STENDAL

POR PEDRO P. GONZÁLEZ

 

Suele ocurrir, ¿saben? Crees haber bordado una entrevista y la sequía azota el teléfono durante semanas. Meses. Parecía uno de esos casos. En mi ya casi obligado olvido, el móvil trajo buenas noticias junto a las hojas secas del otoño. Recibí por fin la llamada de los directivos del canal de televisión. No habían enterrado mi candidatura en un cajón ni la habían dado de comer a la trituradora de papel. Pensé que todo lo hablado en un ya lejano abril seguía latiendo únicamente en mi esperanzador recuerdo. La charla fluyó distendida, y entre bromas y números, aceptaron mis condiciones. Querían firmar el contrato cuanto antes.

Era una cadena de televisión pequeña, de alcance local. Un importante giro en mi carrera que escondía nuevos retos. Por fin, un puesto de responsabilidad, lejos de los trabajos mundanos y subordinados que acostumbraba a cubrir en los medios de la ciudad. Entre los rascacielos y los grandes platós pasaba desapercibido, no conseguía brillar. Aquí encontraría mi sitio. ¡Por fin! un puesto para un tipo como yo. Me lo merecía, joder. Me lo merecía.

Lina y la pequeña Julia recelaron en un primer momento. Ocultaron la duda con una sonrisa, se alegraron por mí y apoyaron la decisión de mudarnos. Al menos, al principio.

Antes de mudarnos tuve varias de esas charlas con Lina, en las que se traza un futuro perfecto en un presente convulso. Horas de planificación enturbiadas por el humo de cigarrillos a medio consumir. Fríos cálculos de tiempo y dinero que apagaban la llama de la emoción. Llenamos hojas y libretas con garabatos y multiplicaciones. Buscamos cómo adaptarnos a un nuevo porvenir que inspiraba y asustaba a partes iguales. La ilusión se impregnó pronto de tedio cuando las piezas empezaron a no encajar. El desencanto y la lejanía volvieron a brotar. Las ideas corrían tras el reloj. Las manecillas se escapaban y se acercaban inexorables al primer día de trabajo. La ilusión y la felicidad quedaron dormidas, junto a nuestra relación, dentro de un témpano de hielo.

Llegamos a Stendal con la sensación de haber pasado una vida entera en el coche. Solo silencio y los ceños fruncidos. Solo los labios secos, el callado chasquido de la saliva y el lienzo desdibujado de hojas marrones, rojas y amarillas tras las ventanillas del coche. Cuatro horas y media que se hicieron infinitas, densas como arrastrar cadenas hacia el oscuro horizonte de la incertidumbre.

Lina cruzó los brazos por última vez. Se mordió el labio en una silente mueca de protesta que duraría todo el fin de semana. No cabía más descontento en ese delicado cuerpo. No había lugar para más decepciones ni más desilusiones. Decidió no dirigirme la palabra cuando atravesó la puerta de la casa que había acordado con los directivos del canal.

No tenía nada de malo. Una casa unifamiliar de dos plantas, de madera blanca y techo gris a dos aguas. Un tranquilo barrio residencial alejado del centro. Una calle ancha de dos sentidos, huérfana de juegos infantiles. Casas idénticas a cada lado hasta donde alcanzaba la vista. Una barriada muda, casi moribunda, donde no se veía a nadie respirar ni se escuchaba la risa de un niño. Una casa vieja sin encanto, rodeada de árboles que lanzaban su ahora marchita juventud de primavera al húmedo suelo de octubre.

Tomé las manos de Lina y le prometí una solución que no recibió respuesta. Busqué refugio en los inocentes ojos de Julia. Se cerraron junto a un suave gesto de negación que me apuñaló en lo más profundo del alma. Ambas se tomaron de la mano. No podía fallarle a Julia también.

