INCIDENTE

POR ELMER RUDDENSKJRIK

portada incidente

1

Thomas Hell se dirigió hacia la puerta del compartimento. Tras él oyó un leve gemido que le indicó que Violet se había despertado. Se volvió para mirarla. Sus ojos, de un precioso y brillante verde, permanecían entrecerrados por el sueño y le observaban entre mechones del pelo de su flequillo. Su cabello era de color morado, un morado opaco y apagado, que resaltaba de forma onírica sus bellas facciones.

No era ese color de pelo, ni ese peinado, cortado a la altura del cuello, el que más le favorecía, probablemente. Pero él la había conocido así, y le gustaba. Su cuerpo, como había podido comprobar, era perfecto, resultado de la combinación de un constante entrenamiento marcial y la frugal alimentación de proteínas concentradas de las raciones de la compañía, y tan blanco como su cara. Supo entonces que tal palidez se debería con seguridad al consumo habitual de drogas de Vanguardia, una compañía totalmente legal que monopolizaba ese sector del mercado libre, y que ya había convertido a millones de seres humanos en espectros de cal, carentes de rasgos y conciencia humanos. Pero a ella le quedaba mucho para llegar a eso, no cabía duda.

Estaba totalmente cubierta por las sábanas, salvo sus brazos, con los que abrazaba la almohada, pero aun así se dejaba intuir su esbelta figura, y eso le hizo desear quedarse allí con ella al menos otras dos horas. Pero tenía que relevar a su otro compañero durante aquel viaje, Mel Tucker. Levantó una mano y la agitó suavemente a modo de despedida. Ella le respondió con una dulce sonrisa y finalmente la dejó, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Llegó a la cabina de la nave. A través del cristal, protegido contra la radiación solar, se veía aún distante el sistema Kiros. El sistema estaba formado por la pequeña Kiros, una estrella de luz azul, y cuatro planetas que eran todos unas rocas de atmósferas enrarecidas sin vida indígena de ninguna clase. En K-2, uno de aquellos planetas, el segundo en proximidad a la estrella, se encontraba una pequeña base de investigación y desarrollo militar. Aquel era su destino.

Mel, al verle llegar, sonrió abiertamente.

—Ya era hora, amigo.

Mel, a pesar de conocer a Thomas de hacía dos semanas, tiempo en que había terminado la hibernación, le hablaba como si le conociera de toda la vida.

—Siento llegar tarde —se excusó afectando somnolencia.

— ¿Qué tal con Violet? No hace mucho que la conoces; os debéis llevar muy bien. —Mel no dejaba de sonreír, pero su expresión se había vuelto sardónica, traviesa.

—Eso —contestó Thomas de buen humor— no es asunto tuyo.

—Tienes razón. Pero ya suponía que pasaría esto. No te resultó indiferente en ningún momento. Bueno, a mí tampoco, pero ya ves…

—Si —empezó Thomas, olvidando que estaba hablando con casi un completo desconocido—. Es curioso, porque he conocido algunas otras mujeres, pero nunca había sentido, durante el largo tiempo que he estado con cada una, nada parecido a lo que siento cuando estoy con Violet. Y no me refiero sólo al sexo…

— ¡Ah, quizá hayas encontrado a la mujer de tu vida! Es desafortunado que la conocieras en este trabajo. —Mel se puso en pie y se dirigió hacia la puerta de la cabina mientras hablaba—. Bueno, me voy a acostar un rato.

Thomas, a solas en la acogedora cabina de la rolliza nave de transporte, comprobó el correcto funcionamiento de todos los sistemas y el rumbo programado.

Mel tenía razón, pensaba al rato. En aquel trabajo nunca se sabía con quién le tocaría a uno navegar. Después de aquel viaje probablemente no vería nunca más a Violet. Nunca había intimado con una mujer durante el trabajo, más que nada porque no era nada corriente encontrarse con una como compañera; pero aparte de eso, Violet era especial, sin ninguna duda.

Se dio cuenta de que la idea de separarse de ella le aterraba. Quizá pudiera convencerla para que intentara una relación seria con él. Podrían dejar aquel trabajo y buscar otra cosa. Podría decirle que aquel era un trabajo muy arriesgado, y no le estaría mintiendo. Había posibilidades de ser atacado por piratas espaciales, por tropas de otros Concilios, o simplemente sufrir un accidente que le hiciera a uno flotar por el espacio eternamente.

