Ignatius

Ignatius Kalder se encontraba a oscuras en aquella celda. No sabía cuánto tiempo debía llevar cautivo. Estar siempre a oscuras era terrorífico, aunque no tenía miedo por él. Por quién estaba temeroso era por su amada, a la que también habían secuestrado y seguía sin saber qué suerte había corrido.

Semanas le había costado encontrar fuerzas para hacer lo que iba a hacer. Días y días de preparación, a pesar de las torturas a las que le habían sometido. Seguía sin saber quién le tenía cautivo, ni qué pruebas médicas habrían hecho con él, pero eso no era lo peor; era no saber donde estaba Corina, su amada.

La joven de la que se había enamorado perdidamente, a la que había jurado proteger para el resto de sus días. Ya había faltado a esa promesa. Quizás a Corina también la hubieran secuestrado para estudiarla; ella tenía poderes psíquicos, poderes que provenían de su mente. Poderes que, igual que hacía Ignatius, procuraba esconder a los ojos de los demás.

Estaba decidido, la fuga sería lo antes posible. Se había estado preparando, pero no físicamente apenas. Sabía que una cámara de infrarrojos situada en algún punto de la celda le mantenía vigilado, así que el ejercicio que había hecho había sido mínimo, porque cuando demostraba mucha actividad, sobrevenían los castigos; las descargas eléctricas, los fogonazos de luz, los sonidos estridentes y ensordecedores…

La preparación había sido mental y física a niveles imperceptibles por el ojo humano. Era un asesino capaz, muy bien entrenado. Le habían enseñado a hacer cosas que la mayoría de los humanos eran incapaces de creer, y era hora de ponerlas en práctica. Era el momento de la fuga. Tendría que estar muy concentrado, mucho, pero había llegado el momento. Pronto podría desplegar su potencial, ahora era cuestión de prepararse, porque ya sabía qué ocurriría. No sabía cuándo, pero sabía que sería pronto.

* * *

No hacía mucho rato que le había llegado un plato de pasta sintética bajo la puerta; se la había comido con calma, sorbiéndola a oscuras. Desde ese momento había comenzado a contar, sabía que pasarían treinta minutos exactos en su cabeza antes de que comenzara su fuga. Por ello no debía perder la cuenta, lo tenía muy bien calculado, ya lo había contado al menos cuatro veces diferentes.

Se tumbó de lado sobre el frío suelo de la celda, sin dejar de contar mentalmente. Se colocó en posición fetal, pero los números seguían avanzando en su cabeza. Comenzó a controlar la respiración, hasta que sus latidos avanzaron al mismo tiempo que contaba, debía rebajar sus pulsaciones. Sus pulmones poco a poco se fueron preparando para cerrarse, su respiración cada vez era más pausada, y sus latidos bajaron por debajo de lo normal.

Debía prepararse para un estado de semiinconsciencia, pero sin dejar de contar, sin perder el control del tiempo. Era imperativo que supiera cuándo iba a suceder todo, y a la vez controlar todas sus funciones básicas corporales, sin perder del todo la consciencia. Aquel era el entrenamiento recibido. Y no era el de un soldado, ni siquiera el de un espía. Aquel era el entrenamiento que se le daba a uno de los mejores asesinos.

Su mente llegó a los treinta minutos, había llegado la hora. Sus pulsaciones estaban muy por debajo de lo normal y su respiración se detuvo durante unos instantes. En aquella oscuridad aterradora, parecía un hombre muerto, aunque tenía que seguir siendo consciente de todo lo que ocurriera a su alrededor, porque la fuga debía comenzar en aquel preciso instante.

El fogonazo de luz sobrevino de repente; unos potentes focos situados cubriendo todos los ángulos de la sala, se encendieron sin previo aviso. La luz habría resultado cegadora, sobre todo para alguien que lleva semanas viviendo a oscuras. Pero a Ignatius no le afectó, tenía los ojos cerrados, y estaba en las tinieblas. Acto seguido el ruido estridente hizo presencia, pero no sobresaltó al asesino, que ya sabía que ocurriría. Su mente estaba cerrada a estímulos externos, sobre todo a los que conocía de sobra.