Pasé el fin de semana abriendo cajas, colocando ropa y familiarizándome con el barrio. Lina no quiso acompañarme a pasear. Se quedó en casa, triste bajo una manta cuando salí a presentarme ante mis nuevos vecinos. No me crucé con nadie, ni encontré actividad en ninguna casa. Raro, ¿verdad? Una fría bienvenida en forma de aire gélido y silencio de sepulcro. Me acerqué a varias ventanas, miré a través del cristal y las cortinas para solo encontrar casas que parecían haberse quedado detenidas en el tiempo; limpias, perfectas, ordenadas y vacías. Terriblemente vacías.

El domingo llegó, más gris que el amenazante cielo hinchado de lluvia. Lina decidió volver a la ciudad con Julia. Es lo que habíamos acordado. Pensé que lo intentaría, que haría de tripas corazón y nos daríamos una oportunidad. No. Ellas seguirían haciendo su día a día en la ciudad y los fines de semana los pasaríamos juntos. Solo por Julia. Al principio, fue cada fin de semana, después cada quince días. Pronto se convirtió en una vez al mes. Después, solo en ocasiones especiales. Se puede decir que pasaba mucho tiempo solo, en esa casa vacía de una calle abandonada.

El trabajo como jefe de contenidos no resultó ser tan apasionante ni excitante como esperaba. Debí imaginarlo, si no, porqué tardaron tanto en llamarme y en cubrir la posición. Pronto el amplio despacho y las felicitaciones de los directivos dejaron de interesarme. No acudía a ninguna celebración ni me llenaban los éxitos del canal. Echaba de menos en cierto modo ser una hormiga mediocre en la jungla de asfalto y cristal. Añoraba mi antigua vida sostenida por alfileres. Echaba de menos a Lina y a Julia. Pensé varias veces en volver, pero ya ni siquiera Julia querría apoyarme de nuevo. Muchas horas extras, más alcohol del que necesitaba y demasiadas cosas en la cabeza sin parar de girar. De nuevo en la casa solitaria de la calle agonía.

Aquella noche fue la primera vez que lo escuché. Fue algo terrible que recordaré toda la vida. Algo tan brusco y salvaje que me arrancó de golpe de mis pesadillas. Un rugido metálico, de cuchillas atravesando las entrañas de la tierra. Un lamento ruinoso que se perdía calle abajo como el ulular de un búho gigante. Salté de la cama. Me asomé a la ventana y no alcancé a ver nada. Ni a un lado ni a otro de la calle. Una pesadilla, pensé. ¿No les ha pasado algo así nunca? Deseo que no. Una alucinación causada por el estrés del trabajo y la soledad. Ninguna luz encendida en la calle. Esa no fue la última vez que lo escuché.

Desde entonces, cada noche, me despertaba sobresaltado con el corazón a punto de estallar. Siempre llegaba tarde a la ventana para ver qué extraño monstruo o fantasía provocaba el terrible sonido. Un camión de la basura. Un avión que vuela bajo. Un coche patrulla de la policía. Una manada de perros asilvestrados. Buscaba algún camino lógico que me mantuviera firme, consciente, alejado de los demonios que mi mente empezaba a dibujar. El rugido metálico. Las uñas del diablo rasgando el cielo solitario de la noche. Dos montañas que luchaban bajo el estruendo de los truenos. Era imposible conciliar el sueño de nuevo y cada noche me acurrucaba bajo las sábanas de nieve, esperando a que algún ser de sombra entrara por la ventana para acabar con mi existencia.

El caso es que aquello, me empezó a obsesionar. Llegué al punto de hacer guardia y pasar la noche en vela. Miraba por la ventana, y esperaba a que sucediera. Un loco. Veía mi reflejo en el cristal de la ventana y solo me podía reír. Me saludaba y me sonreía. Eres un demente, me decía. Un puto loco. Me escondía detrás de la cortina y me asomaba de repente, como para asustar o pillar por sorpresa a alguien que no estaba allí. Me miraba y reía de nuevo. Le mantenía sin pestañear la mirada al monstruo que se reflejaba en el cristal. Un demente. Espero que nunca lleguen a vivir una desazón tal como la que asolaba mi espíritu en aquellos momentos de irracionalidad. Muchas noches, derrotado de esperar, caía en el abismo del sueño, y cuando a punto estaba de tocar el fondo, de nuevo, ese maldito ruido me vapuleaba contra las paredes. Nunca conseguía ver que era aquello que me estaba consumiendo la vida.

