PESADILLA DE SERIE “B”

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Por cuestiones de trabajo, John Charles tuvo que ir más tarde y solo a la cabaña de la montaña donde le esperaban sus amigos. Estaba cansado, aquella mañana se había tenido que levantar muy temprano para ir a la oficina, pero el trabajo se le alargó más de la cuenta y la poca visibilidad de la carretera solo empeoraba las cosas. Los días empezaban a ser más cortos en octubre y los nubarrones amenazaban tormenta, así que enseguida se le hizo de noche en la carretera.

El paisaje cada vez más salvaje empezó a quedar a oscuras, mientras pequeñas gotas de agua hacían de la carretera, un paisaje deforme y fantasmagórico. El parabrisas empezaba a moverse de un lado a otro de forma casi hipnótica. Así que cuando pasó junto a la chica, estuvo apunto de dejarla atrás, confundiéndola con una señal de tráfico, pero paró pasados unos metros. Sin mediar palabra, ella subió al coche, vestía lo que parecía un camisón blanco que le llegaba a los tobillos, era guapa a pesar de su extremada palidez y aquella mirada perdida con la que parecía mirar al infinito.

—¿Le pasa algo? ¿Necesita que le lleve a algún sitio?

—No vallas por allí… Están todos muertos…— respondió ella antes de desaparecer ante los ojos de John Charles.

Sobresaltado dio un volantazo, que le hizo salirse de la carretera perdiendo el control y estrellándose contra un árbol.

El motor del coche humeaba y John Charles, salió como pudo, por suerte para él, el airbag había amortiguado el golpe. Sacó el móvil del bolsillo y trató de llamar, pero allí, en medio de ninguna parte, el teléfono no tenía cobertura, así que se resignó a ir hasta la carretera alumbrándose apenas con una pequeña linterna que guardaba en la guantera. Por suerte la lluvia había cesado, pero a esta le había sustituido una neblina que a cada minuto que pasaba se iba espesando cada vez más.

La carretera estaba totalmente desierta, o eso pensaba él, ya que cuando la niebla empezó nuevamente a disiparse, vio como entre esta, aparecieron figuras humanas, que al principio, como le había ocurrido con la chica de la curva, pensó que eran simples alucinaciones, hasta que estuvieron lo suficientemente cerca, entonces corrió hacia ellos, sin percatarse de que andaban de una manera un tanto lenta y estrambótica, medio cojeando. Cuando estuvo más cerca, pudo ver que ellos también trataban de ir un poco más de prisa hacia él. Las ropas de aquella gente o mejor dicho, los harapos, estaban llenos de tierra, y algunos llevaban consigo miembros de otras personas, piernas y brazos que estaban intentando comerse. El corazón de John Charles empezó a latir desbocado a causa del miedo, dio media vuelta para correr en dirección contraria, pero de allí también venían más zombis. Su única posibilidad de escape era internándose nuevamente en el bosque, cosa que hizo, apagando la linterna para evitar ser visto. Saltó entre ramas y matorrales, hasta distanciarse lo suficiente de aquella carretera maldita.

Si se hubiera detenido un momento en su loca carrera por la supervivencia, hubiera visto como los dos grupos de zombis se encontraban y comenzaban a devorarse los unos a los a los otros sin que a ninguno de ellos se le hubiera pasado por la cabeza perseguir al fugitivo y es que los zombis son muy tontos.

Entre las ramas de los árboles y los nubarrones era imposible ver donde se pisaba, así que se dio varias veces de morros contra algún árbol y cayó igualmente de bruces contra el suelo, pero a pesar del dolor que sentía le era imposible dejar de correr internándose cada vez más en la oscuridad del bosque. Tal vez por esa razón pudo ver más fácilmente luces al fondo, en lo más profundo y fue entonces cuando dejó de correr, respiro hondo cogiendo aire para continuar y decidió ir hacia las luces con cierta cautela, por lo que pudiera encontrarse. Las piernas todavía le temblaban a causa de la carrera que se acababa de echar y del miedo que tenía en todo el cuerpo.

