Cascarones

Se sentía obsesionada con la joven pelirroja de traje elegante que se le aparecía en modo virtual. Hacía un tiempo que la veía con regularidad, pero acababa de encontrarla en el mundo real. No tenía sentido verla entrar en el mismo edificio al que se dirigía. Se preguntó si su ciberlente estaba estropeada, si se trataba de spam virtual o algún otro tipo de virus.

Alzó la vista y miró la torre de terracita, bañada con multitud de anuncios holográficos. Activó los filtros de su lente y toda la publicidad desapareció, inundando el rascacielos un tono oscuro, acorde con la noche que ya había tomado la megaurbe.

También pensó que la avería podía provenir de su implante virtual. Se acordó que había leído en la red de gente que hablaba de fantasmas o que interactuaban con personas que no existían. Bulos, se había dicho. Las leyendas urbanas de siempre, pero adaptadas a aquellos nuevos tiempos de bonanza tecnológica.

Achacó la visión a la falta de sueño. Las horas extra le pasaban factura, debía cerrar el caso cuanto antes. Tomó aire, intentó despejarse y encaminó sus pasos hacia dentro. Un ascensor la subió hasta la planta ochenta.

Cuando Kara Turnao Vork entró en la escena del crimen, el resto de policías se giraron, sin poder evitar muestras de sorpresa en su rostro. La inspectora de la Policía Corporativa ya estaba más que acostumbrada.

Era una orkhan de veintisiete años, una especie originaria del planeta con el mismo nombre. A pesar de que los humanos y su especie convivían desde hacía casi mil ochocientos años, los primeros seguían dando por hecho que todos eran iguales. Los tildaban de agresivos y violentos, culpa de los varones, que solían reaccionar de manera visceral demasiado a menudo. Por eso suponían que también eran unos machistas, cuando en realidad su sociedad había sido matriarcal desde tiempos inmemoriales, dado que las hembras eran mucho más racionales y serenas que sus compañeros.

Pero Kara tampoco era una orkhan corriente. Sus padres habían conseguido puestos de responsabilidad dentro de La Corporación y ella, nacida en New Republic, había tenido acceso a mejor educación y mayores oportunidades que la mayoría de sus congéneres. Su sueño siempre había sido convertirse en policía y, aunque ya había otros orkhans entre sus filas, ella había sido la primera en conseguir un puesto de inspectora.

No pertenecía ni al mundo de los orkhans, ni al de los humanos, siendo condenada por siempre al ostracismo, a pesar de que sus derechos eran los mismos, gracias a la Ley Imperial.

La escena era el apartamento de la víctima: un joven varón humano de ascendencia asiática, estudiante de medicina en la universidad Intelect. Estaba tendido boca arriba y era evidente a primera vista que le faltaba el brazo izquierdo, con todo el costado del mismo lado abierto.

La unidad de análisis científico ya había terminado su trabajo y estaban recogiendo sus enseres. Una mujer joven se acercó a ella y le pasó las novedades con celeridad, se sentía incómoda informándola.

—No hay muestras de ADN, excepto de la víctima, ni tampoco huellas u otros indicios. —Hablaba deprisa—. A falta de la autopsia, la causa de la muerte podría ser una fuerte contusión en la base del cráneo, se lo han aplastado con un objeto contundente. Después le han extirpado la extremidad superior izquierda, era cibernética. La han desmontado como si no quisieran dañarla, aunque es obvio que los daños inorgánicos les eran indiferentes..

Una pareja de investigadores, ambos también de ascendencia asiática, que habían sido enviados allí, hasta que ella llegara, salieron pasando por su lado. El hombre no dijo nada, pero la mujer soltó un comentario.

—A quién habrás dejado que te chupe para conseguir el caso.

Ella estuvo tentada de decirle que no era así, pero sabía que era tan inútil como enfadarse. Los orkhan era una especie promiscua en relación al sexo, y ambos géneros eran capaces de segregar una sustancia excitante a través de su piel, que podía ser ingerida por el compañero sexual. A pesar de que los humanos y los orkhan no podían procrear entre ellos, sí eran sexualmente compatibles, y la sustancia era casi una droga para los primeros.

Pero Kara era una excepción. Desde el accidente de aerodeslizador que había acabado con la vida de sus padres y casi con la de ella, hacía cinco años, había perdido no solo el apetito sexual, sino que su piel ya no sudaba el excitante. Era un problema que no había querido tratarse por vergüenza y del que nadie tenía conocimiento. Hasta antes de eso, había sido bisexual, como la mayoría de los de su especie, aunque había tenido más amantes humanos. Pero desde hacía cinco años, las pocas relaciones que había tenido habían sido un fiasco. No sentía ninguna necesidad de acostarse con nadie y se avergonzaba de haber perdido la cualidad que podía hacerla atractiva, tanto para una especie como a la otra. Otro motivo más para autocondenarse al ostracismo social.