Lina y Julia vinieron a visitarme. Íbamos a pasar juntos las navidades. Notaron en seguida mi acuciante desmejora física. Sin poder apenas dormir y trabajando al más alto rendimiento, la irritabilidad llegó a tal nivel que se marcharon antes de acabar las fiestas. Irascible, huraño y paranoico, volví a quedarme solo en una noche de fin de año.

Sin nada que perder, ni en el año que había terminado ni en el nuevo que empezaba, esperé en la calle. Quería plantarle cara al ruido que arruinó la penúltima oportunidad que Lina me había dado. Me daría una más. Una última vez la volví a ver, pero eso vendrá más adelante. Esa parte de la historia ya parecen conocerla, no se precipiten.

Esperé en la calle pobremente abrigado. Una chaqueta de pana y el pantalón del pijama. El mismo pijama que llevo ahora. Malhumorado, fumaba un cigarrillo tras otro y esperé al monstruo. Grité al vacío varias veces sin obtener respuesta. ¡Ven ya! ¡Vamos! Tampoco desperté a ninguno de mis ausentes vecinos. Ninguna luz encendida. Ninguna vieja llamó a la policía por los gritos de un borracho. Nadie. Mientras giraba sobre mí mismo, con los brazos abiertos, oí aquello que estaba esperando. Tímido y lejano. Me heló la sangré y me detuve de golpe. Sentía cómo se aproximaba desde el extremo infinito de la calle. Agudo y fino como el grito de una rata enorme. Un silbato de perro que solo yo era capaz de escuchar. Y fue entonces cuando lo vi. Quedé deslumbrado por unos potentes ojos de fuego. Dos soles en medio de la noche que me cegaron. Sentí tal terror que sin saber qué había tras esos focos salvajes, corrí a protegerme dentro de casa. ¡Mierda! ¿Nunca sabría que era aquello? ¡Mierda! Una punzada me apretaba el corazón con una cuerda de hielo. Me quedé apoyado en la puerta, inmóvil, mientras las lágrimas caían hacia el frío suelo sin saber qué estaba sucediendo ahí fuera.

No fui al trabajo al día siguiente. Las sábanas de plomo aplacaron la débil motivación. No avisé. No llamé a nadie. La primera de muchas veces. Simplemente caminé calle abajo en busca del origen del sonido. Las pantuflas salpicaban los charcos del asfalto. El viento despeinaba mi cabeza y bailaba con las copas de los árboles. Caminé varios minutos, calle abajo, sin encontrar un solo cruce. Una calle recta sin fin. Casas vacías, idénticas por fuera y muertas por dentro. De entre la homogeneidad, una casa prácticamente en ruinas llamó mi atención. Diferente a todas las demás. Espléndidamente corroída por el moho y las termitas. Me acerqué a la puerta que golpeteaba con el ir y venir del viento. No necesité forzarla para entrar.

Tuve esa sensación extraña al cruzar la puerta. No sé si la conocen, esa que parece que alguien te va atrapar por detrás y andas con los hombros encogidos, la piel erizada y la mandíbula de acero. Es ese instinto primario que ahoga un grito, que amansa una señal de peligro y que te mantiene tenso en un adelantamiento peligroso de tráfico. Ese. Justo ese escalofrío recorría mi cuerpo mientras subía las escaleras. Crujían bajo los pies mil cucarachas y escalones podridos. La distribución de la casa era idéntica a la mía. El silencio y el olor a humedad también eran los mismos. No me atreví a abrir la que sería mi habitación. Un resorte se accionó en las piernas. Corrí escaleras abajo y hui de la casa. Mis pantuflas mojadas en la carretera, quedaron como testigos de la terrorífica excursión.