A medida que se acercaba a las luces de las distintas hogueras que había en el bosque, pudo oír unos extraños cánticos y las siluetas de la gente que se encontraba alrededor de aquel extraño campamento. Todos vestidos con túnicas negras y portando extraños símbolos, pentagramas, cruces invertidas y otros símbolos de carácter diabólico, todos menos una chica, apenas una cría a la tenían semidesnuda y colgada por los pies de un árbol, con las manos atadas a la espalda y una mordaza que le impedía hablar… o gritar. Debajo de ella, había pintado un círculo con extraños símbolos y un montón de velas negras a su alrededor. El sumo sacerdote cogió una copa de oro y una daga. A John Charles se le paralizó el corazón cuando comprendió lo que estaba apunto de pasar. Quería hacer algo, ¿pero qué podía hacer él? El miedo lo tenía totalmente paralizado y sí intervenía lo único que conseguiría es que en vez de una víctima fueran dos, así que se limitó a mirar siéndole imposible apartar la vista de aquella horripilante escena.

—¡Oh, amado Belcebú! Acepta este sacrificio que hacemos en tu honor. Es virgen y pura como sabemos que te gusta, amado Belcebú— dijo el sumo sacerdote antes de cortarle el cuello a la muchacha.

John Charles tuvo la extraña impresión de que la chica le miró fijamente antes de morir degollada. Todos los allí congregados alzaron la voz con aquellos espeluznantes cánticos, mientras se desnudaban y se bañaban en la sangre de la joven que chorreaba de su cuello. Nadie se fijó en la figura que se adentraba nuevamente en el bosque como alma que persigue el diablo, cosa que en este caso podía ser literal. Solo dejó de correr cuando dejaron de escucharse los cánticos, miró hacia atrás y no se veía ni rastro de las hogueras.

Apoyado contra un árbol, vomitó asta la primera papilla. Estaba sudando y tenía frío, aun así, pensó que lo mejor que podía hacer era tumbarse apoyado contra otro árbol e intentar dormir esperando que aquella noche de pesadilla terminara lo antes posible, pero el aullido de un lobo, hizo que se lo pensara mejor y decidió hacer un último esfuerzo aquella noche, para subirse lo más alto posible en dicho árbol. Una vez arriba vio nuevamente luz. En principio pensó que era la luz del aquelarre que había dejado atrás, pero luego se dio cuenta de que era luz eléctrica, que salía de una casa o cabaña cuya silueta apenas se perfilaba entre los árboles.

John Charles, bajó de su seguro refugio en las alturas y comenzó a andar, aterido de frío, hacia el lugar donde había visto la casa, incluso se arriesgó a encender la linterna para ver mejor por donde pisaba. Pronto se encontró con un pequeño sendero que dedujo, conducía hasta la casa, el sendero se convirtió en un camino de tierra y pronto vio la casa a lo lejos, de la casa salía una música melancólica y triste de violín.

A John Charles aquello le daba muy mala espina y estaba empezando a arrepentirse de haber bajado de su árbol. Así que antes de llamar a la puerta, decidió que lo mejor que podía hacer era echar una ojeada por la ventana. La casa por dentro parecía decorada como en el siglo pasado, el cuadro de una mujer encima de la chimenea, presidía la casa. Al fijarse bien en el rostro de la mujer, le pareció que era el mismo que el de la mujer de la carretera. En la repisa de la chimenea había un gran bote de cristal y en su interior un cerebro humano. En las estanterías había libros viejos y polvorientos, también una mesa de laboratorio llena de tubos de ensayo. Pero lo que realmente le atemorizaba, era ver a otra chica, esta totalmente desnuda, atada con correas a una camilla, amordazada y con un vendaje en el muslo derecho de la pierna manchado de sangre. Miraba con auténtico pavor a sus captores, un anciano de cierta edad, vestido de cirujano y un jorobado que hacía las veces de enfermero preparándolo todo para la intervención. Mientras su amo hacía un extraño monólogo en voz tan alta que hasta el mismo John Charles podía oír a través del cristal de la ventana.

