El Incidente Cretta: Despertar

Me siento aturdida y mareada, confusa. Intento acceder a mis recuerdos, que me son esquivos, fugaces. Sé que esto no es lo que debería suceder y me esfuerzo por recordar. A mi mente solo acuden flashes de muerte y una destrucción de proporciones apocalípticas.

Dos enfermeros me acompañan, empujando uno de ellos la silla de ruedas sobre la que me siento. La brillante y blanca luz me resulta molesta. Me pregunto por qué tienen tan poca consideración conmigo; recién despertada que estoy y ni siquiera me dejan situarme en el tiempo y el espacio.

Intento preguntarles dónde me encuentro, pero solo balbuceo algo ininteligible. Mi boca está seca y la garganta dolorida. Pero ese no es el problema, es mi cerebro; algo no funciona como debería ahí arriba, en mi azotea. Es como si me tuviera que adaptar, reiniciarme después de un profundo y largo sueño.

Me miro las manos, al menos son como las recuerdo, de piel morena. Deseo tener un espejo cerca y mi petición se ve cumplida a medias, cuando pasamos por delante de una superficie metálica, pulida y brillante. En ese instante compruebo que mi aspecto también es el adecuado: una mujer de mediana edad, de ascendencia hindú, con una tupida y larga cabellera negra y unos grandes ojos de color miel. Parte de mis rasgos son finos y delicados, en contraste con una mandíbula fuerte y una nariz poderosa. Recuerdo que una vez me dijeron que era una poética conjunción de belleza y carácter.

El pasillo, que parece interminable, llega a su fin. Una puerta corredera se abre y entramos en una gran sala. En el centro hay una silla de avanzada tecnología y al fondo una mesa rectangular, desde donde me miran dos hombres y tres mujeres.

Están sentados, sin decir nada, con sus rostros serios e impertérritos. Sus caras me resultan familiares, pero no logro ubicarlos. Todos rondan entre los cincuenta y los sesenta años. La mujer que está sentada en el centro hace un gesto a los sanitarios y acercan la silla hasta detenerla a apenas un metro y medio de ella.

—Bienvenida, nos alegra verla despierta —dice sonriente, con un tono de voz calmado que transmite confianza.

—Yo…

Vuelvo a esforzarme, me siento impotente por no poder expresarme con la soltura que debería ser lógica en mí.

—¿Dónde? Me cuesta…

—Tranquila, es lógico —me dice la mujer levantando un poco la mano para interrumpirme—. Lleva un tiempo en crioestasis, pero está en casa, a salvo.

—Es confuso…

Parece que poco a poco las palabras acuden de nuevo a mi boca y un sanitario me acerca un vaso con agua para que beba. Mi paladar lo recibe con deleite y un leve sabor dulce me indica que hay algo más en el líquido. Sea lo que sea, pronto hace efecto y la sensación de sequedad y el dolor del fondo de la garganta desaparecen.

—Su cerebro tardará un rato en adaptarse, no se preocupe. Aunque es posible que tenga secuelas, un shock postraumático que esperemos no derive en estrés. Seguro que la medicación hará su efecto. ¿Recuerda al menos su nombre, quién es? —Me invita a intentarlo.

—Me llamo… Elika Razdan, tengo treinta y cinco años, y soy… —Dejo la frase a medias, incapaz de terminarla.

—Tranquila, tómese su tiempo —sigue son su tono tranquilizador.

—Soy una observadora del Cuerpo Estelar de la República.

Me alegra recordarlo. Los observadores somos enviados a los confines del territorio de la República, a ciudades situadas en zonas conflictivas, colonias, estaciones espaciales y bases mineras. Nuestra misión es valorar la viabilidad de los asentamientos, su potencial. Sin nuestra aprobación, la República deja de enviarles fondos y recursos, condenándoles a perecer si no son rentables.

El logo del CER llega nítido a mi memoria y entonces me doy cuenta que lo he tenido todo el tiempo delante. Está dibujado en pequeño en algunas partes de la sala y en la mesa que tengo enfrente.

—¿Qué es lo último que recuerda con claridad? Sobre el cometido de su último trabajo.

—Una colonia minera en un planeta al borde —dudo unos instantes—. Sí, eso es. ¡Cretta! Mi misión era valorar la colonia minera del planeta Cretta.

—Excelente, nos alegra ver que su memoria se recupera, aunque sea poco a poco.

Sonrío, al igual que la mujer que tengo delante, que lo hace durante unos instantes, pero pronto su rostro se endurece de nuevo, en presagio de la mala noticia que tiene que darme.

—Señora Razdan, efectivamente usted fue a Cretta, estuvo allí. Y me apena tener que informarle de un terrible suceso.

Yo también dejo que mis labios borren el gesto de satisfacción. Los flashes regresan de nuevo a mi cabeza, reverberaciones de un aterrador desastre que fluyen como ondas en un estanque en el que algo ha golpeado contra el agua hace rato. La mujer que tengo enfrente sigue hablando, al tiempo que los hombres y mujeres que la acompañan asienten con la cabeza, mientras las imágenes de colonos muertos regresan.

