ITZIAR

POR MARÍA LARRALDE

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La oscuridad de la habitación contrastaba enérgicamente con la luz exterior que sinuosamente se reflejaba en el espejo de enfrente. Estaba mirando la imagen de aquello mientras se distorsionaba por momentos la suya propia. Aquello se movía sobre su propia imagen; se parecía a ella, pero no era ella. Al menos, no la que ella reconocía desde que tenía uso de razón. 

Había dejado la anorexia atrás, pero hacía muy poco tiempo. Todavía quedaban señales de delgadez extrema en su cuerpo. Sin embargo, ahora era más hermosa si cabe.

Todavía era aún una niña cuando ya era considerada como un ser racional por sus padres. Quizá desde bien pequeña había mostrado signos inequívocos de madurez intelectual y emocional que hacían que sus progenitores así lo consideraran. Y por considerarlo la trataron siempre como a una adulta. Y por tratarla siempre como a una adulta comenzó un día, sin más, a comportarse como una niña triste, solitaria, exigente, malcriada, deformada de espíritu y, al final, de cuerpo.

Itziar, cuando estaba completamente a solas consigo misma, sabía que no era así. Sabía que no era esa niña madura y responsable, sabía que todo era una pose, una forma de parecer mejor de lo que se pensaba a sí misma. Tenía odio y no sabía por qué; tenía rabia y no sabía de dónde le provenía esa furia destructiva; deseaba matar, torturar, vejar, humillar y hacer sufrir a los demás, pero sin haber recibido afrenta alguna, solo porque eso la hacía disfrutar.

Pero había algo que la torturaba: un aburrimiento más atroz de vivir. Siempre estaba triste y sin ilusiones, su miedo irracional a su propia imagen en el espejo la hacía dudar sobre su propia cordura. Sin embargo, estaba segura de que sus percepciones debían ser correctas. La imagen del espejo era la de una adorable niña de aspecto angelical. Era lo que veían los demás. Pero no ella. 

Ella veía su imagen tal y como realmente era, un monstruo, y se sentía bien al verse así. Lo que era en realidad, sin tapujos, la hacía sentir bien. Sin embargo, lo que aparentó desde que había nacido, no. Porque ese aspecto bonachón era una coartada perfecta que quizá la Naturaleza o Dios, le habían brindado en su loco delirio absurdo de creación.

La habitación llevaba mucho tiempo a oscuras. Había estado muy enferma los últimos años y había empeorado tanto que la anorexia le había minado la salud física y mental, según los médicos. En los últimos años de escolarización comenzó a vivir una locura física de autoagresiones, vómitos provocados, hambrunas, pérdidas de peso espeluznantes y estado caquéctico rayano en lo zombi. 

Itziar envidiaba y odiaba a todos, y a todo. El mal estaba en su interior, no era el deseo de vivir otra vida lo que la mataba, eran el odio y la envidia más puros.  Nadie le hizo nunca ningún daño. Siempre lo tuvo todo. Padres amantes y solícitos, éxitos académicos, amigos a los que destrozar la vida. Simplemente, Itziar era mala. Muy mala y perversa.

Había pasado muchos años de su niñez dañando a sus compañeras de clase, sobre todo, a las que parecían mejores niñas. Las que se le acercaban con honestidad para jugar y compartirlo todo: experiencias, miedos y alegrías. A esas les hacía pasar verdaderos calvarios. Itziar se divertía muchísimo. A Laura la llamaba fea y gorda, “monstruo”… bola de sebo, fati, grasienta asquerosa, foca… Todo empeoró hacia un desenlace fatal cuando comenzó a poner animales muertos en su taquilla diciendo, después, cuando la pobre Laura los encontraba y gritaba asustada, que había sido ella misma. Itziar contaba que Laura era una degenerada y que la había visto, momentos antes, jugar con el gatito muerto en el patio. Todos creían a Itziar. Porque era buena estudiante, la mejor. Porque era muy hermosa, la más bella. Porque era bondadosa, la más piadosa. Porque era educada, la más fina. Era un demonio.