Con proponérselo no perdía nada. Sólo esperaba ser capaz de hacerlo llegado el momento…

 

2

La tripulación de la nave durante aquel viaje constaba de tres pilotos: Mel, Thomas y Violet. El pasaje eran tres tipos de batas negras, unos científicos, escoltados por cuatro soldados embutidos en armaduras de control de motines. La carga resultaba ser una enorme máquina negra, provista de indicadores luminosos de todas las formas y colores, y de mandos; algo que Thomas no había visto nunca antes. Dedujo que la máquina sería una especie de caja de conservación o protección para algún tipo de nuevo armamento, químico lo más probable. De todas formas no se hizo muchas preguntas al respecto, ya que su trabajo para el Concilio del Sistema Tierra era ese: hacer llegar el material donde se le ordenaba y no mostrarse curioso.

Durante sus años de trabajo había transportado de todo, pero normalmente se trataba de material militar y armamentístico: armas nucleares, munición y prototipos de fusiles y cañones, incluso ejemplares de aquellas bombas que convertían el aire en un silencioso infierno de cegadora luz blanca desintegradora durante días. Y es que el Concilio del Sistema Tierra se encontraba en guerra con otros tres gobiernos de diversos sistemas.

Aun así, nunca había transportado nada que precisara a cuatro marines armados con rifles de plasma y cañón acoplado de raíles electromagnéticos que disparaban balas explosivas de 50 milímetros, diseñadas específicamente para combates en el vacío espacial… Y eso le inquietaba sobremanera, dado el carácter aislante en presión y aire de las armaduras de los marines. En caso de sufrir un ataque de algún tipo, la seguridad de la mercancía se confiaba a la propia tripulación que operaba la nave, entrenados con una formación militar básica en el uso de sus armas de mano Coroner: pistolas de gran calibre y poco culatazo, provistas de munición de cromo procesado sin casquillo.

No lo comentó con ninguno de sus compañeros, pero tanta seguridad le inquietaba, pues anunciaba un ataque por culpa de la carga, y las características de la escolta sugería que el asalto pudiera tener como objetivo no la extracción de la extraña máquina, no, si no su completa destrucción, con nave y todo. Thomas ya se imaginaba a los marines saliendo de la nave para repeler con sus armas a los saboteadores, antes de que aterrizaran en el casco para poner sus bombas lapa, o quizá para volar por los aires a toda una bandada de cazas monoplaza. En esto último estaba pensando cuando sintió la presión de una mano sobre su hombro.

—Hola. —Era Violet. Se había puesto el reglamentario uniforme marrón. Como el de todos, llevaba impreso en el pecho las siglas C.S.I. en oscuro relieve. El cuerpo de Violet convertía el traje en una golosina para la vista, pues se ajustaba a sus curvas, a su bien formado busto. Su mano soltó el hombro de Thomas y aterrizó en la nuca removiéndole el cabello, afeitado al clásico estilo militar.— Vengo a sustituirte.

— ¿Ya? ¿Pero cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó sorprendido, mirando el reloj en su muñeca.

—Sí —dijo ella ladeando ligeramente la cabeza—, aún faltan tres horas para el relevo. Sólo estoy teniendo un detalle contigo.

—No tienes por qué hacerlo. No estoy en absoluto cansado.

—Quiero hacerlo —repuso Violet mirando el sistema, bastante más cercano—. De todas formas no puedo dormir. —Le miró, le sonrió, y acercó su rostro al suyo para besarle. Él respondió al gesto, y luego contempló el perfil de Violet, sentada al lado, bañada por la luz azul de la estrella.

Se levantó y fue a la cocina, en el nivel medio de la nave, a tomarse un café. Resultaba amargo, pero era ya una costumbre tomarlo así. Había visto una vez una entretenida película del siglo XX donde alguien decía que el azúcar y la leche reaccionaban juntos y estropeaban el café. Desde entonces lo tomaba solo. Además, resultaba muy apropiado: amargo como la sensación de no haber sido capaz de hablar con Violet. Tuvo el momento apropiado, los dos solos, alumbrados por la hermosa Kiros, y no había sido capaz. Al fin y al cabo sólo la conocía de hacía dos semanas. En realidad temía que ella le viera como una más de entre sus conquistas en el trabajo, o que su proposición le resultara muy precipitada… algo sobre lo que quizá no le faltaría razón.