Y a continuación, cuando se apagó el sonido, un silbido casi imperceptible pudo oírse. Era lo que Ignatius había estado esperando, el gas con el que lo solían dejar inconsciente. Primero lo deslumbraban con la luz, después ponían el sonido estridente por si acaso no se había despertado, y por último lo volvían a dormir con el gas. Era como si quisieran dejarlo inconsciente bajo un potente estado de estrés; ¿cuál sería la tétrica explicación científica de aquello?

Pero Ignatius estaba más que preparado. Ya no respiraba, su corazón apenas latía. No tan solo había cerrado su mente, sino también su cuerpo. El gas llenó toda la celda, pero el asesino no lo notó, su cuerpo seguía en estado latente y sus células alimentadas por las reservas de oxígeno que su corazón les subministraba a dosis pequeñas. Cómo si una madre estuviera racionando la comida para sus hijos, sabiendo que se acercaba una guerra inminente.

De repente, todo terminó. A partir de aquel momento, todo sería nuevo para Ignatius, ya que nunca había pasado de ese punto, pero aquel día estaba preparado. Un extractor se encendió extrayendo el gas de la sala y otro conducto seguramente volvía a renovar el oxígeno de la celda. Ignatius volvió a controlar sus latidos y volvió a respirar, pero con normalidad. Debía hacerlo como si estuviera profundamente dormido.

Pronto oyó la puerta abrirse, casi como un eco. Su mente aún estaba atontada, y le costaba volver en sí, pero debía hacerlo lo antes posible. Notó que alguien le tocaba y le ponía boca arriba. Un dedo se posó en el párpado superior de su ojo derecho y lo abrió, apuntándole al iris con un foco de luz pequeño, seguramente una pequeña linterna. Por suerte para Ignatius, aún no estaba consciente del todo y pareció que todo era correcto.

―Subámoslo.

La voz había sonado tranquila, como si aquello fuera un trámite sencillo propio del día a día; algo que aquella persona solía hacer a diario. Unas manos lo cogieron de los hombros y otras de las piernas, alzándolo y posándolo sobre lo que supuso que era una camilla. Otra mano le cogió la muñeca, así que supuso que le iban a tomar el pulso, pero su corazón no latía con normalidad, sus pulsaciones eran demasiado bajas.

La camilla comenzó a moverse. Ignatius se concentró en los pasos, debía volver en sí lo antes posible, le estaban tomando el pulso. Se darían cuenta de que algo no iba bien. «Los pasos… Son tres personas, sí, tres. Avanzamos por un pasillo seguramente, una delante de la camilla dirigiéndola, otra detrás, empujándola, y otra a mi lado derecho, cogiéndome la muñeca».

―Algo no marcha bien.

Lo dijo la misma voz de antes. Ignatius sabía que cuando abriera los ojos estaría deslumbrado, así que los mantuvo  cerrados, pero volviendo a la consciencia, su respiración se tornó normal, y su corazón comenzó a latir violentamente. Sus ojos cerrados vieron sombras a través de los párpados, sabía que aquella luz bastaría para indicarle lo que quería, las siluetas. Aquello era más que suficiente.

La camilla se detuvo; sabían que algo no iba bien, sabían que algo no era normal, pero no tenían ni idea de lo que les estaba a punto de pasar.

Los dos científicos que llevaban la camilla se detuvieron y miraron al tercero, al que sostenía la muñeca del paciente. Él acababa de decir que algo no marchaba bien, y no se equivocaba. Porque algo ocurrió, algo que no podían esperar y que fue tremendamente rápido. El paciente comenzó a moverse con una velocidad asombrosa.

Ignatius se puso en acción de repente, zafándose la muñeca derecha de dónde le estaban tomando el pulso. Echó su mano izquierda hacia atrás, hacia la barra delantera de la camilla, localizando la muñeca del primer científico y tirándolo hacia él. Después echó su cuerpo hacia delante en una convulsión, haciendo que sus piernas tomaran preso el cuerpo del segundo científico, el que había empujado la camilla. Finalmente con su mano derecha golpeó certeramente en el cuello al tercer científico, el que le estaba tomando el pulso.

