Desalienado

Un frío hiriente atraviesa cada poro de mi desnuda piel, como afiladas y pequeñas cuchillas que recorren cada centímetro de mi cuerpo. Abro los ojos poco a poco; intuyo que si lo hago de golpe la luz me hará daño. Veo un tubo encima de mí, de él sale un gélido vapor. Me siento como si fuera un cadáver en conserva.

La música inunda mis oídos, es rock y proviene de algún tipo de transistor. El cantante hace extraños giros con la voz que me recuerda a alguien que está a punto de echarse a llorar. A mi lado, un sujeto intenta acompañar la canción, vano intento. Destroza el tema.

—Entre dos tierras estás, y no dejas aire que respirar.

Estoy sobre una superficie metálica. Giro un poco la cabeza, con los ojos entrecerrados. La sala no está muy bien iluminada. Parece una morgue o la sala del forense, pero todo está más sucio de lo esperado, la pintura se cae a cachos y manchas de humedad inundan paredes y techos. No reconozco el lugar y empiezo a tener mucho miedo.

Al cabo de unos segundos, a unos metros de mí, detecto al inesperado cantante. Pasa la mopa con esmero e intenta imitar el ritmo de la música. Está retirando una sustancia viscosa y rosada esparcida por el suelo. El corazón me da un vuelco, puesto que no veo a un humano, sino algo que  solo se le asemeja. Va vestido con un simple y andrajoso mono de trabajo, tiene la piel gris, sudorosa y flácida, le cuelga formando extrañas bolsas bajo y sobre la cara. Las manos que sostienen su herramienta de trabajo son huesudas, y el cabello es escaso y enmarañado.

Mientras lleva a cabo su tarea, se acerca más de lo deseado. Cierro los ojos, me hago el muerto o inconsciente, puesto que no sé qué se supone que soy para él. Desprende un sutil, aunque fétido y reconocible, hedor a cadáver. Se me antoja un muerto, pero viviente y muy atareado.

No le veo los ojos, ni tengo ningún interés en ello. Espero a que se aleje, no sé lo que quiere., pero tengo miedo de ser su cena. Tengo que huir.

Llegado el momento, cuando sale de la sala con un cubo de agua sucia y maloliente, me deslizo fuera de la camilla metálica en dirección una puerta en el otro extremo. Me cuesta moverme, tengo las extremidades adormiladas y no me responden cómo deberían. Cuando cruzo la puerta, me encuentro en una sala de cirugía repleta de instrumental manchado de sangre reseca. El estómago amenaza con traicionarme, pero me contengo.

Cojo una bata que está colgada dentro de una taquilla abierta y me la pongo, al tiempo que intento recordar mi nombre. ¿Quién soy? Si no puedo recordar algo tan simple, tratar de saber cómo he llegado hasta aquí es absurdo. Tengo que reordenar mis ideas, aclarar mi mente, pero primero tengo que sentirme a salvo.

—Yo no tengo la culpa de verte caer —deja de cantar de forma súbita—. ¡No! ¿Dónde está? —pregunta el ser alzando la voz.

Lo oigo moverse de manera pesada por la sala contigua. Yo me quedo quieto, congelado, sin atreverme a hacer nada. No quiero hacer ningún ruido que pueda alertarlo. Pasados unos segundos lo oigo de nuevo, parece que está hablando con alguien, pero no escucho a su interlocutor, así que deduzco que es por teléfono.

—No está, el último tipo no está —dice con voz trémula—. ¡No lo sé! Yo estaba limpiando, me he girado y luego ha desaparecido.

No creo que sea muy listo, pero desconozco si tiene relación con su aspecto de no muerto. No me voy a quedar a comprobarlo. Me muevo despacio hasta otra puerta, pretendo atravesarla con precaución. Siento que mi vida está en serio peligro.

Retrocedo al oír pasos hacia mí, que vienen desde ese otro lado. Busco rápido un lugar dónde esconderme. La taquilla es mi única opción. Me meto dentro y cierro la puerta, pero no se sujeta, así que la mantengo ajustada con mi mano.

Pronto veo  que alguien pasa por delante mío. No lo veo bien, pero creo que no es como el otro. Miro por un agujerito. Tiene forma femenina y no deja una estela de hedor a cadáver a su paso. Pasa a la siguiente sala y la oigo gritar, nerviosa, molesta, enfadada, con voz de mujer.

—¿Estás de broma? ¿Has perdido a alguien?

—No era mi intención —dice la primera voz, temblorosa.

—No lo había despertado. ¿Cómo vas a perder a alguien a quien no he despertado?

—Lo siento mucho.

—No es habitual, daremos la alarma, podría ser un desalienado. ¡Buscadlo y cogedlo!

Sé que no debo esperar más, así que me escurro fuera de la taquilla y voy hacia la puerta por la que ha venido la mujer. La atravieso sin grandes ceremonias.

