CIENTO CINCUENTA Y DOS MANOS ALZADAS

POR GINY VALRÍS

 

Se había adueñado de sus pensamientos la ridícula idea de que entre aquellas oscuras paredes alguien la estaba observando. Miraba a su alrededor con insistencia, mas nada extraño veía. El aula permanecía vacía de decorados, sin ningún rostro enmarcado que le sobresaltase. Pese a ello, Lidia tenía el pulso acelerado y la garganta seca. Había dormido mal aquella noche; el viento y la tormenta habían interrumpido constantemente su descanso y ahora un profundo dolor de cabeza la perseguía.

Pero no era esa extraña sensación lo que la paralizaba, sino las miradas atentas de todas aquellas estudiantes que sonreían hacia la palestra sin soltar sus cuadernos. Lidia respiró profundamente y bebió un sorbo de agua. Hacia tanto tiempo que no hablaba en público que apenas sabía cómo comenzar. Buscó con la mirada el interruptor del proyector, pero antes de que se pudiese orientar, alguien se levantó y conectó el aparato. A su espalda apareció el foco de luz. Lidia volvió la vista hacia la joven que volvía cabizbaja a su asiento.

—Buenos días, señoritas —se presentó—. Mi nombre es Lidia Luavent.

Acto seguido, justo en el instante en el que su mente pensó en apagar la luz del techo, la sala entera se oscureció. Lidia se volvió hacia la pared, sobresaltada, al tiempo de ver a otra de las chicas caminar entre los pupitres.

—Gracias —murmuró dubitativa—. Como ya les habrán comentado, mi profesión me ha llevado a recorrer muchos lugares inaccesibles para el ser humano. —Levantó la vista buscando el interruptor, y una vez más alguien hizo pasar la diapositiva—. Algunos de mis últimos descubrimientos no se pueden trasladar hasta aquí, ni siquiera pueden tocarse, como es el caso de la siguiente imagen. —Esta vez, la científica sonrió al sentir que alguien manipulaba el aparato—. Esta montaña que ven aquí…

—Se trata de un volcán sumergido a gran profundidad en el suelo marino del Atlántico —respondió una voz anónima en mitad del aula. Lidia se volvió rápidamente, pero no fue capaz de distinguir quién era.

—Eso es… —murmuró mientras pensaba por dónde debía continuar. Enseguida apareció una nueva imagen—. Aunque el volcán en sí no presenta ninguna relevancia científica, nuestro equipo de investigación ha descubierto recientemente estas gemas…

—Su nombre científico es Colorada rosamurus. —Alzó la mano otra voz—. Una pieza de cuarzo blanco con un cristal rojizo en su interior. Irrelevante como artículo de joyería, pero de gran contenido esotérico. Tiene la facultad de cambiar de tonalidad al contacto con la luz del sol, y un solo gramo puede hacer bullir hasta un litro de agua.

—Vaya. Me acaba de dejar estupefacta, señorita… —preguntó al aire, tratando de ver más allá de la luminosidad del foco, pero nadie se identificó—. No sabía que estuvieran al tanto de mi informe —carraspeó. Enseguida apareció otra diapositiva—. Está bien, ahora continuemos en la superficie. Me gustaría mostrarles un aspecto inédito de mi ensayo: uno de los lugares donde se han detectado mayor actividad paranormal…

—Conocida como La ladera de la lluvia. Se trata de una formación rocosa situada junto a las costas de Turrén, en la provincia de Doren —se escuchó entre las primeras filas—. Recibe dicho nombre debido al impacto que las gotas de lluvia han ido dejando sobre las rocas, erosionando el terreno, hasta originar esos gigantescos orificios.

Lidia sonrió tímidamente al grupo de alumnas sin dar crédito a lo que oía. Estaba convencida de que toda esa información aún era confidencial y que la Universidad no había publicado nada al respecto. Era imposible que supieran nada de aquello. A no ser…

A no ser que hubieran leído las revistas, que estuvieran al tanto de todo lo ocurrido y que el escándalo que aquello supuso para la Universidad aún se comentase por los pasillos.

Se dejó caer sobre el asiento al sentir que perdía fuerza en las piernas y que le invadía la espalda un escalofrío. Podía sentir sus miradas condescendientes y los cuchicheos del fondo clavándose como ajugas en su piel. Todas las acusaciones, los titulares y las reuniones con el rectorado volvieron a ella como una corriente de granizo. Por un momento se quedó en blanco, paralizada por la sombra de sus recuerdos, sin poder apartar la mirada de las ilustraciones que aún reposaban sobre el proyector. No entendía por qué sabían tanto de aquello, y por un momento le tentó la idea de salir corriendo de ahí.