El asesino solo veía sus siluetas, pero eso debía bastar. No estaba entrenado para ver los puntos débiles del cuerpo humano, sino para saber donde estaban, fueran cuales fueran las condiciones. La garganta del tercer científico se hundió cortándole al instante la respiración y haciendo que cayera al suelo entre estertores. Con su mano izquierda hizo una luxación a la muñeca del primer científico tirándolo al suelo por su lado. Luego, de la presa que tenía hecha con las piernas al que quedaba, levantó un poco el pie izquierdo haciendo un cálculo de cintura hasta el omoplato, para después darle una patada frontal a la altura de la nariz; un golpe seco ascendente, chafando el tabique nasal y hundiéndolo hasta el cerebro.

Había sido rápido, pero no podía parar, debía continuar siéndolo; rápido y preciso. Se dejó caer de la camilla hacia su izquierda, cayendo encima del primer científico. Lo encontró tal como imaginaba, y pronto encontró su cuello, el que rompió sin mayores dificultades. Se incorporó lentamente y se concentró en todo lo que le rodeaba, hasta que escuchó al otro lado de la camilla los espasmos del tercer científico. Tenía la garganta hundida, la tráquea estaba bloqueada e intentaba, en vano, respirar por todos los medios.

Rodeó la camilla rápidamente y vio su silueta sentada en el suelo. Tenía los brazos extendidos hacia él, seguramente debía estar pidiendo clemencia, sabiendo lo que le iba a ocurrir. Pero no hubo perdón, ni clemencia, ni mucho menos remordimientos. También le partió el cuello dejándolo definitivamente sin vida.

Eligió la misma dirección en la que estaba yendo la camilla y comenzó a caminar rápidamente apoyando una mano en la pared. Aún no podía abrir los ojos, notaba que tardaría todavía unos minutos en acostumbrarse a la fuerte luz artificial que parecía alumbrar aquel pasillo. Y no tenía tiempo, sabía que no lo tenía.

Había avanzado unos metros buscando una habitación abierta donde resguardarse hasta que estuviera más preparado para el siguiente enfrentamiento, pero no hubo suerte. Pronto oyó unos pasos que iban hacia él. Enfrente, el pasillo hacía una ele y los pasos venían de la izquierda. Corrían hacia la zona, seguramente los pasillos también estaban vigilados por cámaras de seguridad.

Se adelantó a los pasos y comenzó a correr, calculando llegar al mismo tiempo a la intersección. Él iba descalzo, apenas hacía ruido, en cambio los que iban a por él sí lo hacían, demasiado. Al llegar a la esquina, una silueta se encontró de frente con Ignatius; este último le había pillado totalmente desprevenido.

Un zumbido familiar provenía de su mano derecha, algo que el asesino reconoció. Era una porra eléctrica, propia de vigilantes de seguridad o celadores, era perfecta. Porque Ignatius había localizado tres siluetas más por detrás de esta primera, y todas habían frenado en seco al ver al fugado. Pero el asesino ya estaba encima del primer celador, tenía que ser preciso de nuevo. Ahora la discreción ya daba igual, ya habrían dado la alarma.

Hizo una luxación al brazo derecho del celador, haciéndolo girar de manera antinatural y rompiéndole el codo, a la vez que sujetaba con su mano derecha la porra eléctrica. Después comenzó el baile, debía ser rápido y preciso, y sobre todo evitar las porras eléctricas de los otros tres celadores.

Primero golpeó de frente a uno en la garganta, después giró sobre sí mismo y se agachó. Golpeó a otro en la entrepierna y notó como una porra pasaba por encima de su cabeza. Después, sin levantarse, estiró su pierna derecha y le dio una patada al último en la rodilla, partiéndosela. Por supuesto los cuatro celadores gritaron de dolor, pero había conseguido ganarles un asalto, los había neutralizado el tiempo suficiente como para matarlos sin molestias.

Golpeó a algunos repetidas veces con la porra eléctrica para aturdirlos aún más, hasta que finalmente le partió el cuello  a uno con el pie. A otro le propinó un golpe seco con el mismo, en la parte frontal del esternón, chafándolo y haciendo que el inicio de la costilla atravesara el corazón. El último murió como el primero, con el cuello roto.

Eran los puntos débiles que podía localizar y utilizar incluso sin poder verlos completamente. Era su entrenamiento. Ignatius era un asesino nato, lo habían entrenado como a tal.