—Algo ocurrió durante su estancia, un grave incidente que acabó con toda la colonia. Se han perdido mil vidas humanas y usted es la única superviviente.

—No…

Niego con la cabeza, pero mis visiones me dicen que es cierto. Todos y cada uno de los habitantes de Cretta, muertos, sin vida. La única colonia del planeta, desaparecida. Y entonces soy consciente de que, como observadora del cuerpo estelar, debería haberlo impedido y no lo he conseguido. El fracaso ha sido puesto ante mis pies, me siento al borde de un abismo y una voz me grita que salte. Pero eso sería dejarse llevar por la locura. No soy así. Y entonces sé cuál es mi misión, lo que estoy haciendo allí. La mujer de la mesa me lo corrobora al decírmelo.

—La rescataron y la han traído hasta aquí, pero necesitamos saber con exactitud qué es lo que sucedió en el planeta.

—Pero no lo recuerdo —me lamento.

—Mire a su izquierda —la mujer me señala el dispositivo tecnológico con aspecto de silla que hay mi lado—. Esto la ayudará. Le prometemos que es un proceso indoloro.

Me levanto, tambaleante, con la ayuda de los sanitarios. Me sujetan mientras me siento en el lugar indicado. No me enchufan cables, ni nada similar. Solo bajan una aureola metálica que no toca mi cabeza, la rodea.

—Es evidente que los traumáticos sucesos de las últimas horas de Cretta han sido bloqueados en su memoria —dice la mujer—. Debe regresar a un recuerdo estable, uno anterior a lo sucedido. A partir de ahí podrá ver con detalle todo lo acontecido. Es importante que mantenga una cronología estricta y no se salte fragmentos, o perderá el hilo. El dispositivo nos mostrará sus recuerdos, así pues evite regresar a momentos anteriores o posteriores. Debe mantener la coherencia del relato. Si no intenta guardarse nada, los hechos fluirán libres en su mente y podremos reconstruir todo lo ocurrido.

Asiento con la cabeza para indicarles que he entendido las instrucciones. Sabía que me habían enviado a Cretta a valorar su viabilidad, a estudiar los riesgos que corrían sus habitantes. Así que cierro los ojos y centro mi consciencia, me anclo en un recuerdo estable, tal como me han pedido.

Sonrío al ver el bello rostro de mi hijo, pero pronto siento como algo me oprime el pecho. Revivir la muerte de mi marido y de mi hijo, años atrás, no es lo que pretendo. Siento una profunda rabia al verme en una ceremonia de entierro en la que no he tenido cuerpos que incinerar.

Fallecieron en un desgraciado accidente, junto a doscientas personas. Todo un módulo de una estación se desprendió y se desintegró contra la atmósfera de un planeta. Yo me había salvado solo porque ese día supervisaba la operación de carga de una enorme nave colonial.

Ni mi marido ni yo, ambos ingenieros, pudimos prever el fallo, a diferencia de los responsables de la estación, culpables de usar materiales baratos y recortar horas extras y personal. Aquellas decisiones, junto con la corrupción imperante, fueron las que se llevaron a mis seres queridos.

Sacudo la cabeza y maldigo por haber recordado eso con tanta nitidez. Por eso me hice observadora, no iba a permitir que algo así volviera a suceder. Sabía que colonias alejadas y estaciones mineras eran los lugares ideales para recortar en gastos y seguridad.

Los supervisores lo han visto todo a gran tamaño, las imágenes han aparecido de la nada, flotando tras de mí por encima. El nivel de luz ha descendido para hacerlas más visibles.

—Elika, céntrese —la voz de la mujer resulta estabilizadora.

Otro flash acude a mi mente, pero todo es oscuridad y un miedo atroz me invade. Tengo los ojos cerrados, porque no quiero ver lo que tengo delante, y noto unos filamentos tentaculares que me tocan el rostro. Se pasean por mi mentón primero y luego el pómulo. Después, recorren el contorno de mi cara y se enroscan alrededor de mi cuello, para a continuación tirar de mí con fuerza.

Cuando abro los ojos, no puedo ver el qué, pero algo me arrastra por un pasillo muy estrecho, repleto de cables y tubos. Nunca jamás en mi vida he sentido un miedo como en ese mismo instante.

—Elika, vamos, usted puede hacerlo, tiene que ir más atrás.

Tiene razón y siento alivio, puesto que tengo la excusa perfecta para alejarme de ese recuerdo atroz y angustioso. Pienso en Cretta y la imagen exterior del planeta acude a mi memoria. Una gran esfera rojiza con inmensas tormentas en su atmósfera. Un lugar aterrador a primera vista, pero con abundancia de valiosos minerales.

—Estoy centrada en mi llegada al planeta —digo.

—Bien, Elika. Muéstrenoslo todo.

Siento miedo, sé que voy a adentrarme en un horror traumático. No quiero atravesar esa frontera, pero debo. Y entonces recuerdo algo que siempre me decía mi madre, y que yo solía repetirle a mi hijo.

«Te dirán que el universo es la última frontera, pero es mentira, puesto que no tiene. Los únicos límites los pondrá tu mente».

Fragmento de “El Incidente Cretta”, escrito por David Lorén Bielsa. Todos los derechos reservados.

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