Amante Cadáver

Miré a la joven muerta con avidez y deseo. Las delicadas curvas de su cuerpo sin vida y ensangrentado eran un reclamo difícil de desatender. Mis impulsos más primarios me pedían a gritos que aprovechara ya la oportunidad, pero siempre he hecho gala de un gran autocontrol. Así que me dije: «No. Así no. Ahora no».

Me fui a la cocina y lavé el cuchillo con el que la acababa de matar, para después guardarlo en su sitio, con el resto de sus compañeros. Luego regresé al salón, el lugar en el que ella se me había insinuado y donde se había desnudado. Cogí su ropa, que ella misma había dejado en un montón a un lado del sofá, y la introduje en una bolsa de basura junto con su bolsa de mano, que bajé y metí en la incineradora del sótano, que aún estaba apagada.

A continuación trasladé el cadáver de la mujer también al sótano, donde lo posé con delicadeza sobre una camilla. Sus heridas aún sangraban, sobre todo el gran corte que le atravesaba garganta de lado a lado. «Tengo que cambiar de táctica, no puedo ser tan desconsiderado», me dije. Siempre me pasaba lo mismo: odiaba a los vivos, pero adoraba a los muertos. Nunca tenía miramientos al acabar con la vida de una persona, pero luego, al ver sus heridas una vez ya muertos, no me parecía correcto haberle hecho eso a sus cuerpos. La dejé que acabara de desangrarse y subí de nuevo al piso de arriba.

Retiré la funda plastificada del sofá y me puse a limpiar con cuidado y esmero toda la sangre. Había mejorado mucho la técnica desde la primera vez, así que cada vez me costaba menos dejarlo todo como si nada hubiera ocurrido. Al acabar regresé abajo y preparé el cuerpo. Cosí todas las heridas de arma blanca y lo lavé para dejarlo impoluto.

Cuando acabé, la admiré durante unos segundos con cierta curiosidad. A pesar de haberle rajado la garganta por sorpresa, recordé cómo se había revuelto, con fuerza y determinación, con odio en la mirada. No vi terror, solo un profundo desprecio, cosa que me desconcertó durante unos instantes. Me toqué los arañazos de la cara, resultado de esos segundos de desconcierto. No me quedó otra que apuñalarla de nuevo, varias veces, a la altura del abdomen. Suerte que no le di en ninguno de sus jóvenes, preciosos y turgentes pechos; no me lo habría perdonado.

La vestí con un delicado conjunto de lencería de seda de color negro y seguí con un elegante camisón de encaje. La cargué en brazos de nuevo y la subí por las escaleras con sumo cuidado de no golpearla, hasta mi habitación especial. Allí la posé sobre la cama, boca arriba, dejando sus brazos algo separados del cuerpo, con las palmas hacia arriba. Salí de la habitación, apagué la luz y cerré la puerta.

Me fui al baño y me preparé para mi cita. Me desvestí y me metí en la ducha para quitarme cualquier resto de sangre. A continuación, me afeité, me vestí con un traje para la ocasión y me peiné con esmero. Finalicé mi ritual de preparación con un caro perfume masculino que solo me ponía en aquellas ocasiones especiales.

Me miré al espejo y sonreí. En buena forma física, guapo y joven. «No hay muerta que se me resista».

Al abrir la puerta allí estaba, esperándome. Me dio la bienvenida con un agradable silencio y su permiso con los brazos separados del cuerpo. Estaba preciosa, aquellos veinte años le sentaban demasiado bien; su lechosa piel resplandecía bajo aquella luz y su semblante sereno eran un oasis de paz y tranquilidad.

Me tumbé a su lado y conversé con ella durante un buen rato; no tenía prisa, puesto que sería mía durante los siguientes días, hasta que tuviera que incinerarla. Le expliqué con detalle todo lo que iba a hacerle y estuvo de acuerdo con su tácito permiso.

Cuando me decidí a besarla estaba nervioso, pero sus fríos labios me recibieron sin reservas, sin desagradables gestos. Paseé mi lengua por ellos y me detuve en cada recoveco, dispuesto a memorizarlos para siempre. Mi mano se posó sobre uno de sus pechos y lo estrujé con cuidado, al mismo tiempo que notaba una incontrolable erección bajo mis pantalones.