Comenzaba a recuperar la vista, pronto podría abrir los ojos con normalidad. Pero entonces lo oyó, era alguien hablando por teléfono. Apenas a unos metros de dónde se encontraba, estaba la sala de control de los celadores desde donde debían de vigilar toda la planta. Corrió hacia allí a toda prisa, debía hacerlo. Seguramente estarían viendo a través de las cámaras de seguridad todo lo que estaba ocurriendo.

La persona en cuestión, el celador que hablaba, había cometido un error imperdonable. Primero debería haberse aislado en la sala de control y luego haber realizado la llamada. Pero nunca le había ocurrido algo así, y lo había hecho al revés. Se dio cuenta tarde, porque cuando se levantaba a cerrar correctamente la puerta de la sala de control, algo la reventó.

Era el prófugo que acababa de darle una potente patada para impedir que se cerrara, ya que los otros celadores la habían dejado semiabierta. La puerta se abrió con fuerza hacia dentro, golpeando en el rostro al celador y haciéndolo salir despedido hacia atrás. Ignatius se lanzó sobre él haciéndole una luxación de brazo y cuello.

―¡Corina! ¡Dónde está!

―No se…

―¡Celda, rápido! ―la presa se hizo más dura todavía.

―No sé los nombres…

El asesino acabó con su vida en un suspiro, no podía perder tiempo. Si el celador había realizado aquella llamada, seguramente aquello no tardaría en llenarse de personal de seguridad, y podía ser que posiblemente fuera armada. Así que abrió los ojos… era imperativo que viera de una maldita vez, el tiempo apremiaba y no sabía de cuánto disponía.

Abrió los ojos evitando mirar directamente hacia algún foco de luz. Veía borroso y le dolía; pero era lógico, había estado unas semanas en la más completa oscuridad. Su poder regenerativo luchaba por acostumbrarse a una luz excesiva, su poder mutante intentaba variar su iris y su pupila para crear el resultado más adecuado para él en aquellos instantes.

En unos segundos comenzó a ver con bastante normalidad, la luz ya no le hacía tanto daño. Así que comenzó a mirar hacia todos los lados, vio multitud de pantallas de televisión, imágenes de celdas, de pasillos, controles, un ordenador y un panel de corcho. Se lanzó hacia él mirando desesperadamente, hasta que encontró una hoja con varios nombres apuntados.

“Sujeto E12.2 → Habitación 14 (Ignatius)”

¡Era él! Se había encontrado, paseó el dedo por la lista buscando desesperadamente, hasta que vio el nombre que buscaba.

“Sujeto E034.471 → Habitación 30 (Corina)”

Iba a salir corriendo pero se quedó durante unos instantes pensando. Se quitó rápidamente la bata que llevaba y le dio la vuelta al celador que había matado en la sala de control. Se dispuso a quitarle su simple uniforme compuesto por una camisa y un pantalón, mientras memorizaba sus rasgos.

Su rostro comenzó a mutar, al igual que lo hizo su cuerpo. Fue muy rápido, estaba más que acostumbrado. Tenía un control asombroso sobre su poder y podía hacer transformaciones completas en apenas unos segundos. Pronto se quedó completamente calvo, su pelo se había caído y consumido al instante, su cara se había ensanchado, así como todo su cuerpo y huesos.

En apenas un minuto, se transformó en el celador al que acababa de matar y se puso su ropa. Localizó una especie de llave maestra y la asió con fuerza. Después salió corriendo de la sala de control, de vuelta hacia el pasillo de dónde había venido anteriormente, buscando con desesperación la habitación número 30.

―Amor, ya vengo…

Casi lo dijo en voz alta. Estaba nervioso, tenía que encontrar a Corina lo antes posible, tenía que encontrar la habitación 30. Tenía claro que no se iría sin su amada, la encontraría y la sacaría de allí.

Avanzaba por los pasillos corriendo, para localizar la celda en cuestión. Incluso comenzó a gritar su nombre en voz alta a la espera de recibir alguna respuesta. No la hubo, pero no desfalleció, debía continuar. Cuando quedaban dos celdas para terminar un pasillo, encontró lo que buscaba, la habitación 30.