Aquella noche volví a mirar por la ventana. Cientos de tazas de café y anfetaminas para no desfallecer. Jugaba otra vez con mi deforme reflejo en el cristal. No podía quitarme de la cabeza esa casa. Dicen que el momento más oscuro de la noche, es justo antes de amanecer, cuando la noche se niega abandonar y lucha con la luz de un sol que intenta desperezarse. Antes de que se alzaran las luces suaves del amanecer, creí ver una persona. Una sombra en medio de la carretera haciendo extraños aspavientos, giros con los brazos y movimientos con las manos. Los repetía como un autómata, un robot sin alma. ¿Sería posible? Bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta con un grito. ¡Eh! ¡Oiga! Nada. No había rastro de la persona ni del crujido metálico.

Recibí un último aviso del trabajo. Inventé una urgencia familiar para seguir ausentándome algunas semanas. La farsa no duraría mucho más.

Por las mañanas caminaba calle abajo, cada vez más lejos, adentrándome en un viejo barrio sombrío y quejumbroso, alzado en ceniza y consumido por la carcoma. Un barrio idéntico al mío, pero decrépito y decadente, comido por el musgo y salpicado por la oscuridad que provocaban los hongos. El asfalto se convertía en tierra que se convertía en polvo tras mis pasos.

Por las noches asustaba al reflejo del cristal, y de cuando en cuando, veía esas figuras otra vez. Cada noche eran más. Cuanto más caminaba de día, más sombras veía a la noche. Intuía, bajo la luna, cómo se movían por la calle. Sombras que entraban y salían de las casas, que cruzaban la calle y parecían jugar, que no se reflejaban en los charcos y parecían flotar. Sombras automáticas que repetían el ritual mecánicamente, sin descanso. Me dejaba arrastrar cada noche en un baile macabro que me consumía. ¿Comer? Cada vez menos, nada. ¿Dormir? Solo sabía que dormía cuando el maldito quejido metálico me agarraba por los cabellos y me arrancaba de las negras profundidades.

Me armé de valor en una noche de completa desesperación. Salí a la calle esperando perderme en la marabunta de sombras que ahora la poblaban. Nadie, ni un alma. Ni una de esas malditas sombras. Corrí sin mirar atrás, calle abajo, hasta llegar a la última casa de la calle, donde la carretera se convertía en un pútrido lodazal y la bóveda negra se fundía con el barro. Abrí la puerta para atravesar lo que una vez fue un salón. Las algas y el verdín habían ocupado lo que aún quedaba de las paredes. Subí las escaleras y apreté el pomo de la puerta de la habitación. Dudé, pero lo giré con un gemido lastimero.

Empujé la puerta y abrí lo que parecía haberse usado como un taller. Algunas herramientas seguían colgando del techo, solitarias latas de pintura y restos de disolvente en paños de tela arrugada por los años. Arcilla, pinceles, punzones y tijeras. En medio de la habitación, una mesa, donde una maqueta con todo detalle seguía imperdurable al polvo del tiempo. Vi la calle. Mi calle. La que ahora estaba muerta estaba entonces llena de vida. Repleta de árboles rabiosos en flor y de miniaturas vestidas con sombreros grises, faldas anchas que llegaban hasta las rodillas y zapatos de charol. Una imagen añeja que me hizo retroceder y dudar. ¿Sesenta? ¿Setenta años atrás? Distinguí un Ford Thunderbird y más allá, un Chevy Bel Air. Niños jugando a la pelota y un grupo de estudiantes que, bajando la calle, esperaban el tranvía mientras flirteaban y charlaban de cómo no querían ser como sus padres. Un tranvía. La catenaria atravesaba la calle, desbordante entonces de color y de historias que me moría por conocer. Los cables eran la cicatriz de metal por donde discurría el vagón. Sonó una campanita lejana. Tin…Tin…Tin… y el tranvía empezó a moverse. Las uñas de hierro mordieron los surcos del raíl y el sonido empezó a parecerse lejanamente a aquel que tanto odiaba. El pequeño engranaje metálico estalló en mi cabeza. Me sujeté las sienes para que el cerebro no se despegara del cráneo. El miedo me mantenía atado al suelo con el cemento del terror. Escuché un ruido sordo por las escaleras. Alguien subía. Algo. Algo que se repetía cada noche. Me lancé a por unas tijeras abiertas en cruz que reposaban sobre el banco de trabajo. ¿Qué podía hacer si no?