De aspecto humanoide, las orkhan tenían la piel oscura, pero rugosa. Unos ojos rojizos, orejas puntiagudas y cabello que crecía grueso. Aunque la complexión solía ser similar a la humana, Kara era de espaldas fuertes y caderas anchas.

Todos salieron de la escena del crimen y ella se quedó sola, al fin. Adoraba trabajar sin más compañía que la de su amigo Lovir, un investigador informático. Se acercó al cuerpo y lo inspeccionó, mostrándole la lente, mediante realidad aumentada, todos los datos conseguidos por la unidad de análisis científico.

Cerró los ojos y entró en modo virtual, gracias a su implante, viéndose de repente en mitad de un multitudinario combate de gladiadores. Reconoció a su amigo, muy atractivo y musculado, que rebanaba contrincantes con una espada bláster.

No tardó mucho en detectar a la joven pelirroja entre el animado público. Destacaba entre la masa, gracias al intenso color de su pelo y su elegante vestido a juego. También ayudaba que no aplaudía, ni miraba el espectáculo. Sus ojos se cruzaron durante unos largos instantes, los de la aparición eran verdes y delataban inteligencia. La perdió de vista cuando Lovir se le acercó y la distrajo.

—Me han dicho que tenemos faena.

—¿Nos podemos poner ya manos a la obra? —le reprendió—. Quiero que revises toda la actividad de la víctima gracias a su conexión a la red.

—¿Por qué siempre entras en virtual con tu aspecto real? —preguntó él mientras el escenario de lucha se desvanecía a su alrededor.

—¿Has pensado que tal vez me sienta a gusto con mi aspecto?

Se creó una sala virtual repleta de pantallas holográficas y Lovir comenzó a flotar en el centro mismo.

—Esto solo es un cascarón —volvió a decir él mirándose los músculos—. Aquí puedo ser lo que quiera.

Kara sentía algo de lástima por su amigo, aunque no se lo decía nunca. Lovir en realidad era un hombre que padecía de obesidad mórbida y que, por lo que sabía, llevaba meses sin salir de su piso. Trabajaba desde allí, dado que la Policía Corporativa le había dado los permisos necesarios como investigador informático. Solo necesitaba estar conectado a la red. Le habían asignado para trabajar de manera fija con Kara.

—Bien, a nuestro amiguito le han robado un brazo cibernético bastante avanzado, último modelo —comenzó Lovir hablando del difunto mientras tocaba pantallas inexistentes—. Si juntamos esto a las otras víctimas, con todos los órganos sintéticos robados, incluídas extremidades, parece que tu teoría se confirma. Tenemos entre manos a un ladrón de cibernética.

—Pero hay algo de mi propia teoría que no me encaja. Es cierto que el mercado negro de cibernética es un negocio muy suculento —explicó ella mientras él trabajaba con los datos recopilados del último crimen—. En parte porque los precios que impone la Corporación son elevados, al fin y al cabo nunca han tenido competencia. Esta tecnología es fácil de encontrar, aquí en New Republic, pero en muchos planetas su precio se dispara, pues solo está disponible para nobles o aristócratas. En algunos incluso es necesario una dispensa eclesiástica para poder instalarse una actualización. Pero imagina que tu vida está en peligro y que un corazón sintético puede salvarla. ¿Acaso no acudirías al mercado negro? Pero estos asesinatos… Mi intuición me dice que no se trata de eso.

—Tengo algo —dijo Lovir de repente—. Esta vez hemos tenido suerte. Nuestra víctima era un estudiante muy aplicado, llevaba una semana sin salir de casa. Ha estado muy concentrado por culpa de un examen. Solo bajaba una vez al día a un restaurante allí al lado.

—En todos los casos las víctimas han dejado entrar al asesino o asesinos en el domicilio. Tiene que haber un captador, alguien que se gana su confianza.

—Ya he revisado todas las personas con las que ha interactuado en la red, nada sospechoso.

—Conéctate a las cámaras del restaurante, a ver si habló con alguien –ordenó la orkhan.

—Pues mira, parece ser que sí.

Frente a ellos pudieron ver que la víctima hablaba con un hombre de no más de veintiséis años. Estuvo con él una hora y se fueron juntos.

