El Templo de Bethuriel

Aptur caminaba descalzo por el frío suelo de piedra pulida. Sus pies estaban ennegrecidos y doloridos. Él y el resto de niños iban en fila de a uno, avanzando sin prisa, a pesar de la impaciencia de los acólitos que les pedían acelerar el paso.

Miró al resto de cautivos y vio que, con catorce años, era de los mayores. Solo los más pequeños miraban asustados a su alrededor, atemorizados ante la incertidumbre de lo que fuera a ocurrir. Los de más edad, en cambio, tenían la vista perdida, vacía, carente de cualquier emoción, a sabiendas de que, fuera cual fuera su destino, sería aciago.

Adolescentes e infantes de ambos sexos se adentraban en una cueva que, a medida que avanzaban, se iba transformando. Sus paredes de piedra pronto fueron sustituidas por grandes losas. La oscuridad estaba rota por lámparas de aceite colocadas de manera regular.

Llegaron a una gran sala de techos altos, decorada con diversas estatuas humanoides retorciéndose de dolor. Al fondo, una pequeña escalinata ascendía hasta cinco puertas oscuras de madera maciza. Sobre ellas la figura de un ser demoníaco extendía unos tentáculos, apuntando con ellos sobre cada entrada.

Los acólitos, ataviados con túnicas negras, aunque armados al cinto con espadas, mazas y dagas, fueron indicando a los menores que se detuvieran antes de las escaleras. Estos esperaron con resignación, convencidos de que se adentraban en la boca del lobo.

Aptur aprovechó para mirar mejor la gran gárgola que coronaba las puertas. Era oscura y grotesca, un ser maligno que sonreía de manera terrorífica y lasciva. Pronto comprendió lo que hacían allí todos ellos, no eran más que una ofrenda para aquel demonio.

Las puertas se abrieron y de ella salieron cinco figuras con túnicas, capuchas y máscaras negras que imitaban el rostro del demonio al que adoraban. Hicieron una seña a los acólitos e hicieron subir a cinco menores escalinatas arriba. Los inspeccionaron con curiosidad y a un par los descartaron, sustituyéndolos por otros dos menores de la fila.

A los que no quisieron se los llevó un acólito hacia un lateral, perdiéndose tras una salida que hasta entonces había permanecido oculta. Los elegidos, en cambio, atravesaron las cinco puertas con los de las máscaras.

Aptur esperó, como el resto de niños, en un silencio absoluto. Detrás de una de las puertas le pareció oír un llanto, pero solo duró unos instantes. O se lo había imaginado, o el grosor de la madera amortiguaba cualquier sonido.

No tenía manera de calcular el rato que pasó hasta que las puertas volvieron a abrirse, pero por el dolor de piernas calculó que fue una media hora. Los hombres o mujeres de las máscaras volvieron a salir y a exigir a cinco menores más. Aptur fue el cuarto que subió las escalinatas con parsimonia, plantándose frente a uno de los sectarios, uno muy alto y delgado.

Este lo inspeccionó con curiosidad, acercando la máscara a su cara. Su respiración se agitó y le cogió de la barbilla, para levantarla. El menor no evitó mirarle directo a los ojos, en los que percibió maldad y divertimiento en ellos. Él en cambio le correspondió con indiferencia y vacuidad.

Algo perturbó al sectario, puesto que le hizo levantar la mano izquierda. Al menor le faltaban los dedos meñique y anular, que habían sido mutilados en algún momento de su pasado. El hombre de la máscara jugueteó con los muñones y se dio media vuelta. Le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera a través de su puerta.

Al otro lado había una pequeña sala con dos sillas, una mesa y un viejo camastro. En la pared contraria a la entrada, había otra puerta idéntica. El sectario le presionó el hombro a Aptur para que se sentara en la silla y él hizo lo propio en la otra.

—¿Te haces una idea de lo que haces aquí? —preguntó al fin rompiendo el silencio con voz grave y varonil.

—No importa… —contestó el menor con un hilo de voz.

—¡Claro que importa! —exclamó el hombre—. Ahí fuera puede que no tengas futuro, pero aquí puedes llegar a ser elegido para una tarea grandiosa.