Una de esas sombras apareció en la habitación. Se abalanzó hacia mí y caímos enredados en una madeja de hilo oscuro como la propia noche. Conseguí zafarme y bajé las escaleras a trompicones. Me deshice con los brazos de la presencia que intentaba agarrarme y encadenarme a aquel lugar solitario y sombrío. Las piernas se empezaban a cargar y el corazón palpitaba mientras el sonido del tranvía se hacía cada vez más fuerte. Mi espalda, quedó iluminada por los focos dorados del vagón, que me perseguía chillando por la silenciosa calle. El rugido de acero y el latigazo azul de la electricidad tras de mí, como ese escalofriante soplido en la nuca antes de morir. El grito absurdo en medio de la noche me persiguió hasta que encontré el refugio de mi propio hogar. En un último esfuerzo, cerré la puerta y escupí el aire de los cansados pulmones en un sofoco de alivio. Casi eviscerando por la boca, caí desmayado en el salón.

El sonido del teléfono me despertó aquella mañana. Una voz monótona al otro lado recriminaba mi comportamiento. No presté atención a lo que decía. No era importante. Quedé en silencio, escuchando nada, hipnotizado por las tijeras que seguían en el suelo. Colgué. Me habían despedido. Ya ni recordaba por qué estaba en aquel maldito lugar. Tampoco recordaba que Julia y Lina vendrían ese mismo día para celebrar el cumpleaños de nuestra hija. Discutí con los directivos del canal y conseguí un día más. Tendría que abandonar la casa al día siguiente.

Lina trajo una tarta de chocolate. El relleno de crema oscura de arándanos, que recordaba al tono violáceo de mis ojeras, se derramó por los platos en silencio. Las cucharas repiqueteaban en la porcelana. Un carraspeo tras un sorbo de champán barato y una cara de desilusión sin regalo. No dije que me habían despedido. No les importaba. Ni siquiera a mí me importaba. Ellas se irían al día siguiente y nunca las volvería a ver.

Lina se acostó en mi cama con Julia. Pasaríamos juntos la última noche en el mundo. Yo me tumbaría en el sofá del recibidor. ¿Escucharían ellas también el ruido del tranvía? ¿Podrían conciliar el sueño en esta maldita calle? ¿Qué iba a hacer al día siguiente? La espera fue más débil que mis impulsos más primarios.

Sin pensarlo, salí de casa con las tijeras en la mano. Fui calle abajo, hasta el confín más olvidado del barrio, donde el barro llegaba ya por encima de los tobillos. Me volví a enfrentar a la maqueta en el taller abandonado del segundo piso. ¿Por qué había vuelto? No lo sé, pero me fijé en la calle. Miré mi casa en miniatura. Había una luz encendida en el piso de arriba. Una ventanita diminuta con una bombilla minúscula. Tembloroso, extendí la mano para levantar el techo. Vi mi habitación con la cama deshecha. Dos figuras yacían en el suelo sobre pintura roja que emulaba ser sangre. El techo resbaló de mis manos y estalló en el suelo en mil pedazos. Miré con pavor las tijeras. Cayeron también de mis manos con el sonido de la sentencia de un condenado a muerte. La ira agarrotó los músculos cuando agarré la mesa por uno de los laterales y la empujé en un ruidoso estruendo. Grité. Las figuritas, las casas, los coches y los árboles, volaron por la sala para quedar esparcidos por el suelo. Los vagones del tranvía seguían moviendo sus rueditas. Giraban sobre la nada, intentaba avanzar por el aire, como una tortuga que no es capaz de darse la vuelta. Las ruedas, en un incesante crujido, revolucionaban el vacío con un silencioso rugido. Hacían ese maldito ruido de acero forjado en el mismísimo infierno. La campana. Mis manos.