—¿Se trata de una broma? —exclamó arqueando una ceja—. Porque no tiene ninguna gracia, señoritas. —Sabía que le temblaban las manos y que su voz no sonaba todo lo segura que le gustaría, pero eso no le impidió ponerse en pie—. ¿Quién les ha traspapelado estos datos?

El aula se cubrió de un profundo silencio. Las muchachas la contemplaban serias, mirándose entre sí, como si no comprendieran lo que estaba diciendo.

—Está bien —susurró tratando de calmar sus nervios—. Sigamos con las diaposi…

La imagen cambió enseguida. Ella se sobresaltó, más por la interrupción de una joven situada a su izquierda que por el grotesco escenario que había aparecido.

—No solo los científicos lo afirman; las antiguas leyendas de Turrén ya narraban historias sobre el misterio que encierran las cuevas. —Lidia se giró hacia ella, sin dar crédito a lo que veía. La imagen que había a su espalda era una de las fotografías que había tomado durante la exposición y que nunca había dejado que nadie viese—. No hay más que investigar las continuas desapariciones que han sucedido en aquel lugar, y los cadáveres que después se encontraron en la orilla, a pocos kilómetros de allí, para confirmar lo que los cuentos ya predijeron: nadie que se haya atrevido a penetrar los túneles de Turrén ha logrado conservar la cordura.

Se hizo un profundo silencio, tan solo interrumpido por la respiración entrecortada de Lidia. Esta apoyó el peso de su cuerpo sobre el escritorio, ignorando el mareo que comenzaba a sentir, e intentó arrastrarse hacia el proyector. No podía comprender cómo había llegado esa imagen allí. Estaba convencida de que había quemado todo lo relacionado con el suceso. Nadie salvo el rector de esa universidad y su psiquiatra estaban al tanto. Nadie salvo la policía había visto esas fotografías… Respiró hondo tratando de calmar sus pulsaciones. Sabía que sus ojos se habían enrojecido y que si pronunciaba una sola palabra, por pequeña que esta fuera, rompería a llorar. Así es que decidió permanecer unos segundos ahí, en silencio, concentrándose en ahogar todos sus recuerdos y sumergirlos hasta el fondo.

—Muy bien —susurró—. No sé cómo lo han conseguido, pero veo que están al tanto de todas mis investigaciones.

Desvió la mirada hacia el interruptor de la luz y antes de que su cerebro procesase dicho pensamiento, la bombilla se iluminó, y las ciento cincuenta y dos muchachas que la escuchaban aparecieron serias, sentadas en sus bancos y con la vista fija sobre la pared. Lidia volvió a rebuscar en su carpeta. Esta vez sus dedos se toparon con una libreta pequeña forrada con piel de color verde. Miró de reojo a las chicas mientras pasaba una a una las hojas del cuaderno. Después se acercó hacia el receptor del proyector y apoyó la imagen contra la pantalla.

—¿Alguna de ustedes podría decirme qué es esto?

Tras ella se distinguía una cordillera cubierta de cráteres y vegetación. Al frente, ciento cincuenta y dos manos levantadas. Lidia tragó saliva y señaló al azar una de ellas.

—Es el interior de uno de sus túneles de La cordillera de la lluvia. Llama la atención la estrechez del mismo y la verticalidad de su trayecto. Se pueden apreciar, además, algunos puntos brillantes dispersos por el techo.

Lidia asintió sin esperar a que concluyera su discurso. Nuevo grabado. Ciento cincuenta y dos manos dispuestas a responder.

—Corresponde con uno de los puntos brillantes que visualizábamos en el dibujo anterior. Se trata de un ejemplar de Colorada rosamurus de menor tamaño que el encontrado junto al volcán, pero de igual carga magnética…

«¿Cómo sabes la carga magnética que presenta?» Quiso preguntar antes de que le atravesara un fuerte latigazo desde la parte inferior de la espalda hasta el cuello. Se apoyó contra la mesa del proyector jadeando con fuerza. Había podido sentir la descarga atravesando su ser. Abrió los ojos al tiempo de distinguir un resplandor amarillento en la pared del fondo. De pronto, todos los recuerdos que su psiquiatra había logrado eliminar volvieron a ella.