—¡Oh, amada Elizabeth! ¡Pronto volveremos a reunirnos! ¿Te gusta el cuerpo que te he conseguido? La encontré hace un mes, al amanecer. Había sido atacada por alguna alimaña en el bosque y yo la he cuidado hasta hoy para ofrecerte su cuerpo, que estoy seguro que encajará como un guante en tu cerebro— dicho esto, el hombre empezó a raparle la cabeza a la chica y dirigiéndose nuevamente al cuadro con una tierna sonrisa—. No te preocupes cariño, volverá a crecer.

A John Charles le había sido imposible hacer nada por la chica que habían sacrificado en el aquelarre, pero quizá si podría salvar la vida de esta otra chica. Buscó un pedrusco lo suficientemente grande como arma. Por suerte para él la luna llena empezó a aparecer a través de las nubes ofreciéndole una estupenda visibilidad y cuando estaba apunto de actuar, vio en el interior de la casa algo espeluznante. Mientras el cirujano empezaba a marcar con un rotulador, el cráneo rapado de la chica, en el lugar donde la iba a operar, empezó nuevamente a crecer el pelo, por la cabeza y por el resto de su desnudo cuerpo, que se transformó en la de un lobo, sus brazos y piernas se transformaron en potentes garras, que rompieron los correajes que la mantenían sujeta. Poniéndose a cuatro patas encima de la mesa de operaciones, le aulló a la luna antes de atacar al jorobado, degollándolo, el cirujano salió de allí corriendo lo más rápido que pudo. John lo vio salir por la puerta, pero no llegó demasiado lejos, ya que el lobo atravesando la ventana lo atrapó de un salto. John Charles decidió que lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias, era soltar el pedrusco y salir corriendo, pero al igual que le había pasado al medico chiflado, empezó a sentir el aliento del lobo y justo en el momento en que el animal ya caía sobre él, sonó un disparo. John Charles se vio en el suelo con el cuerpo desnudo de la mujer encima suyo.

Lo apartó con la ayuda de su salvador, un tipo que vestía ropas de principios del siglo XVII y con un mosquetón que parecía de la misma época en la mano.

—Joder colega, no se como agradecer tú intervención— dijo John intentando recuperar el aliento.

—No hay de que caballero. Yo en las noches de luna llena nunca salgo a cazar sin mi vieja escopeta cargada con balas de plata, más que nada, por si algún hombre o mujer lobo trata de quitarme la cena— dijo su salvador sonriendo.

Entonces John Charles vio los largos colmillos sobresaliendo de la boca del hombre siniestro y en seguida comprendió que él era la cena a la que se refería. Se apartó un poco haciéndole el signo de la cruz con los dedos, lo cual provocó una sonora carcajada en su interlocutor.

—¡JUA! ¡JUA! ¡JUA! ¡Pero vamos hombre. ¿No has pensado que si fuera tan fácil deshacerse de un vampiro, nos estaríamos muriendo de hambre? Además, si no te voy a matar. Bueno un poco si, pero luego serás uno de los nuestro, de hecho serás mi esclavo.

John Charles intentó huir a toda velocidad, pero el vampiro era mucho más veloz y desde luego más fuerte que cualquier ser humano. Así que lo agarró por el cuello de la camisa desgarrándoselo y lo inmovilizó. John Charles ya lo daba todo por perdido. El vampiro abrió su boca y se dispuso a morder, pero en ese momento, una intensa luz, brillante como la del sol a medio día, lo iluminó todo. El vampiro soltó horrorizado a John Charles y ante la estupefacta mirada de este, empezó a envejecer y a podrirse, finalmente solo quedaron los huesos, que pronto se convirtieron en polvo.

El cuerpo de John quedó totalmente rígido y paralizado y empezó a ascender hacia el lugar del que venía la luz. Un objeto gigantesco, que no dejaba de girar sobre sí mismo. Una compuerta se abrió y el cuerpo paralizado de John Charles entró en el interior del objeto, el cual dejó de proyectar su intensa luz, ascendió hacia el cielo y se perdió en la inmensidad del espacio estrellado detrás de las nubes.

¿Fin?

Escrito por Juan Carlos Fernández Fernández

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