Reseña de “Efialtes” por Andrés Díaz Sánchez

Leída «Efialtes», última novela de Daniel Aragonés, aquí va mi reseña crítica:
Quien ha seguido la trayectoria literaria de Daniel Aragonés ya sabrá que la visceralidad, la poesía y un magnífico ritmo narrativo que atrapa y no deja escapar, son virtudes constantes y estables en su trabajo. También, como en otros textos, en Efialtes aparece el gusto por el onirismo, el surrealismo —cosa explícita en el propio subtítulo de la novela— y la destrucción de la realidad como algo sólido y estable, para convertirlo en algo casi subjetivo, que no deja de cambiar durante toda la novela, de principio a fin. Efialtes es una de sus novelas más crudas y sangrientas, donde abundan actos de sadismo, descuartizamientos, violencia y torturas refinadas por doquier.
En un principio el texto no parece mantener una coherencia argumental y se limita a exponer una especie de infierno, el llamado Teatro del Horror, donde una serie de personajes de vida siniestra reciben su —tal vez— merecido castigo, tanto físico como psicológico o incluso espiritual; y todo ello bajo la observación alucinada del protagonista de la novela, un escritor venido a menos, mercenario de las grandes editoriales.

 
Reconozco que este primer tramo se me hizo cuesta arriba, porque me parecía previsible y falto de interés argumental, como una serie de cuadros luciferinos con simple objetivo estético. Pero después la cosa se pone muy interesante, pues lo que solo parecía un cúmulo de barbaridades se convierte en una historia de intriga y suspense, con sus propios enigmas por resolver, durante la cual se entrecruzan con habilidad las vidas y circunstancias de los distintos personajes. No obstante, el lector no ha de pensar que se encuentra ante un thriller al uso, porque de pronto la narración pega vuelcos surrealistas que descolocan por completo lo que uno pensaba que estaba leyendo. Así, todo irá tomando unos tintes propios de las películas más surrealistas de David Lynch —para mi gusto, las mejores— y, como ya se ha dicho, la novela se convertirá en un juego de muñecas rusas en la cual cada muñeca lleva dentro otra concepción de la realidad, y otra, y otra… Así pues, quienes busquen una historia tradicional con el típico comienzo-nudo-desenlace, se pueden ver chasqueados. Y quienes busquen un desafío argumental con distintas interpretaciones, sí se verán satisfechos.

 
Como ya se dijo antes, Daniel Aragonés es básicamente un escritor apasionado y visceral, un narrador de raza y casta, que no se pone límites de ningún tipo y que no es ningún táctico del estilo. A veces no parece escribir, sino vomitar —en el mejor de los sentidos—, víctima de un espasmo literario incontrolable. Es directo, fluido, impactante, y tiene una rara y virtuosa capacidad de resultar certero en sus frases cortas y sus descripciones lapidarias. Es un narrador nato, de eso no cabe duda.

 
Ahora vienen los «peros», ineludibles en toda crítica que quiera realmente serlo: me han resultado repetitivas algunas escenas de tortura, sufrimientos extremos y tormentos infinitos, entre cascadas de sangre y vísceras, pues la repetición de la crueldad puede desembocar en una falta de impacto de esa crueldad, al insensibilizar al lector a base de la repetición, y correr el riesgo de que algo lógicamente espectacular se convierta en cotidiano y vano. Creo que Daniel Aragonés es un magnífico escritor de terror y suspense, cuando sabe dosificar lo propio del género, y en esta novela he echado en falta ese tipo de «autocontrol», por llamarlo así. También comprendo la intención del autor de mostrar a las claras el horror de la condición humana, y por ello ha tomado el camino más directo y claro. Es por ello que lo mejor de este autor, su visceralidad, que lo convierte en adictivo, hasta el punto de ser difícil de dejar de leer la novela, también puede jugar en su contra. Por otro lado, me ha dado la impresión a veces de que la trama se iba un poco por las ramas y se desdibujaba la historia principal.

 
En la novela aparecen temas recurrentes del autor: la animadversión —odio, mejor dicho— hacia el sistema social y económico actual, o quizás hacia todos los sistemas —sus protagonistas en el fondo son asociales, es decir, lobos solitarios que íntimamente no encajarían en ninguna sociedad—, la alienación del ser humano, un pesimismo profundo en cuanto a los hombres y el propio universo y, como ya se ha dicho, una visión psicodélica e inestable de la propia realidad.

 
Cabe decir que el nombre de la novela, «Efialtes», está bien elegido. Al principio pensé que se refería al traidor que señaló a los persas el paso de las Termópolis y que por tanto le da la puñalada por la espalda a Leónidas y sus trescientos espartanos (¿una metáfora sobre la traición del ser humano a sus verdaderos orígenes y sentido? ¿Una traición a la concepción unitaria de la realidad, pues esta es cambiante y engañosa?). Después me decidí por el nombre mitológico de las pesadillas, pues esa idea del sueño como auténtica realidad es troncal en toda la novela, como al cabo de poco descubre el lector.

 
En definitiva, estamos ante una novela interesante y también adictiva, entretenida, muy visceral, para amantes del surrealismo onírico y psicodélico que disfruten con David Lynch o Philip K. Dick, con tintes gore y una visión descarnada de los seres humanos. Es decir, Daniel Aragonés en estado puro.

Escrito por Andrés Díaz Sánchez

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