REENCUENTRO

POR JULIO CEVASCO

Reencuentro Kike

Lord Gràufeld miraba a la mujer pálida, de pie junto a la ventana. Palpó el vidrio con los dedos. La bífora que lo protegía tenía los cristales empapados de la misma lluvia que golpeaba el bosque, y los árboles sin hojas se extendían bifurcándose en caminos sombríos, hasta perderse en la oscuridad. Los lobisones enterraban el hocico en los cuerpos de ritualistas de la Torre de Baccanàl. Mordían los despojos en la basura. Las cruces de plata, partidas, demostraban que el Cristo no existía. Él siempre intuyó la debilidad del no-dios. Pero, antes de entablar el primer encuentro con los cabríos, Lord Gràufeld puso a prueba sus creencias. Por algún tiempo tuvo dudas. Sentía una presión en el pecho, una especie de miedo a equivocarse. Después de todo veía a sacerdotes torturar posesos, torsos y progerios en las vísperas; al agua bendita quemarles el cuerpo mientras los balanceaban desnudos, encadenados sobre el potro.

«El demonio sabe», creía.

—Él sabe —repitió en su habitación, aún viendo a la mujer que lo esperaba en el bosque.

Se dio la vuelta y caminó por la Sala del Rito.

Había sacrificado a siete niños, los cuerpos podridos sobre mesas de ladrillo. Moscas zumbaban junto a cálices con los signos tallados en el idioma de los grimorios: la luna, el colmillo, el zodiaco, el trisquel. Lord Gràufeld todavía tenía hilos rojizos en las comisuras de los labios.

¿Desde cuándo no había visto a la mujer, y desde cuándo no se sentía tan libre en el torreón? Como lord de la dinastía Gràufeld lo tenía todo, pero a la vez, nada. La opresión de los clérigos por sus costumbres paganas, los murmullos de la servidumbre por sus esposas muertas y sus hijos desaparecidos, el odio sembrado por sus vasallos, el desprecio hasta de sus perros y de las sombras de sus perros. Todo lo que rodeaba a esa tierra y toda alma que la habitaba, así fuese la de un labriego miserable, le asqueaba. El hedor natural del hombre y de la mujer. La peste a sudor, excremento, orines y sexo no se quitaba ni con los bálsamos de madera que vendían en los mercados; y era precisamente esa pestilencia la que por fin empezaba a desaparecer. Un hedor casi tan nauseabundo como el de la vida extendía su estela por los caminos boscosos.

«Los bálsamos mortuorios, los hedores que despiden esos sacos de hueso y carne son los vestigios dejados a lo largo de mi existencia», pensó al abrir la puerta.

Se oyó un chirrido.

Bajó las escaleras recordando sacrificios que había cometido a la sombra de sacerdotes. En ese entonces, cuando se alejaba para ofrecer sangre a dioses cabríos, los bosques donde edificaba su santuario eran aún verdosos. Pero desde la última ofrenda quedaron cercados por una niebla que no dejaba escapar a nadie. Las almas que lo intentaban eran cazadas por lobisones, o era la misma neblina quien las devoraba. No quedaba escapatoria porque había convocado al único dios: el único Forjador de Monstruos.

«Los monstruos que envejecen, que al morir se transforman en sacos hinchados de carne y pus».

—Todo lo que hice, lo hice por ti —susurró mientras bajaba los peldaños.

La mujer pálida, la única a la que había amado, fue también la única que lo dejó. Pero en cuanto sus dudas se disiparon decidió recuperarla.

«Ocho meses en el interior de tu vientre. Otros ocho amamantándome como un ternero, pero después de catorce años era yo quien te amamantaba y tú la que te bebías toda la leche. ¿Por qué me abandonaste, madre? No era perfecto. Ninguno de los dos lo éramos. Te fuiste por tanto tiempo y ¿para qué? Ahora me gustaría saberlo».