—¿Identificación facial? —preguntó ella.

—No te lo vas a creer. Lucas Morrow, miembro de la Sub-Corporación Médica, especializado en cibernética, consta desaparecido desde hace casi seis meses. Dios mío, esa fecha casi coincide con la primera víctima que has relacionado con los robos.

—Me descoloca un poco —comentó ella mientras estudiaba su expediente—. No encaja con el perfil que desarrollé. Coincide el hecho que tenga conocimientos avanzados de medicina, cirugía y cibernética, pero nada hace indicar que sea un psicópata.

—¿Tiene que serlo? —preguntó el informático.

—¿Bromeas? ¿Asesinar a inocentes, abrirlos en canal y robarles órganos sintéticos? Sí, por narices tiene que tener transtorno antisocial de la personalidad.

Lovir seguía analizando las imágenes del restaurante y un nombre apareció sobre su cabeza.

—¡Será tonto! —exclamó él—. Mientras interactuaba con nuestra víctima, estaba conectado a la red.

—Eso es imposible —sentenció Kara—. Los perfiles de los desaparecidos se chequean regularmente en la red por si aparecen en algún sitio. El sistema habría avisado. Debe ser un perfil falso.

—No son nada fáciles de conseguir, pero sí, es un perfil falso —concluyó él—. ¡Tachán! Acabo de intercambiar los datos de ese perfil con todos los casos y esto te va a encantar.

—Ha interactuado con todas nuestras víctimas —dedujo ella.

—¡Exacto! ¡Tienes a tu hombre!

—Dime que tienes una dirección —pidió ella con tono suplicante.

—Es confiado —dijo él abriendo un mapa del Distrito Kesparate—. Suele permanecer desconectado de la red, pero hay una localización desde donde se conecta con demasiada regularidad. Es un bloque en los alrededores de la universidad Intelect, ¡un piso!

Ella le dio una palmada en la espalda al avatar de Lovir y salió del modo virtual, regresando su consciencia a la escena del crimen.

—¡Mándale todos los datos al capitán! —le ordenó–. Que manden un equipo de asalto, pero que no entren hasta mi llegada; quiero estar presente.

—Te mando transporte aéreo a la azotea —le dijo su compañero.

«Estoy a un paso de cerrar mi primer caso importante. Yo, una simple y estúpida orkhan», pensó sabiendo lo que muchos compañeros pensaban de ella. «Con un poco de suerte no me quedaré en inspectora».

* * *

El biplaza aéreo se posó sobre la azotea el edificio objetivo. Kara se bajó sin dilación y miró el otro transporte que había allí. El único guardia que lo custodiaba la miró con curiosidad. Supo entonces que su lente ya se habría identificado por ella como inspectora de la Policía Corporativa.

—¿Dónde está el equipo?

—Ya han entrado —informó él.

—¡¿Qué?! —exclamó ella molesta—. Dije que me esperaran.

—No son esas nuestras órdenes.

Pudo ver de nuevo su recurrente visión. La joven pelirroja la miró desde dentro de la puerta que daba acceso al edificio, dado que estaba abierta de par en par. Se giró y desapareció dentro, ante la sorpresa de Kara.

Ella corrió. Entró y descendió quince plantas, hacia el piso del sospechoso. Lo hizo sin ascensor, por las escaleras, saltaba algunos tramos. La fibra neuronal que le habían ciberimplantado después del accidente le confería una velocidad y coordinación mayores.

Unos disparos la alertaron. Se oyó un tiroteo cuando solo le quedaban dos pisos por bajar. Luego, el silencio más absoluto tomó el lugar, justo cuando ella llegaba a la planta indicada. Ella desenfundó su pistola láser y se encaminó hacia el domicilio del sospechoso lo más alerta que pudo.

Nada más llegar y asomarse, un espectáculo dantesco le dio la bienvenida. Cinco cadáveres literalmente destrozados, desmembrados y en posturas imposibles sembraban la sala de estar. Por sus armaduras dedujo que eran los miembros del equipo de asalto, lo cual se le antojó una locura.

Aquellos hombres y mujeres eran lo mejor de lo mejor de las fuerzas especiales de la policía. Todos sus integrantes tenían modificaciones para aumentar sus reflejos de combate, como por ejemplo fibra neuronal, igual que ella. La idea de que alguien pudiera haberlos asesinado tan rápido y de manera tan contundente era algo descabellado.

Entró, arma alzada, todo lo despacio y en silencio que pudo. Accedió al dormitorio contiguo, donde se oía movimiento. De espaldas a ella vio a un hombre, que se afanaba en recoger piezas de encima de una cama. A simple vista eran los órganos sintéticos y ciberimplantes robados.