Lo que me espera al otro lado es como una bofetada para mi maltrecha cordura. A ambos lados hay multitud de cápsulas verticales en fila, así como unas sobre otras hasta alcanzar una decena de metros de altura. Dentro de cada una veo un cuerpo que flota en un líquido de color rosado. Todos y cada uno de ellos tienen un aspecto similar al del primer ser que he visto. Monstruos todos ellos, cadáveres humanoides.

Nada tiene sentido, quiero correr por el pasillo, pero las piernas siguen sin responderme todo lo bien que me gustaría. Además, no veo el final del pasillo, se pierde en la negrura.

Oigo pasos y voces tras de mí, así que vuelvo a buscar un lugar en el que esconderme. Trepo por una cápsula. Dentro flota en el cuerpo de una mujer, fea, horrible, demacrada y con la piel colgando como si tuviera un centenar de años. ¿Pero qué es todo esto? Subo un par de cápsulas más y me acurruco entre dos de ellas.

Pronto los pasos alcanzan mi posición. Son la mujer de antes y dos hombres, desde mi posición los veo mejor. Ella es alta, de rostro afilado, piel verdosa y ojos de depredador. Su cabello es extraño, puesto que lo lleva recogido hacia arriba, en rastas trenzadas, que se mantienen suspendidas de manera antinatural. La siguen dos seres como el primero que he visto, de piel grisácea y ojos oscuros y apagados de vida. Todos llevan batas mugrientas.

Les ordena buscar con sus huesudas pero ágiles manos, la visión de aquellos largos dedos es casi hipnótica.

—Ha tenido que pasar por aquí, es el único sitio por el que ha podido huir. —Al hablar veo que a veces asoma una lengua puntiaguda y larga entre un enjambre de dientes afilados—. Será mejor que no se enteren de esto, ¿me habéis oído? Lo encontramos, lo arreglamos y a seguir con lo nuestro.

—Sí, señora alienista —contesta uno de sus subordinados mientras mira entre dos cápsulas.

Por fortuna no les ha dado por pensar que podría haber trepado.

—Bien, acompañadme hasta el final del pasillo. La puerta está cerrada, estará atrapado como un ratón.

La información es muy reveladora, aunque angustiosa, puesto que quiere decir que no hay salida hacia dónde me dirijo, por lo que deberé desandar mis pasos. Los veo alejarse por el interminable y mal iluminado pasillo.

No, ninguno de ellos es muy listo. Y aunque estoy aterrado, aquello me da esperanza. No consigo recordar nada de mí: ni siquiera un nombre, solo sensaciones y recuerdos brumosos. Pero tengo la incoherente intuición de que estoy preparado para situaciones así, si es que eso es posible.

Salgo de mi escondrijo y desciendo la cápsula por la que había escalado. Camino con los pies descalzos por el frío, húmedo y mugriento suelo, en silencio.

Entro de nuevo en la sala de cirugía y me siento aliviado al comprobar que sigue vacía. Tengo que regresar al lugar de partida, al sitio en el que me he despertado tan helado como confuso. Así que me asomo por la puerta entreabierta y veo mi camilla vacía. Ni rastro del muerto viviente del principio. La luz es tenue, lo que me dará más opciones de no ser detectado.

Entro y dirijo mis pasos hacia una de las dos salidas que me quedan por comprobar. Descarto una de ellas, tengo el pálpito que llevan a una oficina sin salida. La otra es doble, batiente, y tengo la esperanza que me saquen de allí. Voy a abrirlas poco a poco y a asomar la nariz, cuando un grito detrás mío me hace dar un respingo.

—¡Eh! ¡Aquí! ¡Aquí!

Reconozco la voz del mal cantante, el monstruo que estaba dándole a la mopa. Pienso en correr, y frente a mí se abre un nuevo pasillo con varias puertas. ¿Pero hasta dónde voy a llegar con ese tipo pisándome los talones mientras grita?

Una idea fugaz y tenebrosa cruza mi mente. Sé que tengo que neutralizarlo. Me giro, pero no muestra sorpresa, ni ninguna otra reacción emocional.

Corre hacia mí e intenta placarme. A pesar de sentirme aún entumecido, creo que soy más ágil que él, así que intento esquivarle. Lo consigo por poco, me aparto de su trayectoria, pero me agarra con una mano de la bata y me arrastra. Caigo junto con él, por el suelo de la sala. Rodamos, me levanto rápido e intento buscar algún tipo de arma improvisada con la que poder atizarle, el tipo es una mole y doy por hecho que más fuerte que yo.

Él intenta agarrarme de nuevo mientras se levanta. Al retroceder tropiezo con mi camilla y aprovecha para lanzarse de nuevo. Rodamos por encima, tirando una bandeja con instrumental que hay cerca. Tengo que coger algo de eso, seguro que hay algún bisturí o similar que pueda usar.

