El Ritual.

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“Con cada solsticio volvía la Tradición”

Cogió la pesada mochila y subió al autocar que atravesaba los bosques. Los paisajes urbanos quedaron atrás y tras cuatro horas el conductor abrió las puertas en medio de la carretera. Cuando pasó por su lado el conductor susurró un tímido “gracias” y ella le sonrió.

Respiró el fresco aire, suspiró y se recolocó la pesada mochila. El camino entre los matorrales estaba limpio.

A medida que subía y atravesaba los matorrales y zarzas el corazón le latía apresuradamente y no era por el esfuerzo físico. “¿Qué haría cuando no encontrara la apertura? ¿Qué consecuencias tendría?” se obligo a desechar esas ideas, hoy no era ese día.

Tras casi una hora llegó a la explanada. Una mesa de piedra con relieves estaba en su centro y unas líneas a base de rocas pulidas y cóncavas se dirigían a nueve arboles en lineas y círculos. Un enorme roble extendía sus raíces y ramas, creando sombras y siluetas en su corteza. Limpió la mesa de hojarasca y dejo encima la mochila. Abrió el saco de dormir y se tumbó. Sería una noche larga, así que sería bueno descansar.

Atardecía y al despertar ya estaban allí. La miraban sin ojos desde los arboles, expectantes. Tenían una forma vagamente humana, como si los arboles quisieran imitar a hombres y mujeres. De lejos eran extraños, pero de cerca eran aterradores. Se obligo a calmarse y asintió. Los seres-arboles se acercaron lentamente y empezaron a prepararla para el ritual.

“Así deben vernos los arboles” -unos dedos nudosos le ayudaban a desnudarse y le pintaban el cuerpo con delicadeza -“Nuestros hijos pintan esbozos de arboles. Estos seres se esfuerzan en dibujarse humanamente para no asustarnos, pero sus expresiones de madera y cuencas vacías me dan escalofríos”

Una mujer-árbol con una boca demasiado grande y llena de colmillos le señalo la mesa. Habían llevado frutas y bayas. Llevaba dos semanas sin probar carne ni pescado. Era parte del ritual.

Cada vez había más de estos seres entre los árboles. ¿Cuantos habría que no veía?¿Cientos, miles? Cada año conseguía que el ritual fuera más poderoso y eso protegía a estos seres. Cada semilla que arraigaba era unos ojos más que miraban.

Vio más de estos seres que se aproximaban con su compañero. Se saludaron brevemente, sintiéndose un poco incómodos viéndose desnudos. Comieron un poco más y de golpe empezó a soplar un viento gélido. Se levantaron y se dirigieron al roble.

“Ten cuidado” le dijo ella. “Tú también” dijo él. Se abrazaron y se dieron un fugaz beso.

Los seres empezaron a tocar diversos tambores. Los seres les ofrecieron unos pequeños cuencos de piedra. Se miraron y ambos aceptaron lo que se les ofrecía. Era una droga que les abriría los sentidos y les ayudaría a soportar el dolor.

Lo tomaron a la vez. El sabor era amargo y picante.

Unos se llevaron al chico hasta el pozo cercano. Le colocaron unas grilletes con forma de bocas de lobo en los tobillos y le ataron las manos. Iba a ser tres veces sacrificado.

Ella se dirigió a un extremo del circulo. Le colocaron en los hombros dos pesadas hombreras con forma de cuervos y una corona de hojas y ramas.

Los tambores comenzaron a marcar el ritmo de los danzantes. Hombres y mujeres arboles con garras largas y afiladas comenzaron a balancearse en un amago de baile. Ella giro el rostro hacia atrás y vio como a su compañero lo metían cabeza abajo en el pozo.

Por un segundo su sangre se heló pero se obligo a concentrarse. Empezó a bailar y las garras de los cuervos se clavaron en su carne. La sangre caía en finos regueros.

Mientras danzaba las figuras se acercaban a ella también bailando.

Empezó a sentir ese mareo. Perdía el control de su cuerpo. Mientras los seres la acuchillaba con sus garras. Su sangre saltaba y salpicaba a su paso. Su cuerpo era una forma roja y brillante.

Hoy los humanos pagarían el dolor de los bosques. Sangrarían, serian quemados, apaleados y ahogados.

Giraba y giraba al son de la música. Ya no era ella. Su espíritu brillaba en la espiral del bosque. Sus pies notaban el crecer de las raíces, sus dedos tocaban las hojas. Las piedras estaban todas manchadas de sangre. Las hombreras eran cada vez más pesadas, sentía que iba a caer en cualquier momento.

De repente su compañero se unió al baile. Los dos danzantes de sudor y sangre bailaron en círculos concéntricos. Entonces él la tomo en brazos y la tumbo en la mesa.

La sangre se filtraba por unos bajorrelieves, revelando extraños y antiguos signos.

Allí el y ella copularon. Él ahogado, apuñalado y quemado, ella medio desangrada. Había algo de feroz animalismo y de exquisita ternura en ellos. Estaban cansados, excitados, aterrados. Ella giro la cabeza. Los seres se habían quitado el disfraz y sus caras cambiantes y deshumanizadas lamían golosamente la sangre de las piedras y el suelo.

Aterrada cogió del pelo a su compañero y se pego a él, besandolo mientras entraba y salia. Se mordían, arañaban y gritaban mientras esos seres aullaban aún más alto y sin boca, con alaridos inhumanos.

De repente se hizo el silencio y la oscuridad más absoluta.

Despertaron uno al lado del otro. No habría rastro de lo que paso anoche si no fuera por las heridas que estaban cubiertas de ungüentos de hierbas.

Se limpiaron con agua del pozo, pusieron vendajes limpios y se despidieron con un fuerte abrazo hasta el siguiente solsticio de verano. “Quizás el próximo recuerde preguntarle su nombre” pensó ella mientras esperaba el autocar.

Escrito por Daciana Bratovich para Revista Vaulderie.
Ilustración “Tree” by Bogdan Rezunenko

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