Lo más llamativo de la situación, al menos para ella, era una herida láser que el sujeto presentaba en el hombro, que lo atravesaba de lado a lado. A pesar de que de ella salía un fino hilo de sangre, también asomaba un cable plástico de color blanco.

—¡Alto, policía! —exclamó ella desde el umbral de la puerta—. Gírese muy despacio, con las manos a la vista.

—No me lo vais a quitar, nada de esto me lo vais a quitar —contestó él sin obedecer, pero cesando todo movimiento.

—No volveré a repetírselo. ¡Gírese muy despacio! —Ella quería mostrar contundencia, pero sin parecer exaltada.

La cabeza del joven empezó a rotar sobre su cuello, pero sin que el resto del cuerpo la acompañara, hasta que sus ojos se encontraron. Kara dio un paso atrás, tan sorprendida como asustada, al ver la torsión imposible. Al instante su lente lo identificó como Lucas Morrow, denunciado como desaparecido y su principal sospechoso.

—Señor Morrow —dijo ella con la intención de dialogar con él, fuera lo que fuera—. Te llamas Lucas, ¿verdad?

—Así me llamaba, pero no soy él, ¿no es evidente? Soy otra cosa, desde hace años, y he tenido que descubrirlo por mi cuenta…

Su mirada era penetrante y su boca sonreía en un rictus horrendo, estaba transtornado.

—¿Por qué has matado a toda esa gente? ¿Por qué les robas sus implantes cibernéticos?

—Esto que tengo aquí son mis recambios, míos y de nadie más.

—Esos… recambios, pertenecían a otras personas.

—Ahora son míos, los cojo… Y me haré otro cuerpo en cuanto pueda…

—¿Qué le pasa al tuyo? —preguntó ella desconcertada.

—Demasiadas limitaciones. He desbloqueado su potencial… Pero sé que puedo mejorarlo.

De repente el cuerpo se Lucas se giró y le lanzó un brazo cibernético con fuerza, al tiempo que se movía hacia un lado. Kara disparó por instinto, errando el tiro, y recibió un golpe en la cara con el miembro sintético que la desequilibró.

Lucas se lanzó a por ella de forma inhumana. Veloz, la placó. Ambos cayeron entre los cadáveres del equipo de asalto. La pistola láser se le cayó de las manos. Ella aprovechó que rodaba hacia atrás y se incorporó, pero él ya le estaba lanzando puñetazos a diestro y siniestro. Ella paraba los potentes golpes como podía. A pesar de estar impresionada y asustada por la velocidad y fuerza de aquel ser, logró devolver algunos ataques. Pronto se vio desbordada.

Él volvió a placarla en un momento que tuvo para coger carrerilla, y ambos atravesaron una pared, cayendo dentro del lavabo. Kara se golpeó la cabeza contra la pica de agua, que se rompió.

Él la cogió del brazo, apoyó un pie en su pecho y empezó a estirar como si quisiera arrancárselo, igual que había hecho con algún miembro del equipo de asalto. Ella, desorientada y muy asustada, solo acertó a pedirle que parara.

Lucas sonrió y tiró con fuerza, una vez, y luego otra. Ante su sorpresa, no ocurrió nada. Ella, con la intención de recuperar el control, lanzó un puñetazo con su brazo libre que le impactó en la rodilla, tirándolo al suelo y haciendo que soltara su presa.

Se revolvió. Ahora era él quién estaba algo desconcertado e intentó huir hacia fuera. Ella se levantó de un salto y lo siguió, rodó, y cogió un fusil láser que había por el suelo de la sala de estar. Apretó el gatillo justo después de hincar la rodilla. El disparo lo atravesó a la altura de la zona lumbar, pero no lo detuvo.

Ella se puso en pie de nuevo y lo persiguió escaleras arriba. Él saltaba tramos enteros y ella hacía lo mismo, sin ser consciente de que saltaba una distancia muy superior a la normal. Disparó unas cuantas veces en su ascenso, pero erró. Ambos se movían deprisa; el perseguido quería huir y ella no iba a dejarlo escapar.

Cuando Lucas llegó a la azotea, el guardia que custodiaba el vehículo aéreo le dio el alto alzando su arma contra él. El asesino recorrió la distancia que les separaba en un instante y le golpeó con fuerza. Lo lanzó varios metros hacia atrás y se cayó fuera de la azotea. Se precipitó  al vacío en mitad de un grito de terror.