3

El dispositivo de llamada de emergencia en su cinturón empezó a parpadear mientras emitía un estridente pitido. Lo detuvo, y usando el comunicador del centro de la mesa de la cocina habló con Violet.

—Voy a ver qué ocurre. Llama tú a Mel, que está en su compartimento, porque no sé si la alarma será capaz de despertarle… —antes de cortar la comunicación, recordó algo: no llevaba encima su obligada pistola—. Joder, dile que traiga mi arma a la bodega.

Bajó  hasta el nivel inferior, donde se almacenaban las mercancías. Todos los pasillos y estancias de la nave eran grandes y espaciosos, pero los de aquel nivel eran aún mayores. La nave estaba diseñada para transportar cantidades industriales de material, y disponía de nueve amplias cámaras. Las primeras ocho se repartían a los lados del pasillo que Thomas recorría en dirección a la novena, situada al fondo, separada de las demás. Ésta era la única cámara que disponía de terminales de distribución de energía para distintos aparatos. Por esa razón se había situado aquella caja en al cámara, para mantenerla en funcionamiento durante los meses de viaje.

Fue caminando cada vez más deprisa al distinguir mejor, según avanzaba hacia ellos, a dos de los soldados, que cerraban con gran esfuerzo la compuerta de la cámara. Sus armas estaban abandonadas en el suelo, y no llevaban cerrados sus cascos atmosféricos. Cuando les alcanzó, acababan de asegurar el cierre. La armadura de uno, el más joven, estaba manchada de sangre que no era suya. Respiraba con gran agitación, y sus ojos miraban desorbitados a su alrededor. El otro, bastante mayor y experimentado, se dirigió a Thomas con voz segura y de clásica firmeza militar.

—Necesitamos sus armas reglamentarias.

— ¿Qué ha pasado ahí dentro? —Lo extraño de aquella situación, lo inesperada que resultaba, le impedía escuchar al soldado.

— ¿Puede traernos sus armas reglamentarias? —le insistió el soldado sacudiéndole del brazo.

— ¡Tranquilo! —dijo Thomas, irritado—. Ya vienen. ¿Me cuenta qué es lo que ha pasado?

—Lo cierto es que no lo sé. Estábamos aquí de pie, como teníamos encomendado, y empezaron a oírse unos gritos espantosos dentro de la cámara. —Su relato era narrado mientras él y el soldado joven recogían sus armas y cubrían con ellas la puerta que habían cerrado—. Al abrir la puerta nos encontramos a los tres científicos muertos. La caja que protegíamos estaba abierta, y ante ella estaba un tipo muy extraño. Estaba inclinado sobre uno de los cadáveres y se llevaba a la boca sus sesos. No había allí nada que hubiera podido usar para abrirles la cabeza a esos hombres, pero todos yacían con sus cráneos destrozados. Parecía que hubieran explotado. Uno de nosotros intentó reducir al sujeto a golpes, pero antes de siquiera llegar a tocarle su cráneo se hundió con su casco como si algo invisible lo envolviera y apretara con fuerza increíble. Otro, por puro miedo, y sin escucharme, abrió fuego con su arma contra él, pero los haces de plasma no le alcanzaron, ¡se deshacían a su alrededor!. Su armadura aplastó de repente su cuerpo, como una gran boca masticándolo, haciendo que salieran sangre y vísceras desparramadas por su boca. Salimos rápidamente porque no sabemos qué cojones está pasando ahí dentro. Sus armas de proyectiles quizá le detengan… Si usamos el cañón de raíles aquí dentro haremos pedazos la nave…

Thomas iba a preguntar de forma involuntaria si le estaba hablando en serio. Pero el sonido de la puerta de la cámara, que se arrugaba  y doblaba hacia ellos, atrajo su atención y le hizo sentirse como en un sueño: el acero se movía como derretido, un pedazo gigante de mantequilla brillante. Mel llegó en ese momento. Le entregó a Thomas el arma mientras comprobaba el cargador de la suya.