La comencé a desvestir intentando por todos los medios controlar mi ansia. Le retiré el camisón y abrí por delante el sujetador. Saboreé sus pechos con dulzura al mismo tiempo que mi entrepierna pulsaba por salir, por ser liberada.

Continué con los preliminares hasta que no lo resistí más y me desvestí, para luego, gracias a un lubricante, penetrarla hasta que me corrí dentro de ella.

Cuando acabé, le susurré un «gracias» al oído y la preparé para la próxima cita.

* * *

El timbre sonó con tanta insistencia que no pude evitar gritar «ya voy» como un ogro. Justo acababa de prepararme para mi cita, y no podía entender quién llamaba a mi puerta a aquellas horas de la noche. Me asomé un instante por la ventana del pasillo, justo antes de bajar por las escaleras, y comprobé que fuera llovía con violencia. El timbre volvió a sonar.

Descendí a la planta baja y usé la mirilla de la puerta. Una mujer, de unos treinta años, esperaba frente a ella, empapada, calada hasta los huesos. «No puede ser», me dije. Por un instante temí que fuera alguna policía de paisano, pero eso no tenía sentido. Era muy cuidadoso con mi presas y nunca dejaba pistas. Solía usar mi atractivo para ligar con ellas en diferentes sitios y luego las invitaba a mi casa. Sabía que ellas tenían la esperanza de tener una sesión de sexo maratoniana conmigo, pero yo no soportaba consumar actos sexuales con vivas.

Abrí justo antes de que ella volviera a llamar al timbre y me regaló una expresión de alivio al verme.

—Perdona que te moleste, pero es que se me ha averiado el coche a unos dos kilómetros de aquí y esta es la única casa que he visto en esta maldita carretera. —La mujer se explicaba tranquila, pero abrazándose con los brazos, muerta de frío a pesar de su abrigo.

—Verás, es que no tengo línea telefónica. —Dije la verdad —. Es una carretera un tanto aislada.

—Ya, me lié y decidí tirar por aquí pensando que era un atajo. Joder, estaba de viaje y me dije de ir a ver a mi hermana, a darle una sorpresa; así que cambié de ruta. Nadie sabe que estoy aquí.

Aquello me hizo fantasear unos instantes con un trío; jamás se me había presentado una oportunidad como aquella.

—Pasa, pasa.

Me aparté de la puerta y la cerré una vez hubo pasado ella.

—Te lo voy a poner todo perdido —dijo ella.

—Para nada, da igual. Déjame el abrigo, que está chorreando. —Lo cogí y lo dejé en el colgador, un tanto alejado del mío para que no lo mojara—. Aquí se secará.

—La casa está caliente —dijo ella como si le pareciera curioso.

—Tengo un buen sistema de calefacción

Ella se seguía frotando los brazos. La miré de nuevo con atención. Era morena, alta y muy atractiva, aunque de piel muy blanca, casi lechosa. La pose de indefensión que tenía en aquellos instantes contrastaba con su tono de voz decidido.

—Espera aquí. Te traeré algo de ropa seca.

Bajé al sótano y, aunque solía quemar todas las pertenencias de mis víctimas, guardaba algunas piezas de ropa por si se daban ciertas situaciones. Abrí un arcón y cogí unos tejanos de la talla de la mujer de arriba, una blusa, un jersey y unas bragas. Subí de nuevo a la planta baja y le ofrecí mis preciados trofeos.

—Creo que el pantalón te irá bien, estás… delgada —Elegí con cuidado mis palabras, no quería ofenderla—. No te he subido ningún sujetador, aunque tampoco sé la talla. No sé si te importará…

Desdobló la ropa y la miró con cierto detenimiento.

—Gracias, sí, es perfecta.

Le enseñé donde estaba el baño de aquella planta y ella entró dentro con su bolso. Al pasar por delante mío, pude percibir, a pesar de ir empapada, un sensual aroma que identifiqué como sándalo. «¿Quién usa un perfume que huele a sándalo?». Me dejó unos segundos estupefacto, hasta que decidí irme a la cocina y puse a calentar agua para hacer un té caliente. En cuanto pensé en hacerle uno, se me antojo. Ella no tardó mucho en salir, ataviada con su nuevo e improvisado look, con su cabellera aún húmeda suelta sobre su espalda.