Se detuvo enfrente y metió la llave maestra en una cerradura que había en la pared, al lado de la puerta. Esta hizo un chasquido y se abrió, al mismo tiempo que la luz de dentro se activaba. Contuvo la respiración, pero la celda estaba vacía, Corina no estaba dentro. A Ignatius se le pusieron unos ojos como platos e incluso entró en la habitación mirando hacia todos lados, como si su mente se resistiera a creer que no estaba allí.

Se dio media vuelta y salió de la habitación. Su desesperación iba en aumento, a la vez que su ansiedad y sus nervios. Debía darse prisa, el tiempo se agotaba.

―¡Corina! ¡Corinaaaaaaaa!

Seguía sin obtener respuesta, así que comenzó a correr hacia otro pasillo, en busca de otra sala, de cualquier otro lugar donde pudiera estar que no fuera una celda. Su pulso era muy agitado, el miedo le atenazaba el estómago, un nudo le impedía respirar con normalidad. Porque todo se le venía encima, debía encontrar a su amada como fuera. Aquello no era lo planeado, aquello no debería estar pasando.

Localizó dos laboratorios cuyas puertas abrió empujando con violencia, pero no veía nada. Incluso encontró unas cámaras frigoríficas incrustadas en la pared, que comenzó a abrir desesperadamente una a una, pero no había rastro de Corina. Tenía que encontrarla y debía hacerlo ya.

Al final de aquel pasillo encontró el último laboratorio, su última oportunidad. Se acercó hasta las puertas batientes dobles y las abrió de golpe. Después vio una camilla en el centro de la sala, con un par de mesas repletas de instrumentación de cirugía al lado. Parecía haber alguien en la camilla, un cuerpo femenino, pero tapado con una sábana. Se lanzó sobre él y retiró la sábana de un estirón.

Después todo su mundo se vino abajo. Era Corina, sin vida, con el rostro un tanto congestionado por el dolor en un rictus horrendo y sus ojos grandes almendrados de color marrón abiertos, mirando al infinito. Su piel negra estaba incluso pálida, con un tono amarillento antinatural en ella. Estaba desnuda con el cuerpo estirado, estaba claro que ya no quedaba ningún atisbo de vida en ella.

El rostro de Ignatius Kalder se congestionó. Parecía a punto de estallar en sollozos, pero el dolor era tan grande, que ni siquiera podía. Rodeó el cuello de su amada levantándola hacia él y apretándola contra el pecho. No podía llorar; cerró los ojos y apretó los labios, estirando el cuello hacia arriba, pero no pudo llorar.

Se había fallado a sí mismo y había fallado a Corina. Le había prometido cuidarla por siempre jamás. Le había jurado que su amor sería eterno, que jamás permitiría que nada malo le ocurriera. Su promesa estaba rota. Había estado allí un mes encerrado y había llegado tarde, tal vez un día tarde. Por un día, su amada había muerto.

Después, al cabo de un minuto, algo surgió de su garganta. El asesino gritó. Fue un grito aterrador, un grito que provenía desde el fondo de sus pulmones. Un grito que provenía del fondo de su alma.

Y soltó el cuerpo de Corina aferrando con fuerza la porra eléctrica en su mano derecha; acababa de oír algo.

* * *

El equipo de seguridad estaba compuesto por cuatro hombres y dos mujeres. Todos ellos habían sido soldados o mercenarios, pero ahora trabajaban para alguien que pagaba mucho dinero. Estando en la sala de seguridad central habían recibido un aviso: un paciente se había fugado de una habitación en las instalaciones de la planta décima. Nunca les había pasado, pero sabían que debían actuar de manera rápida y veloz.

Habían recibido un aviso por la frecuencia de radio interna. Les informaban que se había escapado un sujeto con identificación E12.2; un varón de veintitrés años de facciones comunes, metro setenta y cuatro de altura, pelo castaño y complexión atlética. También les habían dicho que tenían terminantemente prohibido el uso de fuerza letal contra él, era imperativo que fuera capturado con vida.

Así pues se reunieron en el ascensor de acceso y dejaron sus armas de fuego enfundadas en la cadera. Todos cogieron pistolas de descarga eléctrica y subieron a la décima planta. El jefe de unidad avisó por radio de su llegada y las puertas del ascensor se abrieron. Los dos primeros hombres apuntaron hacia el exterior y todos salieron del mismo con paso firme y decidido.