—Eh, ¿qué le ocurre a la puerta? —preguntó en tono animado, a pesar de la evidente crispación de los demás.

La puerta saltó de su quicio. La gruesa hoja de media tonelada, convertida en una irregular bola, salió despedida arrastrando en su vuelo al soldado experimentado. Thomas vio por el rabillo del ojo que Mel se había tirado al suelo, pero seguía mirando la puerta, que había aterrizado con lo que ahora era un amasijo de carne despanzurrada debajo. Sin tiempo de pensar en cómo había pasado eso, el soldado joven empezó a gritar. Thomas, si antes creía estar soñando, ahora estaba convencido de vivir una pesadilla. Los ojos del soldado se hundían como si su propio cráneo estuviera absorbiéndolos. Y lo hacían muy despacio. Se podía oír el chasquido de cada nervio y músculo arrancados durante el inexorable viaje de aquellas dos bolas de carne hacia en fondo de las cuencas. La sensación que Thomas experimentaba era la totalmente opuesta a la de encontrarse junto a Violet, de hacía apenas unos minutos, era como pertenecer de repente a una nueva dimensión de la existencia. Le estaba costando mantener la cordura ante la espantosa visión y los horribles gritos del soldado, que no dejaba de golpearse las sienes y emitir sonidos que no parecían de naturaleza humana. Finalmente el soldado se silenció y cayó hacia atrás produciendo un gran ruido al chocar su armadura contra el suelo metálico. La carne dentro de su cráneo aún se oía removerse, sin embargo. El cadáver sujetaba el arma todavía y, para su mayor incredulidad, le apuntó con ella desde el suelo y disparó. Thomas fue apartado de la trayectoria del disparo de un violento empujón por Mel.

Thomas cayó rodando mientras que Mel empezó a disparar al cadáver, que se incorporaba mirando a su atacante con esos agujeros de los que se derramaba gelatina sanguinolenta. El arma de Mel era lo bastante potente como para atravesar la armadura del soldado, pero no le detenía en absoluto. Thomas era incapaz de levantarse; petrificado por el terror contemplaba el demencial enfrentamiento.

El soldado revivido, con la misma destreza que tuviera en vida, amartilló el lanzagranadas de raíles de su fusil y apuntó con ello a los dos pilotos en el momento en que el arma de Mel dejaba de disparar por falta de munición. Thomas supo que ahí acababa su vida. Escuchó sin embargo nuevos disparos desde su espalda, y observó que éstos impactaban cerca del cargador de granadas del soldado. Una de las balas atravesó a tiempo uno de los explosivos haciéndolo estallar en pedazos. La explosión hizo desaparecer la cabeza y los brazos del muerto viviente, dejando además un pedazo informe en el lugar del torso.

— ¿Estás bien? —le preguntó bastante nerviosa Violet, inclinándose sobre él—. He venido porque tardabais mucho en reportaros.

Thomas no escuchó estas palabras. Sólo la miró y sintió un gran alivio, como si lo hubieran liberado de una penosa tortura. Aquel merecido respiro no duró mucho, pues Mel pronunció el nombre de ambos para atraer su atención. Su mano izquierda señalaba la entrada a la cámara, de la que asomaba algo parecido a un hombre. Aquel soldado lo había llamado “un tipo extraño”, pero estaba claro que aquello no era una persona. Era un manojo de nervios y músculos, sin piel que los recubriera, extremadamente delgado y moviéndose con cierta torpeza, desequilibradamente. Sus brazos y piernas parecían carecer de algunas partes de los músculos, lo que lo hacía ver desproporcionado. Le faltaban los labios, como arrancados, pues la carne estaba desgarrada de una manera irregular alrededor de sus blancos dientes, que aparentemente estaban sanos. Éstos dibujaban en su cara una continua sonrisa inexpresiva al tener las mandíbulas cerradas. Los ojos no tenían ni iris ni pupila, eran totalmente blancos y vidriosos, como canicas llenas un pus semisólido…

Violet, al ver al monstruo, ayudó a Thomas a incorporarse a la vez que Mel pasaba veloz al lado de ambos.