—Me da igual…

—Pobre criatura. ¿Acaso no sabes quién es Bethuriel?

Cuando Aptur negó con la cabeza, el sectario se levantó y movió su silla. La puso al lado del menor y se sentó de nuevo.

—Te he elegido ahí fuera porque no has mostrado miedo. Bethuriel busca jóvenes como tú, porque descartamos la debilidad que genera el temor. La fuerza de voluntad que buscamos reside en la frialdad de aquellos que no se dejarán vencer por sus terrores, ya sean propios o externos.

El menor simplemente se encogió de hombros. Iba vestido de manera pobre, con un pantalón y un jersey desgastados y sucios.

—Dime, ¿ahora mismo tienes miedo?

Volvió a negar con la cabeza.

—¿Y si hago esto, te genero desasosiego?

El sectario posó su mano sobre el muslo del menor, sin que este hiciera el más mínimo gesto. Luego la movió de manera suave hacia su interior, cerca de su entrepierna.

—¿Nada? Bien —le premió—. Ahora quítate la parte de arriba.

El menor obedeció sin rechistar, mostrando un busto aun infantil, muy delgado, en el que empezaba a percibirse de manera muy tenue la musculatura de un adolescente. Su espalda estaba mancillada por cicatrices propias de látigos u otros instrumentos similares.

—Has sufrido mucho… —dijo el sectario—. Pero si eres elegido, si superas las pruebas, Bethuriel le pondrá fin.

Aptur levantó la vista y le miró  sin pasión a los ojos que se veían a través de la máscara.

—Me da igual…

* * *

El obispo se plisó la parte inferior de su ropaje, justo en la marca. Estaba sentado en una cómoda silla, pero cansado de esperar. No era un hombre especialmente paciente, a pesar de rondar la cincuentena.

La puerta enfrente de él se abrió y apareció una mujer de más edad, y de mayor rango. Era alta y de complexión atlética, de cabello castaño y largo, aunque correctamente recogido en un moño.

—Obispo Torgov Stanislau —dijo ella mientras mostraba el dorso de la mano derecha y una gran sonrisa.

—Arzobispa Anya Kiselev, ardía en deseos de verla —él correspondió a su gesto con un beso sobre su anillo, el cual estaba coronado con una piedra que relucía con un fulgor dorado.

—La Luz le guíe, pase, por favor.

Entraron en las lujosas estancias de la arzobispa y se sentaron en unos cómodos sillones individuales. Se acercó a ellos una adolescente de no más de catorce años, de semblante serio y vestida con uniforme de sirvienta.

—¿Qué quiere tomar, obispo? —preguntó Anya.

—Ah, vodka de la casa —contestó para después soltar una carcajada—. No iba a venir a la capital  y no saborear el mejor vodka de Moscovian.

—Ya has oído, Dasha.

La joven se acercó a un mueble. Picó algo de hielo para verterlo en unas copas, las llenó del preciado alcohol y las dejó en una mesita frente a los dos eclesiásticos. Luego se retiró y se quedó de pie, allí al lado.

—Bueno, al fin he podido tener mi audiencia —empezó Torgov después de saborear el exquisito alcohol—. Ha costado. Casi había comenzado a creer que me estaba evitando.

—No se lo tome como algo personal, obispo —pidió ella sin perder la sonrisa—. Ando muy liada últimamente. Aún tengo que adaptarme a este nuevo cargo. Han puesto bajo mi supervisión más obispados de los que esperaba. Pero ya está aquí, adelante.

Torgov carraspeó como si fuera a dar un gran discurso y volvió a beber de su vaso.

—Tal como me pidió, he destinado mis mejores inquisidores a la tarea de investigar la presunta secta, los Adoradores de Bethuriel, pero no han encontrado rastro ni pruebas de su existencia. Ni siquiera nada que se le parezca, al menos en número u organización. Si hay algún adorador de Bethuriel en mi obispado, no son los suficientes como para suponer un problema.

—¿Y qué va a decir a sus fieles sobre los menores desaparecidos? —preguntó ella—. Los números no mienten, es un porcentaje mayor que en el resto del planeta. Me preocupa la cifra, y mucho.