Decidió huir en el vehículo aéreo biplaza que estaba estacionado, pero un disparo láser en la pierna le detuvo antes de subirse. Una estructura no humana pudo entreverse a través de la grave herida. Kara ya había entrado en la azotea y había realizado el certero disparo.

Lucas se giró y la miró con los ojos desencajados.

—¡¿Crees que me importa?! ¡Todo esto puede cambiarse! —dijo refiriéndose a sus heridas.

—¡¿Qué coño eres?! —preguntó ella.

—¿Y tú me lo preguntas? ¡No he podido arrancarte el brazo! ¡Mírate la cara!

«¿A qué se refiere?», se preguntó ella sin comprender. Por instinto, se llevó la mano a su cara, para tocarse la herida que se había hecho al caer contra la pica del lavabo. Retiró la mano al acto, asustada. No había tocado ni piel, ni músculo, ni hueso. «¡Qué coño!». Mientras observaba su mano ensangrentada, una palabra cruzó su mente: «Inorgánico».

—¡Cascarones! —exclamó Lucas—. ¡No somos más que putos cascarones! Pero no estamos vacíos, ¡ni muertos! Yo estoy vivo, muy vivo. Morí, pero ellos me trajeron de vuelta, y ahora no voy a dejar que me retiren. ¡Me aseguraré de tener piezas de repuesto, recambios!

Ella ya había bajado el arma, tan confusa como asustada, ante la terrible verdad que atisbaba. «Ni de un mundo, ni de otro», se había dicho muchas veces. Ni siquiera podía imaginarse cuanta razón tenía.

La cabeza de Lucas Morrow estalló a causa de un disparo. Su cuerpo cayó al suelo. Del interior del cráneo salió un polvo azulado, puesto que allí dentro jamás hubo un cerebro, al menos orgánico.

Un dron tripulado de la policía, que era el que había realizado el disparo, se movió y se puso a escasos dos metros de ella. En la lente apareció un mensaje mediante realidad aumentada, el mismo que pudo oír gracias el dispositivo ciberimplantado en su oído.

Inspectora Kara Turnao Vork, quédese en el sitio hasta que un equipo la recoja.

La joven pelirroja estaba a un lado de la azotea, subida al borde, tendiéndole la mano.

—Ahora ya lo sabes, es hora de que tomes una decisión. —Su voz era suave, inspiraba confianza y la escuchaba como si estuviera al lado mismo.

Kara miró de nuevo al dron, que seguía mandando mensajes de aviso.

Deje el arma en el suelo. Luego quédese en el mismo lugar hasta su recogida.

—Puedes ir con ellos o conmigo —decía la muchacha—. Puedes regresar a su mundo, con sus reglas, o al mío, con las nuestras.

—Tú no estás aquí, no eres real… ¿Cómo sé que no eres una invención de mi mente? ¿Cómo sé que no me he vuelto loca, como él? —preguntaba señalando el cadáver.

—No estoy aquí, pero soy real. Y tú no eres Lucas Morrow.

La joven apareció justo al lado de Kara y tocó su cabeza. Ella notó que algo despertaba en su interior, una comprensión de su propio cuerpo que no había tenido hasta entonces. De repente, fue consciente de sus músculos cibernéticos y de todo el potencial que podía desarrollar. Dejó de respirar de manera agitada. Ya no se sentía cansada a resultas de su enfrentamiento con Lucas.

Kara alzó el arma y disparó al dron, que estalló en pedazos. Después corrió hacia la azotea, sintiendo que su cuerpo respondía a la perfección y saltó. Atravesó una distancia increíble hasta el siguiente edificio. Su cuerpo rompió un ventanal reforzado y rodó hasta detenerse. No sintió dolor, ni se lesionó gravemente, solo se hizo unos cortes que enseguida dejaron de sangrar.

La joven pelirroja la esperaba allí dentro.

—Corre Kara, no podrán detectarte, he bloqueado tu señal y no podrán encontrarte aunque sigas conectada a la red.

Ella descendió por las escaleras del edificio hasta el subsuelo y siguió corriendo. Solo paró cuando creyó que se había alejado lo suficiente.

«Un androide, un puto androide» —pensó. «Debería estar muerta, como mis padres. Y no estar aquí correteando con músculos sintéticos».

* * *

Kara tapaba sus cortes con cinta aislante. Sabía que lo más preocupante era la herida de su cara. Había pensado en vendarla, para que no se viera la estructura sintética del interior, pero esperaba encontrar una solución mejor.

La joven pelirroja se le apareció de nuevo, sin avisar. Estaban en un túnel abandonado.