Laura dejó de ir a la escuela, no contó a sus padres lo que ocurría porque sentía vergüenza de sí misma. Laura era una buena chica, comilona y feliz, hasta que Itziar se cruzó en su vida.  Perdió el curso ese año. Le tenía miedo, auténtico terror. Primero, Itziar se le acercó con amabilidad ofreciéndole su amistad. Laura no pudo reprimir la suya, porque era buena persona. Itziar la invitó a su casa, en su habitación se paseaba ante Laura mostrando todos sus modelitos de ropa en los que Laura no metería jamás ni una sola de sus piernas. La invitaba a merendar, le daba un gran pedazo de tarta mientras ella saboreaba una dulce manzana y después le decía: “¿cómo te cabe eso? Así es como estas tan gorda, Laura”. También la maquillaba como a una muñeca y se reía con el resultado grotesco de su aspecto. A Laura no le hacía gracia y no entendía esos juegos. Pero ese fue solo el principio. 

Cuando Laura se dio cuenta de que Itziar la hacía sentir mal, dejó de ir a su casa, dejó de pasear con ella en el colegio, dejó de jugar con su sádica amiguita. Entonces, Itziar comenzó a decir vulgaridades horrendas sobre ella a otras niñas; estas iban con el chismorreo doloroso y vulgar, degradante, a sus madres; estas entre ellas, hablaban de la gordita del colegio. Para todos, Laura comenzó a ser una niña grosera y comilona, una gorda maleducada, que arramblaba en casa de la buena de Itziar con todo lo que pillaba en la nevera sin permiso siquiera.

Pero el acoso no acabó aquí. Cuando ninguna niña iba ya con Laura, cuando comenzó a tener malas calificaciones, cuando sus padres comenzaron a darse cuenta de que algo pasaba con su hija, en ese momento, Itziar comenzó con los animales. Laura siempre negó ser una maltratadora de animales, al contrario, disfrutaba mucho de su compañía. Pero al igual que todo lo demás, su gato apareció muerto, su pajarillo aplastado en su habitación, el perro del conserje, con el que siempre jugaba a la entrada del colegio, destripado y guardado en su taquilla… al igual que el resto de atrocidades, Itziar se encargó de difundir la mentira. El resto fue cosa de la maldad popular de la gente común de buen corazón que no soporta que se maltrate animales. La gente común y de buen corazón que no soporta que se los torture hasta la muerte. La gente común y de buen corazón que no se da cuenta de nada, cuándo una persona está siendo maltratada, acosada y humillada.

A Laura la cambiaron de colegio y así fue que, a pesar de sus traumas, a pesar del daño que Itziar le causó ese año, fue de las pocas que se libró del acoso diario de la hermosa, bella, buena y fantástica Itziar. 

Itziar era excelente en sus calificaciones, un ángel para sus padres hasta los doce años, cuando todo se vino abajo porque dejó de comer y empezó a vomitarlo todo. No era por verse rellenita, gorda o deformemente obesa. Nada de eso la atribulaba. Lo único que la turbaba era la felicidad ajena. Estaba deseando que sus padres sufrieran hasta desear la muerte. Porque destruir niñas le aburría; matar y descuartizar animales, no le excitaba en absoluto. Y pensó qué sería verdaderamente divertido ver sufrir a sus amantes papás.

Y así lo hizo. Se pasó años agrediéndose a sí misma hasta quedar tan maltratada físicamente que era irreconocible. Pero en la oscuridad de su cuarto, de noche, Itziar se deleitaba al escuchar los lamentos de sus padres, los llantos, los reproches, los rezos pidiendo ayuda para su amada hija. Se divertía tanto que se pasó dos años así, en casa, martirizando a sus pobres padres. 

Consiguió que su padre muriera. Murió de un infarto cuando la muchacha contaba con catorce años, dos años les había hecho pasar, dos años de un suplicio infernal. Itziar no pesaba ni treinta kilos cuando el pobre hombre murió, su corazón no entendió qué pasaba con su amada hija. 

Su madre estaba al límite cuando ella, de repente, mejoró. Simplemente mejoró. Porque de nuevo su aburrimiento era grande, como grande su atroz maldad. Ya no le interesaba ver sufrir a su madre y esto, hizo mella en su psique. Nuevamente se aburría de todo. Entonces, empezó a comer, sin más, como si no pasara nada.