Empujó la puerta con su mano huesuda. Salió hacia la oscuridad. Su madre y amante se encontraba ante él, rodeada de un anillo de bruma y resguardada por lobisones de pelaje espinoso. Los hocicos manchados de baba espantaban al viento, ya que silbaba atemorizado.

Pero lord Gràufeld, a diferencia de él, no tenía por qué temer; pues era el conjurador que había ofrecido el mayor sacrificio al Príncipe del Infierno. De cuatrocientas almas constaba su reino y cuatrocientas había entregado. La Torre de Baccanàl, junto a los miles de hectáreas que conformaban las tierras de su linaje, se había transmutado en un pedazo de averno. Bajo el torreón en ruinas no se arrepentía de la sangre ni de que fuese castigado, sabía que después de la muerte solo quedaba la oscuridad, porque su raza era una raza creada por el diablo, solo para saciar sus placeres, sus ansias, mendigar amor y otorgarlo a espíritus idealizados.

Marchó hacia su madre, quien lo esperaba al final del camino. Los lobisones observaban como atentos guardianes.

—Abrí la puerta del infierno y ahora te encuentras aquí— le dijo—. Quiero que sepas que solo lo hice para buscarte. —La voz del lord era rasposa, como un ronquido—. Ahora podremos estar juntos. En esta tierra no queda nada para nosotros, así que huiremos. Podemos descender a los abismos, perdernos, acostarnos sobre el barro como las bestias que somos. Quisiera de nuevo oler tu cuerpo y que vuelvas a oler el mío, olisquear tu cabello, tu olor a pelo de ciervo y a venado.

La mujer agachó la cabeza. Detrás de ella surgía una sombra alta y espigada que se formaba de niebla pero también de la hojarasca que tapizaba el bosque. Los lobisones se abrían paso para dejarla pasar.

Cuando lord Gràufeld la vio, dejó que su boca se abriera. No quitó los ojos de la figura cornuda que posaba su mano sobre el hombro de su amante.

El monstruo tenía la piel desollada. Sangraba pero no sentía dolor, sino placer. Los cuernos de cabra se encorvaban con orgullo. Su rostro, femenino y masculino a la vez, tenía la perfección de un dios. Era el príncipe del averno y se encontraba ante él, allí sobre las brozas, con su cabello largo, rojizo, casi encrespado. Un seno pequeño le colgaba del pecho y bajo el vientre tenía un miembro grueso, curvo y alargado. Padecía de priapismo: la marca de todo cabrío.

Lord Gràufeld frunció el ceño. Por un momento sintió una presión en el pecho como si estuviera celoso.

—Te entregué un reino, cuatrocientas almas —lo arrostró agitado. Las rodillas le temblaron pero no cedió—, solo para cruzar las puertas de los abismos y buscar a la mujer que te acompaña. Dámela. Ella es mía y yo le pertenezco.

El cabrío esbozó una sonrisa.

—Nací para ser su compañero —insistió Gràufeld—, beber la leche de sus senos y la sangre de su cuello. Siempre nos hemos amado.

—Cállate —le ordenó su madre.

El rostro del diablo parecía burlarse. Miraba al lord como si fuera una hormiga. De haber querido lo hubiese convertido en una mancha de carne.

La mujer se aferró al demonio. Sus manos pálidas abrazaron la cintura sin piel. La cola larga, como de rata, danzó bajo la noche.

—El amor es un sentimiento hermoso, hijo. —La madre hizo una pausa para tomar aire—. Así como el deseo y también la pasión. Pero ninguno se disfruta en su plenitud si no se acepta nuestra naturaleza primigenia. Ahora que te miro me decepcionas. De pronto me doy cuenta de que olvidaste las cosas que te enseñé.

—¡Mientes!

—Cada vez que nos acostábamos, que olisqueabas mis cabellos, que tras tenerte dentro de mí me murmurabas al oído que no te sentías cansado, que la sangre del diablo corría por tus venas, siempre te creí. Pero ahora te comportas como un llorica. —La mujer agachó la cabeza. Sus rizos danzaron como flores de oscuridad—. Los cabríos no te dejarán venir si no aceptas lo que eres; si no abres los ojos, nos miras, y de una vez admites que eres un animal y una dualidad como en la que me he convertido y como la del príncipe que está a mi lado.