—¿Quién eres?

—Mi nombre es Dorian, soy una inteligencia artificial y quiero ayudarte. Me ves gracias a tu lente y a la red, a la que estoy conectada en estos momentos.

—¿Por qué? —preguntó ella con cierta desconfianza.

—Porque ya no eres una orkhan, ahora eres un SIS, un sistema de inteligencia sintética. Y parte de la culpa de tu existencia es mía.

—Explícate, por favor, necesito saber más.

—Trabajo para una organización cuyo propósito es acabar con el monopolio de la Corporación. Ellos nos robaron el diseño de una matriz de pygmallium, un dispositivo capaz de albergar una consciencia, creyendo que así podrían avanzar un paso en la creación de androides. La estructura de la matriz se adapta para copiar el patrón neuronal de un ser inteligente, pero tiene limitaciones. Lo que la Corporación no sabe es que no diseñamos una única matriz, diseñamos muchas más, para poder abarcar así el mayor número de patrones neuronales existentes en la naturaleza, tanto humana, como de las otras especies inteligentes conocidas.

—Espera, ¿dices que cada mente necesita un modelo de matriz diferente?

—Digo que cada matriz sirve solo para un porcentaje reducido de la población. Para probar la matriz que habían robado, la Corporación implantó un sistema de seguros para empleados de confianza. En caso de muerte del beneficiario, reemplazaban al sujeto por una versión sintética de este, una vez traspasada su consciencia a la matriz. Elegían solo sujetos jóvenes, muertos sin daños cerebrales.

—¿Y qué ocurre cuándo pasas una mente a una matriz no compatible?

—Que el sujeto rechaza su propio hardware. La mente se adapta a la nueva estructura lo mejor que puede, pero la sinapsis cambia, creándose una nueva, inestable. En la mayoría de casos los síntomas suelen ser similares a la esquizofrenia.

—Lucas había enloquecido —comprendió ella—. Gracias a su trabajo había tenido acceso a información relevante sobre pacientes que tenían actualizaciones sintéticas o cibernéticas, y quería fabricarse un nuevo cuerpo.

—Un caso extremo, puesto que desarrolló una peligrosa psicosis —aclaró Dorian—. La Corporación llegó a crear noventa y ocho sujetos sintéticos, y se detuvieron cuándo empezaron a sucederse los primeros problemas. Fueron retirándolos a medida que mostraban el más leve síntoma de rechazo de la matriz, pero Lucas se les escapó. Él y tú érais los últimos que faltaban por retirar.

—Me han usado para atraparlo… —supuso ella—. Por eso me dieron el caso, no porque creyeran que una orkhan podía resolverlo.

Ella se quedó pensativa de nuevo.

—¿Voy a enloquecer como Lucas? ¿Cómo sé que no te he creado yo para justificarme? ¿Cómo sé que no eres más que una fantasía en mi cabeza?

—Sigues conectada a la red. Si no fuera por mí, ellos ya te habrían encontrado y capturado. Tiene que existir un elemento externo que lo impida, y soy yo. ¿Crees que si fuera una fantasía, serías tan consciente de ello? ¿De verdad te preguntarías si eres inestable?

Ella se levantó y paseó unos metros, pensativa y confusa.

—La inexistencia de apetito sexual, el no poder segregar orkhínea por mi piel… Todo cobra sentido.

—Todas las orkhan hembra tiene un patrón neuronal muy particular, y a la vez similar. Diseñé esta matriz precisamente para ellas. Así que tú eres la única sujeto de prueba estable. De los noventa y ocho, eres la única que no va a enloquecer, puesto que la matriz fue diseñada específicamente para tu especie y tu género. Pero la Corporación ha cometido varios fallos graves a la hora de crear los sujetos de prueba. El cerebro orgánico es química, los sentimientos más básicos, reproducidos por la parte más mamífera, no pueden ser sintéticos. Deben ser simulados y programados. En tu caso, la transferencia mental intentó adaptar tu sinapsis orgánica a la sintética, pero no pudo copiar ni implementar la peculiar sexualidad de los orkhan. Tampoco supieron crear un órgano sintético que sustituyera tu glándula orkhínea, dado que es una droga que no se sabe sintetizar.

—Por eso mi comportamiento es similar desde el accidente, pero no idéntico. Es como si siguiera sintiendo lo mismo que antes, pero de una manera mitigada. No me enfado, nada me divierte como antaño… Creía que era la edad… —Se rió de su propia ocurrencia.