—Vivimos tiempos oscuros y terribles al mismo tiempo —contestó con grandilocuencia—. La humanidad aún no se ha recuperado del Colapso y nosotros tenemos la sagrada tarea de devolver la Luz al corazón de los fieles. Los más jóvenes son los más desesperados y se han dejado envenenar la mente con historias de lugares mejores, de un futuro esperanzador lejos de su casa y su familia. Esos menores deciden abandonar su hogar sin avisar, ni dejar rastro, en pos de una quimera. Seguro que acaban en manos de esclavistas, una lacra contra la que hay que combatir con ahínco. Yo recomiendo a mis fieles, que aún no lo han hecho, que firmen contratos de vasallaje con los nobles de la región, ellos son la solución. Aportarán más seguridad y un futuro más real que el que proclaman los charlatanes por las calles.

Anya Kiselev sonrió después de beber de su vodka y dejó la copa con cuidado sobre la mesa.

—Estoy de acuerdo con usted con lo de los esclavistas. Y puede que con lo de los nobles también, mientras proclamen una fe ciega a la Luz del Creador.

—Mi extensa familia, Stanislau, así siempre lo ha dicho —se enorgulleció él mientras alzaba su copa.

—Pero no estoy de acuerdo con los resultados de su investigación —dijo ella al fin.

Se detuvo acto seguido, para estudiar la reacción de sus palabras en el obispo. Le pareció percibir que, al decirlo mientras él bebía, casi se atraganta. Después siguió su explicación, complacida al saber que lo había pillado por sorpresa.

—Mis inquisidores han resuelto todo lo contrario a los suyos.

—¿Ha hecho una investigación paralela? —preguntó él si ocultar su incredulidad.

—Creí que el asunto requería de cuantos más medios disponibles, mejor. En realidad, se ha determinado la existencia de un grupo numeroso y organizado de adoradores de Bethuriel. Ellos son, sin duda alguna, los responsables de gran parte de las desapariciones. El único inconveniente es que aún no hemos localizado su lugar de operaciones.

—¡Es la primera noticia que tengo! –exclamó—. Cuenten con mis recursos para atacar el problema, por supuesto. Y si necesita más hombres, podemos acudir a los nobles de la zona.

—En realidad, no creo que sea necesario —aclaró la arzobispa.

—¿Por qué? ¿Cómo piensa encontrarlos y acabar con la amenaza?

Ella se inclinó hacia delante, mirándolo con intensidad.

—¿Ha oído hablar de los Desconectados?

* * *

Aptur permanecía en silencio en su silla, con el torso desnudo y sin hacer ningún comentario. El sectario de la máscara se levantó y se fue hacia la puerta de salida. La abrió y se asomó, para hablarle a alguien de fuera.

—Avisad al Guía, tengo a un candidato perfecto.

Luego se volvió a meter adentro, cerró la puerta y caminó hasta ponerse por detrás del joven. Empezó de nuevo a inspeccionar el cuerpo del menor: pasaba su mano con suavidad por encima de su piel. Recorría con sus dedos todas las cicatrices, como si pudiera sentir placer por cada antigua laceración.

Hasta que sus dedos se detuvieron en una cicatriz mucho más reciente. Era un corte de unos cinco centímetros, situado bajo el omóplato derecho, con marcas de haber sido cosido no hacía mucho.

—¿Qué es esto? —el sectario lo inspeccionó con interés—. Tienes un bulto extraño… Y duro…

Aptur permanecía sereno, sin decir ni hacer nada, mirando al frente, con la vista fija en la puerta de salida.

De repente se oyeron unos gritos ahogados al otro lado de la entrada. No pedían ayuda, sino que daban la alarma. Y a continuación detonaciones de armas de fuego. El sectario dio un respingo y se abrió un poco la túnica con su mano, con lo que dejó a la vista una daga encintada que no le dio tiempo a desenfundar.

El joven se incorporó de repente y la daga salió despedida como por arte de magia. Saltó del cinto a la mano derecha de Aptur, que la asió con gran habilidad. Acto seguido saltó encima de su propia silla y apuñaló dos veces al sectario por debajo de la barbilla, muy rápido.

La puerta de salida se abría en ese instante, por donde entraba un hombre rechoncho, también con una máscara de Bethuriel. Se echó enseguida atrás al ver la escena, saliendo de nuevo.