Me intenta aplastar con su cuerpo, alarga las manos para sujetarme. Me agarra del cuello, intenta ahogarme, el muy cabrón. No voy a permitirlo, mis manos buscan algún objeto, pero solo encuentran la bandeja. Le golpeo con ella y lo desestabilizo.

Me consigo zafar de él y me incorporo, busco el instrumental, pero se ha desperdigado. Me tiembla la vista, el exceso de adrenalina me está jugando una mala pasada. Si estoy preparado para situaciones así, debo centrarme, superarlo. No me puedo creer que esté pensando en esto ahora mismo…

El tipo se levanta ayudándose de la camilla, la aferra con las dos manos y me empuja con ella. La usa de ariete contra mí. Se da impulso y levanto los pies, me dejo arrastrar para no caer al suelo. La camilla y el monstruo cogen velocidad. Me tomo un instante para fijarme en su rostro sin vida, carente de toda emoción.

Me incorporo por encima de la camilla justo cuando la estampa contra la puerta de la oficina. La atravesamos como un tren desbocado y se detiene contra una maciza mesa al otro lado. Mi cuerpo sufre cortes y laceraciones, y de la bata solo quedan jirones. Salgo despedido al otro lado y choco contra un mueble. Siento el dolor de los golpes, aunque creo que tendría que ser peor.

Me incorporo cuando el ser rodea la mesa y viene de nuevo a por mí. Se acabó, esto ha durado demasiado y me va la vida en ello. Le doy una patada a una silla de oficina y le hago tropezar. No sé cómo, pero he cogido unas tijeras que había sobre la mesa, cuando he pasado volando por encima. Se las clavo con fuerza en la cabeza justo cuándo cae a mi lado. Una hoja le entra por el oído, la otra se le clava donde empieza el cuello.

—¡Cogedlo y sujetadlo! —es la voz del ser femenino de antes.

La sangre me empapa. Otros monstruos me apresan y, aunque me revuelvo, son más fuertes. Pronto se les unen más. De repente me giran para levantarme y me veo en un espejo que pie que había allí. La imagen es desconcertante, puesto que no me había visto hasta ahora. Soy uno de ellos: la misma piel grisácea, la mirada sin vida, la piel colgante… Yo también soy un monstruo.

—¡Llevadlo a cirugía! Tiene que estar despierto.

Me alzan en volandas y me llevan sin esfuerzo, hasta la segunda sala que he visitado. ¿Estoy muerto? Me ponen sobre la mesa de operaciones y me atan con múltiples correas, que me sujetan hasta la cabeza. Tengo mucho miedo, pero ya no puedo hacer nada. ¿Y si esto no es más que el purgatorio que hay tras la muerte?

—No sé si me estás escuchando, pero voy a operarte —la mujer coloca su rostro sobre el mío un momento—. Estás desalienado y voy a arreglarte.

Mis ojos están muy abiertos y cuando voy a cerrarlos, unos pequeños ganchos me abren los párpados. Me han puesto algo en la cabeza. Acto seguido oigo una sierra y noto que me cortan el cráneo, me lo abren. Lloro, grito, pero les da igual. Los largos dedos de la mujer hurgan en mi cabeza, hasta que de repente se hace la luz.

Lo que antes era penumbra, ahora es luminosidad. Lo que antes era mugre y manchas de humedad, ahora son techos impolutos. Lo que antes eran monstruos, ahora son seres humanos.  La alienista se convierte en una señora bastante atractiva. Lloro de emoción y dejo de gritar, puesto que ya no estoy desalienado. Le doy las gracias entre sollozos. Al final va a resultar que solo soy un enfermo mental.

Pronto, sin tiempo a pensar, mi alegría desaparece. Todo se transforma y regreso a la desconcertante dimensión.

—Maldita sea —dice la cirujana—. Este es diferente, algo no está bien.

Y pierdo la conciencia en aquella terrorífica pesadilla.

Despierto. Una celda asquerosa y gris. Mugre.

El monstruoso celador, un viejo y desquiciante amigo a estas alturas, pasa por delante de los barrotes con su mopa de siempre y unos cascos de música.

—Entre dos tierras estás —sigue cantando.

Ahí está, con la oreja derecha destrozada y una fea y mal cosida cicatriz que le llega hasta el cuello. No me mira, ni hace nada que demuestre que me reconoce. Es una puta paranoia.

Puede que esté loco, o quizá sea capaz de vislumbrar la imagen de nuestra verdadera alma.

¿Cuál es la ilusión? ¿El mundo mugriento o el luminoso? No puedo saberlo.

Quiero gritar, pero no puedo. Siento que mi alma está destrozada. Mientras, un frío hiriente atraviesa cada poro de mi desnuda piel.

Un relato de David Lorén Bielsa para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados.

Imagen de Delic.

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