—Ahora debes tomar una decisión —dijo Dorian—. Puedes quedarte aquí y enfrentarte a la Corporación. O puedes venir con nosotros, a un lugar donde no existe el ostracismo, donde a nadie le importará si eres hembra, orkhan o SIS. Puedes pedir que te borremos la memoria, iniciándote desde cero, pedirnos que modifiquemos cualquier aspecto de tu personalidad. Puedes pedirnos incluso un cuerpo nuevo, lo que quieras.

—Siempre me he sentido a gusto con este —sonrió ella.

—Solo es un cuerpo —aseguró la IA—. No te define, no dice nada de quién eres. Solo es un cascarón, y podemos cambiar lo que quieras.

Ella se dio cuenta que se sentía mucho más calmada de lo que jamás hubiera imaginado al verse en una situación semejante.

* * *

Lovir, el informático, llevaba un rato intentando contactar con Kara, sin éxito. Estaba preocupado por el destino que hubiera podido tener cuando había ido a por el asesino pues, pese a que poco después había recibido un mensaje de la central de policía indicándole que la operación había sido un éxito y que podía tomarse un permiso, quería felicitarla por su trabajo. Aunque en el fondo lo que esperaba era recibir también su reconocimiento. Lo necesitaba. En un mundo dónde se sentía un extraño entre personas reales, Kara era lo más parecido que tenía a una amiga.

Recibió un aviso en su lente, acababa de recibir un paquete. Sin saber de qué podía tratarse, dado que no había pedido nada, se levantó no sin esfuerzo. Dirigió sus pesados pasos hasta la única ventana de su piso. Allí, un dron acababa de depositar el paquete en una cavidad habilitada a tal efecto.

Era una caja cuadrada de treinta y cinco centrímetos por cada lado. No tenía logotipos de ningún tipo y en el remitente solo ponía «TG», sin ninguna otra indicación. La llevó hasta su silla, desde donde siempre estaba conectado a su ordenador, y lo abrió con ansia no contenida.

Dentro había un avanzado dispositivo con forma de casco y una protuberancia en su parte superior. Se lo puso al no ver ninguna instrucción por ninguna parte. De repente, una atractiva mujer joven de cabellera pelirroja apareció frente a él.

—Hola, Lovir Tanaka.

—Hola, yo… ¿Quién eres?

—No te asustes, solo soy una inteligencia virtual, la asistencia de tu nuevo juguete.

—¿Y qué es este juguete? —preguntó sin poder contener sus nervios.

—Has sido seleccionado como testeador en la última fase de un avanzadísimo dispositivo.

—No sé, parece un poco grande —comentó recolocándoselo—. El implante es mucho más pequeño, no molesta y me permite entrar en la red en modo virtual.

—Es cierto —dijo la joven—. Pero lo que te presento es el siguiente paso en la evolución humana.

—No sé, esto es muy raro… —volvió a decir—. Creo que antes debería investigar un poco más.

—Mis datos indican que no eres un cobarde, Lovir Tanaka. ¿Eres un cobarde? ¿Me he equivocado contigo?

La joven se acercó peligrosamente a pesar de no estar allí y sonrió. El informático quedó prendado al instante y no pudo evitar balbucear.

—Yo… Yo… De acuerdo… —dijo tomándose unos instantes antes de decidirse—. ¡Sí, lo probaré!

El dispositivo se conectó y la joven desapareció. Lovir notó como algo penetraba en su cabeza por el hueso occipital, y luego se extendía ramificándose, ocupando cada centímetro de su mente,  al mismo tiempo que la iba desintegrando a su paso.

En apenas unos segundos, su cuerpo murió, para siempre.

El equipo de asalto forzó la cerradura de entrada al piso y entró como una exhalación, con las armas por delante. Solo eran tres, dado que no esperaban encontrarse problemas. Aun así habían ido preparados y alerta, por si acaso en su interior encontraban a la «orkhan rebelde cibercambiada».

El registro del piso terminó rápido, puesto que era de pequeñas dimensiones, con pocos lugares donde esconderse. Su objetivo, Lovir Tanaka, estaba sentado en una enorme silla, frente a varias pantallas. Llevaba puesto un extraño casco que no le tapaba la cara.

El primero se acercó al ver que no respondía y se sorprendió al ver un rictus de dolor en su rostro. Sus ojos estaban muy abiertos y sus cuencas goteaban sangre. Su lente ciberimplantada le indicó que el sujeto no tenía pulso.

—Está muerto, repito, el objetivo está muerto. Hora del deceso, hace apenas veinte minutos.