Itziar cambió. Se había curado. No sentía nada más que bienestar físico. Su madre no entendió nada de lo que Itziar le dijo, sentada aquella mañana de septiembre, bajo el porche. Estaba cogida de su mano, con un bocadillo de chorizo en la otra, deleitándose en él como si del manjar más exquisito se tratara:

—Mamá, necesito hacer algo nuevo —le dijo, con su dulce cara sonriente, con sus ojos entornados, degustando el bocadillo grasiento con harto placer.

—¿Qué es, hija? ¿Qué te pasa? —le contestó inquieta, pues sentía algo extraño por su hija.

La amaba, pero algo había ahora en ella, algo que su madre era capaz de sentir después de tanto sufrimiento. Porque Itziar ni siquiera lloraba la muerte de su padre, seguía su vida de niña recuperada tan campante, y eso daba miedo. 

—Mamá, me aburres. Me he divertido mucho viéndote sufrir, pero eres… eres una pesada y me das asco, desde siempre, y papá también —y miraba el horizonte azul comiendo vorazmente aquella gran rebanada de pan mientras su expresión facial era risueña, como si le hablara de cosas hermosas, como si le estuviera diciendo lo mucho que la quería—. ¡En realidad, me alegro tanto de su muerte! —y pegó otro bocado, engullendo casi sin tragar, mirando el horizonte. 

Su madre intentó levantarse de su lado, aterrorizada. Ahora veía al monstruo sentado a su lado. Estaba tan asustada, tan turbada, tan sumamente conmocionada que pensó que había escuchado mal. 

Pero Itziar no la dejó levantarse de su lado. La agarró con fuerza de la muñeca y la hizo permanecer sentada. 

—No tengas miedo, mamá, no voy a hacerte nada malo. Pero lo que sí quiero es que me contestes: ¿vas a poder vivir con esto? —sonreía con la boca llena, con cuidado de no dejar que se viera su comida masticada, como si importara en ese momento para alguien su buena educación.

La pobre mujer se levantó llorando, consiguió zafarse de la garra de Itziar que siguió comiendo tranquila. Corrió a su habitación y cogió la fotografía de su recién difunto marido. Se echó llorando a la cama sin fuerzas ni para pensar. 

Itziar volvió a sus estudios. Todos los profesores la felicitaron por ser tan valiente, por haber logrado, ella sola, luchar y vencer su penosa enfermedad, por haberlo hecho a pesar de la desgraciada muerte de su padre el último año, y de la mala salud mental de su madre. Desgraciadamente para Itziar apareció muerta pocos días después a causa de una sobredosis de barbitúricos. 

Pobre Itziar, pensaron todos, mientras ella recordaba feliz a su madre tragando todas aquellas pastillas bajo su atenta mirada y su dulce sonrisa.

Un relato de María Larralde para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por la autora.

 

SOBRE LA AUTORA:

retrato María LarraldeMaría Larralde (España, 1970). Enfermera especialista en Salud Mental y Psiquiatría por la Universidad de Alicante. Autopublicaciónes en Editorial Tagus (La Casa del Libro) la colección de relatos El Purgatorio y otros relatos en 2014. Autopublicación en Editorial Kindle de la colección de relatos Tomo Oscuro Vol. I 2015, la novela Un Inmenso Arsenal de Mercancías 2015 y la novela Relatos del Valle de Incapur, y la Novela juvenil de fantasía y aventuras El Manantial en el año 2017.  Selección y publicación por Jurado en concurso de Microrrelatos de Sttorybox con el relato Destino 2015. Selección por la revista NICTOFILIA Nº 2, con el relato “Olores” en febrero del presente año. Selección de relato “Líquido” para el Recopilatorio “Horror Bizarro”  Editorial Cthlhu en 2017. Creadora de la página Web Historias Pulp, junto con otros dos escritores, dedicada a la literatura de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror desde el 2015.  Recientemente ha publicado la gran novela de estilo pulp Marciano Reyes y La Cruzada de Venus, junto a Elmer Ruddenskjrik y Rubén Mesías Cornejo, con Israel Montalvo como ilustrador.

 

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