que inquietaba. Parecía un torero enfrentándose irracionalmente a un bruto de mortífera cornamenta.

Newt se dio cuenta que el vampiro le ofrecía la ventaja de iniciar el duelo. Ese era el momento que buscaba, y no lo quiso desaprovechar. Con un movimiento ensayado infinidad de veces, la mano agarró el revólver de la funda de su costado a una velocidad que el ojo humano apenas si era capaz de percibirlo en su totalidad.

Sin saber cómo, Newt se vio preso en un estrecho abrazo con su enemigo. Leonardo rodeaba su cuerpo con un fuerte brazo que le retenía mientras la otra mano le ladeaba enérgicamente la cabeza, dejando expuesto el cuello. Mordido por unos incisivos largos y afilados como cuchillas, notó como el vampiro le absorbía la vida.

El revólver seguía en su mano, pero no había tenido oportunidad de completar el movimiento para apuntar y disparar. La velocidad a la que todo estaba ocurriendo, no le daba tiempo a reaccionar de forma conveniente. Un hormigueo que comenzaba en la punta de sus dedos, se extendió por los brazos tan rápido como su sangre era absorbida, de manera que cuando la mano quedó alzada para disparar en el vientre del vampiro, el dedo índice carecía de la sensibilidad y la fuerza necesaria para apretar el gatillo.

La vista se le nubló, dejando caer el arma sin darse cuenta. En una fracción de segundo, Leonardo le había arrebatado todas sus fuerzas. La sangre había sido succionada con avidez. El cuerpo flácido de Newt no cayó gracias al abrazo que le mantenía de pie.

También la mente del Texas Hunter se vio afectada, perdiéndose en una sucesión de recuerdos y visiones de anhelos futuros. La tormenta de imágenes no tenían un orden lógico, terminando por perder nitidez en los últimos instantes.

Cuando la última gota de sangre fue extraída de su cuerpo, perdió toda consciencia, y con ella la vida se apagó como quien sopla la llama de una vela.

 

Un relato de Toni Sicilia para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Ilustración extraída de Devianart de PGandara

 

SOBRE EL AUTOR:

Toni Sicilia: 

Llevado por mi afición a la lectura y la escritura, presento mis primeros manuscritos en 2017. Desde entonces hasta día de hoy estas son las novelas o relatos publicados más destacados:

Hola Caperucita. Relato corto incluido en la antología Cuéntamelo otra vez de mano de Pulpture Editorial.

Amor escrito con Z. Relato corto incluido en la antología Resurrection Party Day para Revista Vaulderie.

Venganza de cobardes. Novela publicada por Célebre Editorial.

También hay una docena de microrrelatos publicados por diversas editoriales.

Mi próximo proyecto es: Sangre marchita. Novela de género fantástico, donde se narra la supervivencia de los vampiros en un mundo postapocalíptico.

 

Si tú también tienes un Relato Olvidado y no saber qué hacer con él, podemos publicarlo. Aquí están las instrucciones: RELATOS OLVIDADOS

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