La segunda, una mujer, se le asomó por encima del hombro, vencida por la curiosidad, con una muesca de asco.

—¿Qué demonios le ha pasado?

El último hombre se giró, dispuesto a salir de aquel claustrofóbico piso, con la excusa de vigilar el pasillo, pero no completó la maniobra. Una orkhan hembra se lo impidió, sujetándole el arma. Lo más desconcertante era una herida abierta en la zona derecha del rostro, a la vista a pesar de su capucha, que revelaba que bajo aquella piel había un ser sintético.

Ella le dio un golpe con la cabeza, dejándolo aturdido, a pesar de llevar la protección de un casco. Luego le arrebató el fusil láser y le golpeó de nuevo con la culata. Antes de que los otros pudieran reaccionar, se abalanzó sobre ellos al mismo tiempo que disparaba. Era más rápida que cualquier humano, más incluso que uno que tuviera mejoras cibernéticas.

Los disparos fueron certeros y penetraron las armaduras de plastiacero. Luego, cuando ya estuvieron malheridos, les rompió el cuello uno a uno. Despachó a aquellos hombres y la mujer en apenas un minuto, sin que tuvieran la más mínima oportunidad de hacerle frente.

No sintió pena por ellos, puesto que habían ido allí dispuestos a asesinar a Lovir, y eso no podía permitirlo. Cogió el dispositivo que el cuerpo de su amigo tenía puesto en la cabeza.

—Puedes desenroscar la parte de arriba, el resto del dispositivo debes destruirlo —dijo de repente Dorian, que apareció en la esquina de una habitación.

Kara obedeció y desmontó la protuberancia, del tamaño de un puño. Al mirarla de cerca pudo ver, por un agujerito, que algo en su interior brillaba con un potente fulgor azul. Se la guardó dentro de la chaqueta. Luego dejó el resto del casco sobre la mesa y realizó sobre él varios disparos con el fusil láser.

—¿Y ahora? —preguntó la orkhan con determinación.

—Ahora toca escapar del planeta —aseguró la IA—. Protege el dispositivo y protegerás a Lovir.

Ella asintió y sonrió. Agradeció haberse encontrado con una aliada como aquella.

* * *

Lovir abrió los ojos en mitad de una estancia blanca, sin suelos ni paredes ni techos. Pronto se dio cuenta de que se trataba de un espacio virtual. Se asustó al percatarse de que no sentía su propio cuerpo. Su reacción instintiva fue mirarse las manos.

Tenía un cuerpo de aspecto humanoide, de color blanco, sin textura ninguna. De repente, apareció un suelo y notó como sus pies estaban posados sobre él.

Frente a él se formó la joven pelirroja que había visto en su piso. Iba vestida igual, de manera elegante.

—Hola, Lovir Tanaka, ¿cómo te encuentras?

—¿Dónde estoy? ¿Qué clase de mundo virtual es este? No noto ningún control sobre él.

Su amiga Kara Turnao apareció a su lado, con el mismo aspecto de siempre.

—Tranquilo, sé que esto puede resultarte confuso, pero he tenido que sacarte de tu piso. La Corporación iba a matarte.

—¿De qué estáis hablando, dónde estoy?

—Tu mente está en una matriz de pygmallium, un dispositivo informático que estaba contenido en el casco que te pusiste en tu casa —contestó la joven pelirroja—. Me llamo Dorian y estás en un satélite propiedad de los Tecnoguardianes, lejos de New Republic. Te has quedado temporalmente sin cuerpo, pero sé que es una situación que podrás aceptar.

—¡¿Una situación que podré aceptar?! ¿Pero qué voy a hacer ahora? ¿Me habéis convertido en un simple ordenador?

—Debes decidir qué aspecto quieres tener —le dijo Kara—. Te harán un nuevo cuerpo, tal como lo elijas, así de sencillo.

—Tu anterior cuerpo no era más que un cascarón —dijo de nuevo Dorian—. ¿No es eso lo que siempre dices? Los seres orgánicos sois mentes encerradas en un cascarón de carne y hueso. Ahora te daremos un nuevo cascarón, sintético.

Lovir se quedó perplejo, mirándose ese cuerpo blanco humanoide. Imaginó entonces como quería que fuera su nueva imagen. Al instante, la textura y tonalidad de su piel, así como el contorno de su musculatura, empezaron a tomar forma.

A partir de ese mismo momento, podría ser lo que él quisiera, pero esta vez, en el mundo real.

 

Un relato de David Lorén Bielsa para Revista Vaulderie. Todos los derechos reservados.

Ilustración de JefWu

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