―Estamos dentro, iniciamos búsqueda ―indicó el jefe por radio.

Abajo habían dejado al segundo equipo por si acaso alguien conseguía huir de la décima planta. Lo primero que vieron fue la sala de control a su derecha. Dentro, el cadáver de un hombre desnudo, seguramente un celador. Una de las mujeres se acercó y tomó su pulso, después giró la cabeza hacia su superior, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.

―Localizada una baja en la sala de control ―informó el jefe―. Faltan sus ropas. El objetivo seguramente va vestido de celador.

Los hombres en punta avanzaban asegurando el pasillo, mientras los otros miraban dentro de las celdas o de cualquier habitación, porque tenían una llave maestra para ello. Un último guardia cubría la retaguardia y el jefe de unidad se mantenía siempre en el centro. Habían sido soldados y mercenarios, todos tenían entrenamiento militar; todos sabían qué debían hacer.

Pronto vieron otro grupo de celadores abatidos, pero no se acercaron hasta que tuvieron todas las habitaciones anteriores registradas. Los dos hombres en punta aseguraron la zona y la unidad se detuvo. La mujer de antes comprobó uno por uno a los celadores y en todos los casos corroboró la muerte.

―Localizadas cuatro bajas en el pasillo principal ―volvió a informar el jefe―. Celadores, se ven signos de porra eléctrica en sus cuerpos. Seguramente el objetivo va armado con una porra eléctrica.

La unidad continuó su búsqueda hasta que encontró a los tres científicos que faltaban. Sabían las personas que en aquellos momentos debía haber en la planta. También sabían los pacientes que había y comprobaban que aquellas habitaciones estuvieran ocupadas. Se detuvieron a la altura de una camilla y comprobaron los tres cuerpos.

―Localizadas tres bajas en el segundo pasillo. Personal civil.

Después de aquello solo les quedaban los laboratorios. El objetivo debía de haberse refugiado en uno de ellos al no encontrar otra salida de la planta que el ascensor por el que habían llegado ellos. La unidad se reunió y se preparó para avanzar. Eran tres los laboratorios que debían comprobar y debían ser cautelosos al hacerlo. Ningún detalle podía ser pasado por alto y debían estar preparados para cualquier ataque.

Fue entonces cuando lo oyeron, algo que no se esperaban. Un grito masculino y aterrador provenía del último laboratorio. Había sonado desgarrado, lleno de dolor. Ninguno de ellos pudo evitar sentir un escalofrío, e incluso alguno sintió miedo. No entendían el motivo del grito, pero estaba claro que ya tenían localizado al objetivo. El jefe apretó el botón de comunicaciones de su radio y comenzó a hablar.

―Posible localización del objetivo… laboratorio situado al final del tercer pasillo. Procederemos a su captura en caso de ser él.

Comenzaron a avanzar como si fueran una única persona, sin saber lo que encontrarían al llegar allí. Se acercaron cautelosamente, puesto que después de aquel grito no se había oído nada más. Aun así no debían confiarse, se enfrentaban a un paciente, pero no sabían de qué tipo. Finalmente llegaron a las puertas batientes y los hombres en punta las abrieron de golpe; entrando el resto como un tornado.

Todos se detuvieron nada más entrar, porque el objetivo estaba localizado. El sujeto E12.2 estaba a tres metros de ellos, en mitad del laboratorio, de espaldas, con el uniforme de celador y con la porra eléctrica aferrada a su mano derecha. Se encontraba frente a una mesa de operaciones. En ella había una mujer de etnia africana, aparentemente muerta.

Todos entendieron al instante el motivo del grito, aquella mujer, fuera quién fuera, debía de ser alguien muy importante para él. Pero el jefe de unidad no estaba dispuesto a esperar acontecimientos. Viendo que ninguno de sus hombres reaccionaba decidió hacerlo él, avanzando dos pasos cortos hacia el frente.

―¡Suelta el arma! ¡Vamos, hazlo, suelta el arma!

El objetivo obedeció y dejó caer la porra al suelo.

―¡Ahora levanta los brazos y date la vuelta poco a poco! ¡Vamos! ¡No me hagas repetirlo!