— ¡Vámonos de aquí!— gritaba mientras corría.

El ser pareció enojarse por esa escapada de los pilotos y lanzó hacia sus espaldas un rugido gutural, hecho sin cuerdas vocales. Thomas y Violet se detuvieron en medio del corredor al hacerlo Mel delante de ellos. Se arrodilló tranquilamente, con una parsimonia que no era nada apropiada al momento, y puso sus manos en el suelo, ante él. Thomas estaba muy asustado, pero a pesar de la urgencia dio dos pasos hacia él.

— ¿Qué estás haciendo?

Como si fuera una respuesta, empezó a golpearse la cabeza contra el suelo con violencia.

— ¡SOCORROOOO…! —aullaba mientras su cráneo quedaba destrozado tras cuatro golpes.

Thomas miró al ser tras ellos, que avanzaba con paso lento en su persecución, la boca abierta en grito mudo, uniendo sus fauces unos hilillos de sangre y saliva. Le quedó muy claro que las extrañas muertes estaban siendo ocasionadas por el monstruo, aunque era materialmente imposible. Preso de rabia e impotencia, descargó varios disparos sobre la criatura. Las balas le alcanzaban, en efecto, pero no parecía sentirlas cuando atravesaban de parte a parte su cuerpo. En cambio, por respuesta al ataque extendió su brazo izquierdo en dirección al tirador.

Thomas sintió de inmediato una fuerte presión en la garganta que le impedía respirar y que se dio cuenta iba a aplastarle la tráquea. Soltó su arma y se llevó las manos al cuello intentando aliviar un dolor que nada parecía estar produciéndole. Mientras se revolvía con espasmos desesperados por el suelo, creyó ver a Violet fugazmente, apuntando con su arma al monstruo, sin dispararle. Mientras él estaba muriéndose, ella, seguramente paralizada por el miedo, contemplaba al monstruo tras su arma, incapaz de hacer nada más.

Entonces oyó un único disparo, y la presión en su cuello disminuyó de golpe. Volvía a respirar, y se puso en pie lentamente, frotándose el cuello con las manos. Violet estaba en la posición en que la había visto hacía unos segundos antes: sujetaba el arma con ambas manos y no se movía ni para respirar. Giró su cabeza hacia él.

— ¿Estás bien? —le preguntó sin bajar el arma.

—Me duele mucho el cuello— Thomas se lo masajeaba para aliviarse—, pero mucho mejor.

Miró al ser que había estado a punto de matarle y lo encontró despatarrado en el suelo. No se movía salvo por unas leves convulsiones en las piernas. Se acercó a él seguido de Violet, que no bajaba su arma en ningún momento. El monstruo había recibido un balazo en el ojo derecho y eso parecía haberle matado. Thomas descubrió que Violet sólo había pensado antes de disparar, lo que le había salvado la vida a ambos. Esa fría premeditación también había acabado con la amenaza del soldado revivido. Thomas observó admirado a Violet, que no se había abandonado al miedo como él mismo, y había enfrentado al monstruo valientemente. Pensó que después de soportar aquella tensión, quizá desapareciera ahora su aparente tranquilidad, pero mientras la miraba en silencio, ella entró en la cámara y comprobó que todos allí dentro habían muerto.

—No cabe duda de que esta mierda —dijo dándole una leve patadita al poderoso ser— ha salido de esa caja negra que transportábamos. Fuera lo que fuera esta cosa, seguro que tenemos problemas por haber acabado con ello…

—Tal vez deberíamos volver a la cabina y aterrizar cuanto antes.

Así lo hicieron. Violet tomó de nuevo los mandos de la nave y Thomas tramitó por radio el burocrático permiso de aterrizaje.

La nave circundó desde una distancia prudente la estrella Kiros y redujo la velocidad para entrar en la atmósfera del planeta. Durante todo el trayecto ninguno dijo nada. Violet pensaba sobre los horrores que se creaban para la investigación militar. Horrores como el que ella había “desperdiciado”. Se preguntó cuánto valdría la pérdida de aquel engendro al mando militar y qué le esperaba a ella por haberlo eliminado.