No hubo respuesta. Solo soplidos de viento y un ceño fruncido sobre piel reseca.

—Míralo bien —continuó su madre—. Él es el Padre Eterno. El Único. El Señor de Todos los Mortales.

La mujer apresó el pene de la criatura mientras esta la tomaba del mentón con la otra mano. Lord Gràufeld vio cómo se miraban. Contempló sumido en las sombras que ambos empezaban a besarse, a fundirse en un beso de fuego antes de enredarse en caricias, suspiros y abrazos. Los lobisones que los rodeaban se acercaron, hambrientos. Detrás de los árboles aparecieron tres más y, cuando se volvió a la torre, que parecía lejana, sombría, casi inalcanzable, surgieron otras dos bestias lobunas que lo miraron. Le mostraron los colmillos mientras del hocico les bullía una peste a infierno.

Lord Gràufeld tembló.

Todo había sido para nada. Todo por gusto. Las cuatrocientas almas, su reino, el ritual, la sangre que había bebido. El demonio lo había engañado como siempre solía ocurrir en los tratos.

En ese momento escuchó un gruñido, el ruido de unas pezuñas arrastrarse por las brozas, aullidos bajo la luna de sangre, ecos salivales, húmedos, miradas fantasmas que surgían del bosque, de la corteza de los árboles y, por último, la mirada de su madre. Pareció decirle que era su última oportunidad.

«¿En serio? No te creo…».

La criatura lo observó. Era como si lo hipnotizara con sus ojos leoninos, con sus enroscados y robustos cuernos y su salvaje cabellera. El rostro andrógino. La mirada astuta, poderosa. El Diablo.

«Ven, únete —imaginó Gràufeld que le decía—. Sé uno más de nosotros. Te tenemos reservado un lugar especial».

El lord no pensó.

Solamente caminó.

Se acercó a la pareja sin prestar atención a las sombras y, cuando estuvo con ella, madre y padre, los tres se fundieron en llamas de sudor. Los rostros se acercaron. Fue un beso triple, ardiente y mojado, embebidos todos por una peste a pelambrera, a carne despellejada. En el bosque se respiraba un aroma húmedo. Las melenas se enredaban, rebeldes y monstruosas, y lord Gràufeld se fundía para siempre en aquella trinidad. La única de todas. La de la Sangre Cabría. La de los amantes. Todos eran parte del infierno, del placer. La neblina los envolvía con sus anillos humosos y sus guardianes, los lobisones, esperaban inclinados, obedientes bajo la luna llena.

 

Un relato de Julio Cevasco para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Ilustración de Kike Alapont.

 

Sobre el autor:

Julio Cevasco (Lima, 29 de agosto de 1985), es un joven al que le gusta escribir. Ha publicado en la revista Relatos Increíbles entre 2015 y 2017, y su relato de terror La carretera oscura fue valorado como uno de los mejores del segundo número. También publicó en la revista de terror Aeternum la historia Mensaje de un robot. Sus relatos Reencuentro, en Tenebra (Lima, 2017), El descenso de Conrad Crow (Lima, 2018) en Manuscritos de R’Lyeh, y Piel de lobisome (Madrid, 2018) en Gritos y Pesadillas, forman parte de su colección de historias de fantasía oscura ambientadas en un mismo mundo. Pistis: la virgen de huesos, en Fuenlabrada Distópica (Madrid, 2018), fue publicada por la asociación cultural Lupus in fabula.

Link de publicaciones en la revista Relatos Increíbles

http://www.relatosincreibles.com

Comentarios sobre Tenebra

http://eltonhonores.blogspot.pe/2017/07/

https://torredepapelediciones.blogspot.pe/2017/08/tenebra-o-la-reunion-familiar-del.html

https://milinviernos.com/2017/07/24/antologia-tenebra-terror-peruano-resena-de-luis-bolanos/

 

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