Bajé las escaleras y empujé mi cuerpo decrépito a la calle. Desolado, anduve sobre el asfalto empapado entre sollozos y balbuceos. Como una de esas sombras automáticas, repetí el camino de vuelta a casa. Me llevaba las manos a la cara y tiraba de la piel hasta que las ojeras llegaban a los labios. Me manché las mejillas de sangre y el pijama acabó tintado en rojo.  Los focos se aproximaban. Escuché una última vez el llanto metálico que me atormentó tantas noches. La espalda se tiñó con haces cálidos, naranjas y amarillos. El tintineo de una campana. Una señal de aviso que se escapó de los oídos. Los vagones del tranvía avanzaban rápidos y hambrientos, con el histérico canto de hierro que provenía de otros tiempos. 

El impacto fue brutal. Llegué a escuchar el crujido de todos los huesos y cómo los músculos se desgarraban. Deben saber que eso no es algo fácil de olvidar. La dentadura quedó convertida en un collar de perlas de sangre. Las piernas fracturadas, del revés, como las tendría un saltamontes. Luchaba por respirar entre burbujas espesas. Cada respiración, un ronquido húmedo, un gruñido de cerdo desesperado que presencia su propia muerte. La voz ahogada y perdida en un lastimero grito de socorro. La cara arañada y los pómulos abiertos en la carretera. Vi la calle brillar con una luz más limpia y radiante que la del propio sol. Los árboles en flor y los niños jugando. Los estudiantes que bajaban a esperar el tranvía y más allá el viejo Chevy Bel Air. Cerré los ojos y es lo último que recuerdo.

Fue un milagro que los directivos del canal me encontraran aún con vida al día siguiente. Dicen que estaba tendido en el salón de mi casa, pero, ¿Cómo explicarían mis heridas? Me trasladaron al hospital, y tras varias semanas en coma desperté, dolorido como nunca antes lo había estado. Y así es como hemos llegado a esta situación. Postrado en esta cama de hospital, lejos de mi verdadero hogar.

Ahora, agentes, espero que entiendan mi historia y comprendan qué es lo que ha pasado realmente. Ustedes dicen que maté a mi esposa y a mi hija. Que, tras llevarme al hospital, registraron mi casa y encontraron dos cadáveres en el piso de arriba. Que la piel flácida, seca y marrón, colgaba de los huesos, como un guante de piel mojado prendido de la rama de un árbol. Me enseñan esas fotos. Las tijeras y un escenario dantesco que no soy capaz de reconocer. Duele ver a mi hija deshecha en tiras de piel y amontonada en pedazos serrados. Es difícil no derrumbarse al ver el cráneo de tu mujer, desollado y con las cuencas vacías. Traen los restos de esa maqueta, coches de juguete, y yo no tengo más respuestas que darles. Solo puedo decirles, que fueron esas sombras. Que fueron esos habitantes nocturnos que me asaltaban en pesadillas lúcidas. Fue ese maldito tranvía. Se llevó mi tiempo y mi vida, se llevó a Lina y a Julia, mis sueños, y mi esperanza de cambiarlo todo en una nueva vida. Esa calle abandonada llena de vida y muerte al mismo tiempo ha sido mi maldición, la última parada en la que no quise bajarme nunca. No debí… Nunca. Esperen, ¡No me dejen solo! ¡Por favor! Esperen. ¿Es que no lo escuchan?

 

Un relato de Pedro P. González para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados por el autor.

Imagen extraída de Devianart: By anonamos701

 

Sobre el autor:

Pedro P. González 

Madrid. 1983. Informático por necesidad y músico por deber. Huyo de la nostalgia ochentera a pesar de ser víctima de mi tiempo. Amante de lo grotesco, de la música acelerada y el activismo underground. Me paso el día entre lo extraño y lo cotidiano, lo rápido y lo ruidoso para rascar algo que escribir. Participé en blogs ya olvidados, y colaboro asiduamente con fanzines como el “Middle Finger Response” o el más actual “Screaming for a reason”. He aportado algunos relatos en las revistas “Círculo de Lovecraft”, “Aeternum”, “Papenfuss”, “Fantastique” y en el Ezine “Historias Pulp”.  Recientemente he publicado dos relatos en la última colección de Ediciones negras “Susurros III”. La última chaladura que me ha dado, es  intentar terminar mi primera novela.

Pedropgbravo@gmail.com

FB: 2Cabezas

 

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