Thomas, por su parte, quería hablar con Violet, pero su semblante serio y preocupado le hizo desistir de sus pretensiones…

La nave fue sacudida por las fuertes corrientes que provocaban a nivel planetario las turbinas gigantes de los procesadores de atmósfera, que fabricaban aire y presiones parecidas a las de la Tierra en nuevos mundos como ese. A pesar de las ventiscas, pudieron aterrizar sin muchos problemas sobre la cuadrada plataforma de aterrizaje construida a cierta altura del árido terreno natural.

 

4

Thomas y Violet descendieron por la rampa del muelle de carga de la nave. Para su sorpresa, aunque no demasiada, había desplegado ante ellos un pelotón de soldados de armaduras negras, que se veían en aquel planeta de de un color azul muy tenue. Cuando se encontraban a cierta distancia de la nave, los soldados entraron en ella precipitadamente, buscando sin duda la caja del monstruo.

Un tipo vestido con una gabardina de color negro con distintivos del Concilio del Sistema Tierra se les presentó con voz neutra de funcionario.

—Bienvenidos. Soy el general Kaira —dijo sin tenderles la mano—. ¿Dónde están los científicos que les acompañaban?

—Están muertos, y antes de que lo pregunte, también los soldados que los escoltaban, así como nuestro tercer piloto. El ser que iba en la caja los mató a todos —respondió Thomas rápidamente, de una vez.

— ¿Y dónde está el ser ahora? —preguntó de nuevo el general Kaira, sin mostrar preocupación alguna.

Violet iba a responder pero Thomas se apresuró a decir:

—Muerto, claro, ¿cree que hubiéramos sobrevivido, si no? —su tono denotaba cierta irritación, pero sólo cierta, porque no era buena idea propasarse con los superiores. Miró a Violet, que siguiendo la disciplina militar miraba al frente, al infinito. No estaba dispuesto a que la culparan a ella sola de la muerte de la criatura, y menos cuando lo había hecho para salvarle a él.

Esperaba una fuerte réplica del estirado oficial, pero éste cogió un pequeño comunicador y empezó a hablar por ello en voz muy baja, dándoles a ellos la espalda.

Violet aprovechó para devolverle la mirada a Thomas. Le sonreía porque no la había dejado asumir sola la culpa. Él se sintió feliz al pensar que después, de nuevo a solas, podría decírselo. Sabía que no perdería otra oportunidad, que por lo menos ella sabría al fin lo que significaba para él.

Absorto en sus pensamientos, no oyó el sonido que atrajo en cambio la atención de Violet. Antes de darse cuenta de lo que ocurría, vio a Violet decir algo ininteligible y ser alcanzada después por un disparo en el centro del pecho. Retrocedió dos pasos y cayó de costado con la vista fija en Thomas. Sus ojos permanecían abiertos, con su bello color verde destacándose de entre todo el juego de tonos azulados que componían allí la realidad. Thomas sintió una gran presión entre pecho y espalda al ver esto, sintió que no había aire para respirar en aquel planeta.

—Lo siento, señor Hell —dijo el general Kaira al dirigir su arma, aún humeante, hacia él—. Pero, oficialmente, han muerto todos en un desgraciado accidente.

 

Un relato de Elmer Ruddenskjrik para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

 

SOBRE EL AUTOR:

imagen Ruddenskjrik en plan hermoso, con luz épica y el pelo al viento y todo eso.jpgElmer Ruddenskjrik (Gijón, Asturias, 1982)

Estudiante de formación profesional, no trabaja en nada que tenga que ver con lo que estudió. A partir de 2010 empezó a autopublicarse: novelas como Elangel Pulois o Territorio Indómito, y cuentos como Deprimencia, Ogros y La Mujer Descabellada, entre otros. A partir de 2016 lleva su propia página web, https://historiaspulp.com, con María Larralde, donde ambos publican la mayoría de sus novelas y relatos. Al mismo tiempo, empezó  a escribir relatos para las convocatorias de Letras y Demonios, Nictofilia y Editorial Cthulhu, bastante orgulloso de verse seleccionado en todas ellas. Recientemente ha publicado la increíble novela de estilo pulp Marciano Reyes y La Cruzada de Venus, junto a los autores María Larralde y Rubén Mesías Cornejo, e ilustrada por Israel Montalvo.

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