La cordillera de la lluvia parecía más pequeña en los planos que habían obtenido de los archivos municipales; podía intuirse a simple vista la estrechez de cada uno de los túneles y la profundidad de todos ellos. Sin embargo, pese al duro entrenamiento al que se vieron sometidos y el conocimiento que tenían, tardaron más de tres días en salir de ahí. Los dispositivos de orientación y los comunicadores presentaban demasiadas interferencias, y bloques de caliza que dividían el pasadizo resultaron ser tan parecidos entre sí que tenían la sensación de estar caminando en círculos. A cada paso que daban las formas que veían y las siluetas de las paredes parecían más atractivas, más misteriosas y espeluznantes. El miedo y la desesperación pronto agravó su desconfianza y el equipo se enfrentó. Ya no recordaban por qué habían entrado, ni siquiera sabían si de verdad querían salir. Nadie les había avisado del resplandor amarillo que aparecía de tanto en tanto en las paredes, haciéndoles perder el equilibrio y la orientación, ni del aullido estridente que atravesaba las grietas. Después de escuchar aquel sonido, algunos de sus compañeros caían al suelo gritando en un idioma desconocido, y otros aseguraban haber visto una figura gigantesca frente a ellos. Lidia fue la única que logró salir del túnel, aunque ni siquiera recuerda cómo lo hizo. Jamás experimentó ningún trastorno ni fue testigo de ningún fenómeno paranormal.

Tan solo hubo una cosa que aún le quitaba el sueño.

Se dejó caer en la silla del escritorio y bebió lo que quedaba en el vaso. Las ciento cincuenta y dos cabezas la observaban sin inmutarse. Ella frunció el ceño olvidándose por completo de las diapositivas. Un solo pensamiento se repetía una y otra vez en su mente. Por un momento había creído ver, dispersas entre las alumnas, las siluetas que habían fotografiado en las cuevas. No se trataban de figuras como tal, y bajo la oscuridad de los túneles ni siquiera parecían rostros humanos. Según la opinión de su equipo, más que trazos pintados, aquellos rostros parecían manchas que la humedad había marcado en las paredes. Pero al visualizarlas a través del objetivo de la cámara, Lidia estaba convencida de que sus contornos eran demasiado simétricos y sus ojos demasiado intensos para no poder ver. Cerró los párpados y agitó la cabeza con fuerza. Habían sido imaginaciones suyas, como siempre. Tal y como le había dicho su psiquiatra: nada de lo que habían creído ver en aquellas paredes fue real. Todo se debía a la humedad y la falta de oxígeno, y que la condensación había hecho que las Coloradas rosamurus desprendieran cierto gas venenoso. Sí, esa era la única explicación posible.

Y desde luego, ninguno de los rostros negruzcos y andróginos que tenía ahora delante era real.

Sintió que las lágrimas caían por sus mejillas y que le empañaban momentáneamente la mirada. Aprovechó entonces para levantar la vista. Ciento cincuenta y dos muchachas esperaban impacientes a que continuase. Intentó hablar, pero ni una sola palabra brotó de sus labios. Los rostros de los espectros seguían ahí y ya no se sentía capaz de ignorarlos. El destello amarillento brotó entonces del proyector como un fogonazo, seguido de un silbido que más que penetrar por sus oídos, parecía originarse en su mente.

Pronto sintió los pasos apresurados de las ciento cincuenta y dos jóvenes que abandonaron la sala mientras ella se retorcía gritando en el suelo.

Dos guardias de seguridad irrumpieron en el aula a tiempo de escucharla balbucear una y otra vez:

—Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn.

 

Un relato de Giny Valrís para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por la autora.

Ilustración extraída de Devianart:  by owen-c

 

Sobre la autora:

Giny Valrís es estudiante de Magisterio a tiempo completo y escritora. Se define a sí misma como una lectora voraz, fiel defensora de los animales y la naturaleza. Desde el año 2014 no ha dejado de publicar relatos en distintas antologías, resultando ganadora de varios concursos literarios. Además, ha coordinado algunas publicaciones, como Chikara: el poder de la Naturaleza (Taketombo books, 2016), El futuro es bosque (Apache Libros, 2018) o Madre de monstruos (Tinta Púrpura, 2018), y ha colaborado como jurado en varias convocatorias, como Terroríficas II (Palabaristas, 2019) y Ácronos IV (Tyrannosaurusbooks, 2016). Además de relatos de género también escribe librojuegos: colección Choose Cthulhu, y literatura infantil: “El gigante del puente” (Dilatando mentes, 2019).

Web oficial de la autora: https://ginyvalris.com

 

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