El ama de casa (o La familia feliz)

Prólogo

La mayoría de la gente cuenta un relato desde el comienzo al final. Es una forma ordenada de hacerlo, pero también aburrida. Además siendo vidas tan largas como las nuestras (y no me refiero a la cantidad de tiempo medido como lo miden los hombres, sino a la intensidad con la que hemos recorrido cada noche) es difícil llevar un orden exacto.

Prefiero narrarles algunos eventos como si me sentara a relatarles un cuento al calor del fuego. Historias desordenadas, saltando de momento en momento, viajando adelante y atrás en el tiempo y de un lugar a otro. Queda en sus manos el ordenarlos y acaso rellenar los espacios en blanco con su propia imaginación, si así les parece.

Me pregunto con qué relato debo comenzar… con uno perteneciente a cuál de mis vidas… Pues puede decirse que he nacido tres veces. Primero nací de hombre… y tarde un tiempo en convertirme en hombre. Luego nací de un monstruo, aunque convertirme en uno no me costó tanto. Por último, nací de una diosa… y aunque sigo ese sendero, debo decir que aun no me he convertido en uno.

La primera historia que les contaré no es la primera que ocurrió… Ni tampoco la última. Ni siquiera la mas importante en ningún aspecto relevante… pero empezaré por ella porque les dará una idea del tono que hay en nuestro relato. Así podrán saber, antes de haber perdido demasiado tiempo, si están hechos para leer nuestra historia y si acaso pueda interesarles o entretenerlos…

El ama de casa (o La familia feliz)

¿Una vida feliz es una vida completa? Siempre he creído que no. Siempre he creído que es mejor el dolor y la tristeza de una verdad superior que la felicidad de una mentira mediocre. Y aunque al escuchar esto muchos estarán en principio de acuerdo, se que es una hipocresía, pues no cambiarían su pequeño mundo mediocre de días grises por un rayo de dolorosa y aterradora verdad.

Joanna era una de esas personas.

De joven había mostrado la promesa. Una infancia dura que la llevó a luchar para salir adelante. Tenía el impulso de estudiar una carrera en un mundo donde los hombres eran los que llevaban el sustento al hogar, e incluso inclinaciones ocultistas en sus pequeñas y ocultas reuniones wicca con algunas jóvenes amigas que buscaban, como ella, experimentar la Verdad.
Tanta promesa y luego… la mediocridad. Un novio que se transformó en marido cuando ella quedó embarazada; una carrera truncada mientras se ocupaba de cuidar de su nuevo hogar; incluso el olvido de los libros ocultos, ahora relegados al desván, mientras estudiaba quehaceres mas acordes a su nuevo estatus de ama de casa.
Y la felicidad, por supuesto… la horrible felicidad aletargándola durante años.
Su marido con su sonrisa imbécil y su calvicie incipiente, engordando año tras año y ascenso tras ascenso, mientras pagaba cada lujo y rellenaba cada deseo con dinero, como si fuese la panacea universal.
Su hija, creciendo para ser la niña mimada y el receptáculo de cada deseo no cumplido, de cada futura esperanza de liberación. Más una excusa para no hacer nada realmente que una auténtica muestra del futuro.

Así estaba Joanna cuando la encontramos. Viviendo su vida feliz, con su familia feliz, en su casa feliz…

El arbusto había crecido cada vez más torcido y era nuestro deber podarlo. Cortar cada rama inútil para darle mas fuerzas para crecer realmente.

La patada en la puerta debería haberlos despertado. El marido gordo y cobarde, sin embargo no bajó de inmediato. Se quedó aterrado abrazado a Joanna en el piso de arriba apremiándola a llamar a la policía. Ningún llamado saldría de esa casa tras haber cortado los cables de teléfono, claro.
Joanna, teniendo mejores instintos que su marido, corrió a la habitación de su niña para protegerla, mientras instaba a su esposo a que tomara el bate de baseball y bajara a enfrentarse al intruso. Aun en ese estado aletargado, ella aun poseía la capacidad de liderazgo.
Los peldaños de la escalera crujieron bajo el peso del marido mientras se acercaba a nosotros. Una bolsa de sangre y grasa indigna incluso de llamarse hombre. No valía la pena siquiera perder el tiempo con él. Si hubiese sido por mi le hubiera seccionado la garganta con mis garras y caminado al piso superior mientras el piso de madera lustrada se iba volviendo rojo.
Sin embargo Cassandra siempre era adepta a jugar con la presa en esas situaciones. La dejé hacer, pues siempre me sedujo la forma en la que me lo solicitaba, como una niña pequeña, rogándome que la dejase jugar un poco con la comida.

El olor a miedo mezclado con adrenalina rodeaba al obeso sujeto mientras sus pies descalzos llegaron a la planta baja. El bate temblaba en su mano mientras sus ojos trataban de adaptarse a la oscuridad.

Cassandra salió desde las sombras con su rostro angelical y sus movimientos insinuantes. El hombre la vio y amagó golpearla, pero al reconocer las formas femeninas dudó. Cuando ella llegó más cerca sus ojos se fijaron en los del hombre. Podría suponer que estaba utilizando el poder de la Sangre para lograr esa mirada hipnótica, pero se que mi pequeña no necesitaba de tales trucos para lograr la atención de un hombre.

