Cruzando el Atlántico

—Todo esto era muy distinto antes de la Guerra Definitiva —dijo el viejo sin apartar la vista de la única ventana del camarote—. Ojalá pudieses verlo como yo lo vi.

El joven se acercó para contemplar con él la vasta monotonía del Atlántico.

—Pues debió ser realmente distinto, porque ahora no tiene ninguna gracia.

—Ya lo creo que sí… Yo viví toda mi juventud en San Jorge, la tercera ciudad submarina que se construyó en el Atlántico. Tan diferente a todo esto… En aquel entonces sí que «tenía gracia».

No hacía mucho tiempo que Julio había dejado de ser un niño y comenzaba a sentir curiosidad por el mundo de antes de la guerra, cuando los ordenadores lo controlaban todo y las personas podían comunicarse entre sí de forma casi instantánea.

—Cuéntame, abuelo, ¿Es verdad que en San Jorge había aparatos eléctricos para controlar la temperatura?

—No sólo en San Jorge —recordó Arévalo con cansada nostalgia—. Todas las ciudades del Atlántico tenían equipos de ventilación que estabilizaban el clima. No debes olvidar que, los que estábamos más abajo, vivíamos a doscientos metros bajo aguas heladas. Hubiese sido imposible subsistir de otra manera. Igualmente, si hubieras nacido en aquellos tiempos, no te resultaría tan espectacular. Hace cincuenta años cualquier persona podía controlar el clima de su propio hogar con un aparato de aire acondicionado individual… Sin importar si afuera nevaba o había un sol abrasador, dentro de casa podías mantener una temperatura constante de 22 grados Celsius.

—¡Increíble!… Y ¿cómo se perdió todo eso? ¿Por qué no vuelven a construir centrales eléctricas para tener aparatos como los de antes?

—El consumo sería insostenible. La Tierra tiene sus días contados, Julito… Los recursos energéticos que nos quedan deben invertirse en trasladar humanos a las colonias… Nuestra atmósfera es altamente radiactiva, ya casi no nacen niños aquí. Un sólo viaje a Marte o a Ceres consume casi todos los recursos que la humanidad puede producir en una semana. Quizás la tuya sea la última generación de terráqueos. Tú, que aún estás a tiempo, deberías pensar en emigrar.

—Créeme, abuelo, no pasa un día sin que lo haga.

—Intentaré ayudarte a reunir el dinero… El futuro está en las estrellas; allí verás con tus propios ojos la verdadera grandeza de la raza humana… ¡Nuestro ilimitado poder de inventiva! ¡Imagínate! Cuando yo era joven este mismo viaje que hoy tarda diez días lo hubiésemos hecho en menos de catorce horas.

—¡Catorce horas para cruzar el Atlántico!

—¡Para cruzar el Atlántico y llegar a Comodoro, que no es moco de pavo! ¡Quince mil kilómetros en línea recta!

—¡Carajo! ¡No puedo ni imaginarlo!

Nicolás Arévalo rió con más ternura que alegría. Los relatos de antes de la guerra despertaban la curiosidad del muchacho.

—¿Cómo hacían?

—Aviones —el hombre se puso de pie enérgicamente y enfatizó la explicación haciendo planear su mano, en zigzag, por todo lo ancho del camarote—. Íbamos volando por encima de las nubes. Tú has visto aviones en fotografías. Claro que, desde que hemos tenido que volver a las máquinas de vapor para el transporte, los aviones se convirtieron en un imposible tecnológico.

—No sabía que podían alcanzar esas velocidades…

Arévalo volvió a sentarse junto a la pequeña ventana y miró a través de ella sin ver realmente el Atlántico, visualizando un mundo que ya no estaba. Aquel mundo de su juventud en el que se construían ciudades submarinas para combatir el problema de la superpoblación. Hoy todas las ciudades del Atlántico estaban abandonadas. Incluyendo San Jorge, la ciudad donde había pasado los mejores veinte años de su vida; el fin de su infancia, su adolescencia, el amor de Inés, los hijos… ¡Hasta que la ambición de los hombres lo llevó al frente de batalla! Dos meses bastaron para acabar con todo lo bello que alguna vez tuvo el mundo. Después de la Guerra Definitiva ni siquiera pudo regresar a su hogar submarino. San Jorge ya no existía. Las ciudades del Atlántico habían perdido su razón de ser puesto que la superpoblación mundial había dejado de ser un problema y estaba muy lejos de volver a serlo.

Cuarenta y cinco años habían pasado desde la guerra y ahora no tenía más que a su nieto. Julio, que había decidido regresar a Comodoro Rivadavia para ocupar la casa familiar. Él ya estaba viejo, se dijo Arévalo, pero aún tenía un motivo para vivir. Conseguiría que Julio subiese a una nave con rumbo a la Luna o, tal vez, a Marte. El futuro estaba en las colonias, la Tierra era para los muertos.

—Prepárate, abuelo —la voz del muchacho lo devolvió a la realidad. —Ya casi es la hora de ir a cenar.

—Ve tú primero, yo estaré en seguida.

Necesitaba quedarse solo un momento. Tal vez llorar… Se había hecho la hora de cenar por novena vez desde el comienzo del viaje. Eso significaba que al día siguiente arribarían a Comodoro y, de forma ineludible, pasarían por el sitio donde cuarenta y cinco años antes se había erigido San Jorge. Su San Jorge.

Decidió que se sentaría frente a la ventana del camarote y observaría por última vez lo que había quedado de su ciudad. Aunque sólo fueran los cimientos, no dejaría de mirarlos hasta que el tren los hubiese perdido en la distancia… San Jorge, las últimas ruinas, las más australes del Desierto Atlántico.

Autor: Iván Guevara

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Ilustración: Txiki González

 

 

 

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