—¡Acabad con ese niño!

Dos acólitos entraron enseguida mientras desenfundaban sus espadas. La silla que había al lado de Aptur salió volando por los aires a un gesto de este e impactó de lleno en uno de los sectarios, desequilibrándolo.

El otro cargó un tajo horizontal, a pesar de tener la mesa por en medio. Aptur, que seguía subido a la silla, apoyó un pie en el mueble y saltó, pasando por encima de la hoja mientras giraba sobre sí mismo. Cayó al otro lado al mismo tiempo que con la daga había dado un certero corte en el lateral del cuello de su enemigo. Le había seccionado la yugular.

En ese instante el primer acólito intentaba reaccionar, pero Aptur se escurría entre sus piernas mientras realizaba diversos cortes, que lo hicieron perder la estabilidad y ponerse de rodillas. El menor, colocado ya justo detrás, le clavó la daga a la altura de la nuca. Acabó con su vida al instante.

Mientras el acólito que quedaba con vida se ponía la mano al cuello, intentando evitar que se le escapara la vida y la sangre, el menor pasó a su lado ignorándolo a él y al caudaloso charco carmesí que se extendía bajo él.

Salió de la habitación y vio que el hombre rechoncho, que esperaba al otro lado, se daba media vuelta y empezaba a correr. Aptur le lanzó la daga, que se clavó en la espalda del infeliz, a la altura de la lumbar. Le seccionó la base de la columna vertebral, cosa que le hizo caer desplomado.

El menor se acercó a paso ligero y desclavó la daga.

—No, no, no… Espera… No sabes lo que te ofrecemos…

—Me da igual…

Lo degolló sin compasión.

Con la daga aferrada fuerte en su mano empezó a caminar hacia el frente, hasta que llegó a unas anchas escaleras que descendían hacia la oscuridad. No se preocupó por todos los sectarios que sabía que dejaba atrás, puesto que otros se encargaban de ellos.

Le podía la curiosidad, saber qué habría más allá, en las profundidades del templo. Y dado que su corazón no sentía ningún temor, se adentró sin más.

* * *

El obispo Torgov miraba a su superiora algo desconcertado.

—¿Los desconectados? No, ni idea…

La arzobispa Anya bebió un largo trago de vodka y se dispuso a explicárselo.

—Los infantes tienen una peculiar manera de superar el dolor, de sobreponerse a cualquier hecho traumático. Los adultos no tenemos esa capacidad, puesto que nuestras mentes se verán dañadas de manera irremediable. En cambio ellos pueden, literalmente, desconectar. Es como si apagaran el interruptor, logran abstraerse de todo. En algunos casos, no solo parece que hayan sido capaces de olvidar hechos horrendos del pasado, sino que nada más vuelve a afectarles lo más mínimo.

»En esta nueva era de la humanidad, en estos tiempos oscuros, hay muchos de esos niños. Se crean a cada momento, más de los que nos pensamos. Si son detectados, con el entrenamiento adecuado, pueden ser unos soldados casi perfectos. Y si encima alguno de ellos tiene capacidades especiales, ya sean evolutivas o heredadas de experimentos a sus antepasados… ¿Cómo no íbamos a aprovecharnos de ello?

—No se pueden usar niños con poderes demoníacos… Está prohibido…

—Tenemos permiso de la Matriarca para usar cuántos medios estén a nuestra disposición, para luchar contra la Oscuridad. He seleccionado a uno de esos niños tan especiales, y lo usaremos de cebo para que esos sectarios lo lleven hasta su centro de operaciones, esté dónde esté. Incluso le hemos injertado un rastreador, tecnología electrónica, con un alcance de varios kilómetros.

El obispo estaba claramente incómodo.

—Si tiene permiso de la Matriarca para la operación, bueno, entonces me parece excelente.

—Le veo inquieto —dijo la arzobispa.

—Me he dado cuenta que se me ha hecho muy tarde —comentó mientras miraba su reloj de pulsera—. Tengo que atender diversas obligaciones, si me disculpa —hizo el gesto de levantarse.