Las manos de ella se acercaron a él, acariciando su rostro mientras salvaba el espacio que los separaban y se acercaba mucho a él. El hombre comenzó a tartamudear algo, pero los gráciles dedos de ella silenciaron sus intentos con el índice sobre los grasosos labios. Sus manos acariciándolo mientras susurraba palabras tranquilizadoras en tono seductor. Entonces sus dedos descendieron por el cuello del hombre, pasando por su pecho y su abultado abdomen… sin detenerse en ningún momento de su ondulante caricia hasta llegar a su misma hombría. Pude percibir, aún en el estado de incomprensión en el que él se encontraba, cómo el miedo remitía para ser sobrepasado por la excitación. La sangre de su cuerpo bombeando para hacer crecer su miembro en toda su patética magnitud. Los dedos de ella lo acarician y puedo verlo casi babeando, disfrutando sin más.

Cassandra me miró y sonrió. Esa sonrisa de niña traviesa que le gustaba usar conmigo. Dejó que el espectáculo durase unos segundos más… acaso para entretenerme o excitarme a su vez. Luego, cuando creyó que la situación había durado el tiempo suficiente, le dio un final digno.
Su mano se cerró. Sus uñas, duras como el acero, se clavaron en la carne e hicieron que la sangre fluyera a borbotones mientras los músculos de su brazo se tensaban, arrancando la carne del hombre y haciéndolo aullar como un chacal. Ella dio un paso atrás, la mano llena de sangre aun sosteniendo el miembro arrancado, mientras el hombre caía de rodillas, ambas manos cubriendo la herida, aunque sin impedir el torrente de sangre que le mojaba los muslos y empezaba a verterse por el suelo.

-¿Quieres probar?- Me preguntó mi niña con rostro inocente mientras, tras arrojar lejos el trozo de carne, se lamía los dedos con placer.

Al pasar junto al hombre, en shock por la pérdida de sangre, me tentó el alimentarme de él. Pero me forcé a no hacerlo. Saboreé la dolorosa sensación del hambre por unos instantes antes de subir, sabiendo que una vez en el piso superior podría alimentarme a placer. En vez de saciar mi sed, me detuve a observarlo. Sabía que con una arteria abierta como tenía no duraría más de unos escasos minutos con vida. El dolor que sentía era absoluto y sus gemidos, pues ya no tenía la fuerza para gritar, no hacían más que asustar más a Joanna y a su hija en el piso superior. Eso estaba bien.

Ambos subimos la escalera.
Nuestro camino hasta el cuarto donde se ocultaban fue como un juego. O acaso como un macabro intercambio, donde les dimos tiempo y a cambio ellas nos recompensaron con más y más miedo. Llegamos finalmente al cuarto. Supe que la niña se escondía en el armario mientras ella trataba de luchar. Y vaya que sí luchó. Casi sentí orgullo al verla pelear. No era más que una vela frente a una tormenta… pero aún así, pude entrever a esa joven y combativa Joanna… la que tenía tanta promesa.

Después de mostrarle que no tenía posibilidades contra nosotros, la inmovilicé y la até a una silla. Siguió luchando, pero no había nada que pudiera hacer. Gritaba, lloraba, insultaba, se sacudía. No pude evitar el sonreír al verla. Podía ser tanto más de lo que era… la vi y no pude sino sentirme vindicado por lo que estábamos haciendo. Esa noche ella crecería por medio del dolor y llegaría a una amarga verdad.

Una vez atada la posicioné frente a la cama. Quería que tuviera la mejor vista de lo que venía. Entonces Cassandra abrió la puerta del placard y sacó a tirones a la niña de ahí. Arrojó a la pequeña sobre la cama mientras Joanna volvía a gritar. Consideré el amordazarla, pero decidí que no. Prefería oír sus gritos y que éstos dieran marco a lo que hacíamos. Parecía una música apropiada al fin y al cabo.

La niña era inocente… como toda niña de diez años debe ser. Pero su inocencia no iba a durar. Podría describir con lujo de detalles lo que ambos hicimos a la niña esa noche, cada caricia, cada rasguño, cada acto terrible y depravado que desafiaba a dios y a hombre… y cada lágrima que tanto hija como madre derramaron. Pero prefiero que lo imaginen. Basta con decir que antes de que despuntara el alba la niña ya no tenía ni un solo grano de inocencia ni en su cuerpo ni en su alma.

Joanna ya no lloraba. Sus lágrimas se habían secado horas antes, al igual que su garganta se había quebrado hasta ser ya incapaz siquiera de hablar.

-Tú puedes ser más, Joanna- Le dije, dirigiéndome a ella por primera vez.
-La felicidad te cubría los ojos como una venda, pero ahora el dolor te ha arrebatado esa venda… ahora puedes ver realmente- Sabía que la verdad que le ofrecía no sería visible aún. No estaba lista para entenderla… tal vez pasase tiempo para que lo hiciera.
-Y ahora que no tienes grilletes que te lo impidan, podrás crecer.- Continué mientras acariciaba la cabeza de la niña frente a ella. La pequeña apenas respiraba, pálida por las múltiples pérdidas de sangre sufridas durante la noche. -Tu marido te lo impedía… tu hija te lo impedía… pero ya no más- mis dientes desgarraron su yugular y bebí de ella, arrebatándole la vida mientras miraba a su madre a los ojos.

Pude ver en sus ojos arder el deseo de venganza. Quizás un día vuelva a verla y, tal vez ella me arrebate la existencia.

Pero si acaso es así. Si acaso eso sucede, será porque ella se volvió fuerte… poderosa. Porque prefirió el dolor de la verdad al placer de la mentira. Si acaso volvemos a encontrarnos y ella acaba con mi no-vida, antes de irme le sonreiré y le diré que es a mí y a ningún otro a quien debe agradecer su fuerza.

Ahí Hay Lilitu

Escrito por Mariano Leonardi

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Emilia Sirakova  https://www.facebook.com/emilasirakova.art/

 

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