—Dentro había toallas limpias…

—Sí, sí, es que no me importa llevarlo mojado —contestó ella.

Serví el té en el salón de estar y ella se sentó en el sofá, sin dejar de sonreírme. Cogió la taza entre sus manos y murmuró algo agradecida, justo cuando yo me sentaba en una butaca que había a un lado.

—Sé que a lo mejor me estoy aprovechando mucho, pero no tendrás algo rápido de comer. Un sandwich me basta.

—Claro, claro.

Me levanté de nuevo y preparé lo que me había pedido. Pensé en aquel momento en coger un cuchillo y acabar con todo aquello ya mismo, pero me acordé de la sangría de la última chica y cambié de opinión. La estrangularía. Regresé con el bocadillo en un pequeño plato que dejé frente a ella.

—Gracias, eres muy amable.

—No hay de qué —contesté justo antes de sorber un poco del té.

—Espero no ser una molestia enorme. Me da la impresión de que te habías vestido para salir.

—Ah, no, yo… En realidad he llegado hace un rato y no me he cambiado —mentí.

Bebí con calma mi té mientras ella se seguía calentando las manos con la taza. Decidí mirarla fijamente, cuando vi que ella tampoco me quitaba la vista de encima. Pronto su figura se volvió algo borrosa y un mareo se apoderó de mi cabeza. Perdí toda mobilidad y ni siquiera pude evitar que la taza se me cayera al suelo. Cuando mi cuerpo se desplomó hacia atrás, dentro de la misma butaca, ella se levantó y abandonó la sala sin decir nada. Intenté hablar, pero mi garganta no emitió sonido alguno.

Perdí la consciencia sin entender lo que ocurría.

* * *

Cuando abrí los ojos seguía sin poder articular palabra. Enseguida me situé: tenía medio cuerpo en el suelo, puesto que mi cuerpo se había deslizado de la butaca. El mareo no había desaparecido, ni mucho menos, pero mis brazos respondieron a las confusas órdenes de mi cabeza. Noté un cosquilleo en las piernas, pero no pude levantarme a pesar de mis esfuerzos. Mi mirada se dirigió casi de forma inconsciente a la taza de té que yacía sobre la alfombra y maldije para mis adentros. «¿Es posible que esa bruja me haya envenenado en mis propias narices?», me pregunté.

Me arrastré, no sin esfuerzo, y rodeé el sofá en dirección a las escaleras. Supe que tenía que coger la pistola que tenía guardada en mi habitación, así que me puse en camino. Al llegar al principio del tramo de escaleras mis piernas comenzaron a responder mejor, lo que me permitió subir por ellas, aunque fuera a rastras, ayudado por las cuatro extremidades. Tenía que darme prisa, puesto que no sabía dónde estaba la intrusa y mentirosa mujer.

Al llegar arriba y encarar el pasillo que me llevaría a mi destino, el corazón me dio un vuelco al ver abierta mi habitación especial. «Es imposible, la he cerrado con candado», pensé. Me incorporé como pude, apoyándome en la pared y avancé unos pasos hasta la entrada, que, de todos modos, me pillaba de camino a mi habitación.

Oí ruido dentro. No pude evitar asomarme, mientras me apoyaba en el marco de la puerta. Allí encontré a la mujer, acompañada de mi cita. Todo me dio vueltas y por un instante no supe si estaba siendo víctima de una alucinación.

La visita estaba sentada en la cama y a su lado, el cadáver de la joven, incorporado y apoyado sobre esta. La muerta se movía despacio y le hablaba a la otra al oído. Aquello no tenía sentido, aunque ella lo hiciera de algún modo, el rigor mortis ya debería ser patente en aquel momento, imposibilitando cualquier movimiento fluido. Pero el brazo de la fallecida se levantó con toda normalidad y un dedo acusador me señaló, al igual que su vacía mirada. La intrusa giró la cabeza hacia mí, que me miró impertérrita.

Una arcada me sobrevino de repente, acompañada de un insoportable dolor de estómago; me doblé hacia delante y vomité lo que supongo que era el té, más espeso y manchado de un tono rojizo, signo inequívoco de la presencia de sangre. Así me quedé, a cuatro patas.

La visitante se levantó y le habló al cadáver, al mismo tiempo que este levantaba la cabeza y le devolvía la mirada.