—No, no le disculpo —contestó Anya para asombro de él—. Además, tampoco serviría de nada que salga para mandarles un mensaje. ¿Cree que habría tenido esta reunión con usted, si hubiera la más mínima posibilidad de que pudiera detener el plan? La aniquilación de los Adoradores de Bethuriel ya está en marcha, justo en estos momentos. Solo falta usted…

El extremo de un punzón asomó por la garganta del obispo Torgov. Justo detrás de él, Dasha, la joven que le había servido el vodka, le había atravesado la nuca con la misma herramienta que había picado el hielo. El eclesiástico se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, mientras un hilo de sangre le bajaba por el pecho.

—Usaremos los medios necesarios para luchar contra la Oscuridad —seguía hablando la arzobispa como si nada—. Si tenemos que usar niños, usaremos niños. Cualquier cosa que no veáis venir.

* * *

No veía ni el techo, ni las paredes, pero siguió bajando las oscuras escalinatas. Apenas se vislumbraba nada, solo lo justo como para no tropezarse y bajar rodando. Su lógica le dictaba que, a falta de una fuente de luz, todo debería estar en la más absoluta oscuridad, pero no era del todo así.

Aptur dejó de preguntarse por esa cuestión y siguió su descenso, hacia las profundidades, hasta que las escaleras se terminaron. Vio columnas redondeadas a su alrededor, y la sala debía ser inmensa, puesto que no era capaz de ver sus límites.

Siguió caminando hasta que oyó un siseo unos metros más adelante.

—¿Qué estás buscando?

La voz era grave, profunda y habría inspirado una gran desazón a cualquiera que la hubiera escuchado. Al menos a alguien que no hubiera sido Aptur.

—No busco nada…

Unos enormes ojos brillaron un poco más adelante, a cierta altura. Entonces pudo vislumbrar lo que parecía una detallada y enorme estatua de piedra negra, brillante y pulida. Tenía el rostro de Bethuriel y de la figura emergían diversos tentáculos que se enroscaban en las columnas de su alrededor.

—¡Mientes! Todos buscan algo.

—Me da igual…

—Huelo algo extraño en ti.

Aptur se quedó callado durante unos instantes, aunque luego decidió hablar.

—No te tengo miedo. Ni a ti, ni a la oscuridad.

—No es la oscuridad lo que debes temer, sino al que es capaz de encontrarte en ella —contestó la demoníaca voz que provenía de la estatua—. Ahora sé qué te hace diferente. Has logrado desconectarte.

—Si, eso dicen de mí —contestó el joven—. Que soy incapaz de sentir nada.

—¿Y sabes por qué, pequeña criatura? —preguntó la antigua estatua—. Porque has cortado tu conexión. ¡Has logrado desconectarte de la Luz! ¡Y eso te hace especial!

Los tentáculos se movieron, dejando claro que no formaban parte de la estatua, sino del ser incorpóreo que la habitaba. Todos ellos se dirigieron hacia Aptur y lo apresaron, rodeándolo como una serpiente. Se deslizaron sin que el niño pudiera hacer nada y comenzaron a meterse por su boca, inundando su interior, tomándolo, poseyéndolo. Si el menor hubiera tenido la habitual conexión con la Luz del Creador, como todos los seres vivos, el demonio no habría podido entrar en él.

Instantes después, luces de linternas inundaban el lugar y unos pasos llegaban corriendo. Varios inquisidores bien armados se acercaron al joven y lo rodearon.

—Tranquilos, es nuestro desconectado —decía el de más rango—. ¿Estás bien, Aptur? Has hecho un trabajo excelente.

—¿Qué cojones es eso? —preguntaba otro alumbrando la terrorífica estatua que se alzaba ante él.

—Solo es un cascarón vacío —le contestó el menor para acto seguido dar media vuelta y comenzar a caminar en dirección a las escaleras.

El mismo inquisidor observó que la estatua presentaba un tono desgastado y grisáceo. Tenía varias grietas y daba la impresión que se fuera a caer de un momento a otro.

Bethuriel subía las escaleras sin prisas, pero ansioso por regresar al mundo del que había sido desterrado tanto tiempo atrás.

 

Un relato de David Lorén Bielsa para Revista Vaulderie, todos los derechos reservados.

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