El objetivo levantó los brazos y los colocó sobre su cabeza, después comenzó a darse la vuelta. Entonces todos se quedaron aún más pasmados. La cara del objetivo era una monstruosidad; su ojo derecho era desorbitadamente grande, su frente desigual, su cara estaba torcida, su nariz era de una arquitectura imposible. Aquel rostro era el de un monstruo.

Nadie les había dicho que el sujeto E12.2 fuera un deforme, les habían dicho que tenía un aspecto normal y lo que estaban viendo no se correspondía con esa descripción. Entonces su rostro comenzó a transformarse y sus mentes se quedaron bloqueadas. El rostro del objetivo cambiaba, sus rasgos horrendos desaparecieron y se convirtieron en los del jefe de seguridad, al que todos miraron al unísono.

Este sentía miedo por lo que estaba viendo. No tenía ni idea de qué experimentos se llevaban a cabo en aquel lugar, pero no quería saberlo. Aquel ser era un demonio o un mutante, o quizá algo peor. Pero fuera lo que fuera, había algo que no cambió en su rostro: su mirada. Los ojos estaban llenos de odio, de rabia, llorosos…

Entonces su rostro volvió a cambiar por uno que no conocían, que era de un aspecto bastante normal. Quizás fuera definitivamente su verdadero aspecto. Y vieron que sus ojos eran de color verde y que, de repente, dejaron de reflejar ira o rabia.  Una frialdad inhumana se apoderó de su mirada. Y entonces sí que fue cuando el jefe de seguridad sintió un miedo atroz, lo que le hizo apretar el gatillo de su arma de descarga eléctrica.

Todo fue muy rápido, demasiado para aquellos pobres infelices. Ignatius Kalder ya sabía qué ocurriría, ya sabía que no habría perdón. Cualquier persona que se cruzara en su camino, cualquier persona que hubiera trabajado allí, cualquier persona que tuviera algo que ver con aquel lugar, debía morir.

Un dardo electrificado avanzó hacia su cuerpo, pero jamás llegó a su destino. Rápidamente, su mano izquierda lo interceptó de un golpe desviándolo de su trayectoria. El resto de vigilantes quisieron reaccionar, pero ya fue demasiado tarde. Se les vino encima un torbellino de muerte.

Lo primero que hizo Ignatius, al alcanzar al jefe de seguridad, fue desenfundar su pistola semiautomática de nueve milímetros. Lo siguiente que hizo el asesino fue matar a aquellos seis infelices. Los pacientes que quedaban en la planta fueron los únicos en oír el tiroteo; pero solo un arma disparaba, la que tenía Ignatius en las manos. La unidad de vigilantes, no tuvo ninguna oportunidad.

* * *

Diez minutos más tarde, la segunda unidad esperaba en la planta baja. Enfrente del ascensor. Hacía diez minutos que no recibían ninguna comunicación desde la décima planta y eso los tenía demasiado preocupados.

Pero de repente el ascensor se puso en movimiento, alguien estaba bajando. Todos se prepararon para actuar, con sus armas de descarga preparadas, por si el objetivo había conseguido llegar hasta allí. No tuvieron que esperar mucho, pronto las puertas se abrieron.

El jefe de la primera unidad apareció, estaba ensangrentado, con la mirada apesadumbrada. Salió del ascensor tambaleante y el jefe de la segunda unidad se le acercó con cara inquisitiva.

―¿Qué demonios está ocurriendo?

―Están… todos muertos… Ya no queda nadie…

El jefe de la segunda unidad dio la orden y casi todos sus hombres, junto con un equipo de científicos accedió al ascensor para subir a la décima planta. Dos vigilantes se quedaron con el jefe de la primera unidad, pero cometieron el error de perderlo de vista unos segundos. Cuando se giraron, ya no estaba allí.

Aún hoy en día, algunos de los que trabajaban en aquel edificio, se preguntan qué ocurrió.

Ignatius Kalder se había escapado de su prisión, de su cautiverio. Había superado aquello con vida, pero perdió algo demasiado importante, su corazón. El amor de su vida, la única mujer a la que había amado y a la que jamás amaría, se había quedado allí por siempre jamás.

 

Fragmento de Los Mundos del Emperador: Auryn, escrito por David Lorén Bielsa. Todos los derechos reservados.

Imagen de Simón Navas.

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