—Descansa en paz, hermanita.

Acto seguido le metió la mano por la boca mientras la mandíbula de la jovencísima muerta se abría más y más, a medida que el brazo continuaba su camino. Siguió hasta que el codo le llegó a la nariz, luego extrajo la extremidad con algo sujeto entre sus dedos. El cadáver se desplomó de nuevo sin vida sobre la cama, como si nunca se hubiera movido. Intenté fijarme qué era lo que la mujer tenía en la mano, lo que había sacado de dentro de ella, pero a mi cabeza le costaba centrarse. Fuera lo que fuera, parecía un ente informe de color negro que se movía y retorcía entre sus dedos.

—Mi hermana me ha dicho lo que hiciste con ella —su voz no sonó acusadora.

En ese instante me desplomé de nuevo en el suelo, incapaz de soportar el esfuerzo. Solo pude darme la vuelta y quedarme boca arriba.

—Dice que fuiste muy violento, que la hiciste sufrir con el cuchillo. Pero que una vez muerta, fuiste galán, atento e incluso cariñoso.

Intenté contestar, replicar, suplicar si era necesario, pero mis cuerdas vocales seguían sin ofrecer sonido alguno. Ella se colocó por encima mío, erguida, con un pie a cada lado. Seguía llevando el ser orgánico en la mano derecha.

—Todo esto ha sido muy curioso —continuó—. Ella salió en busca de su primera vez, de su primer esclavo, y resulta que dio contigo. Siempre ha sido muy intuitiva. Tenía un don especial para ver cosas que a otros miembros de la familia se nos pasaría por alto. No se equivocó contigo, has conseguido levantarte y venir hasta aquí. Otra persona, con la misma dosis, ni se habría despertado. ¿Sabes? Creo que de alguna forma se encontró con un alma gemela, con alguien afín. Quizá, si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, podríamos haberte instruido. Sinceramente, creo que tienes el don, la sensibilidad especial que requiere esto…

Se agachó hasta que apoyó su entrepierna contra la mía.

—Abre la boca, querido. Creo que vas a ser un espécimen magnífico.

Obedecí, sin saber por qué. Ta vez, mi mente supo que debía obedecer o que era lo que yo que quería. A pesar de que mi cuerpo estaba inmóvil, noté la erección entre mis piernas. Ella también lo sintió.

—Sí, querido, eres un espécimen muy muy juguetón.

Otra terrible arcada se apoderó de mí y no pude evitar vomitar hacia arriba, noté que me ahogaba en mi propia sangre. Fue entonces cuando ella bajó la mano y me metió el ente dentro de la boca. Lo noté meterse rápido y descender por la garganta.

Lo siguiente que vi fue a la mujer, con larga aguja entre sus manos que no sé de dónde había sacado.

—Para amar a los muertos, no hace falta odiar a los vivos.

Mientras me ahogaba, me clavó la larga aguja en el ojo derecho, que atravesó el globo ocular, la cuenca y supongo que llegó hasta el cerebro. Noté por un instante el dolor más intenso que nunca antes hubiera sentido, pero pronto desapareció todo, incluida la luz.

* * *

A partir de aquel día mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Bueno, debería decir mi no vida, puesto que la mujer me mató sin ningún tipo de reparo. Aun así desperté, dócil y obediente. Me derrito de placer cada vez que oigo su voz, la cual siento la necesidad de obedecer sin ninguna posibilidad de resistencia. Su perfume a base de sándalo es un regalo sensorial que parece espolear mis neuronas.

Me he convertido en un esclavo a todos los efectos, incluso sirvo para atender sus necesidades sexuales de vez en cuando. No sé cómo; si es que debe tratarse de magia negra, pero ella consigue que tenga una erección con una sola orden. No siento absolutamente nada y no tengo la más mínima oportunidad de llegar al orgasmo, pero me invade un inmenso placer cada vez que ella me cabalga.

Aquellas noches son las mejores de mi no existencia, son como una droga para mí. Debe ser a causa de esa necesidad de satisfacerla por cualquier medio.

No sé si ella es consciente, pero por debajo de mis ojos muertos y de mi expresión anodina, la miro con avidez y deseo.

Ahora que soy yo el muerto, amo a una viva.

Un relato de David Lorén Bielsa para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados.

Ilustración de Nirvanangel.

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