Una Era de Oscuridad

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Sin comodidades. Sin refugios seguros. Sin apenas organización. Pero también sin miedo y sin necesidad de ocultarse.

Hubo una era para la humanidad en la que los Hijos de Caín caminábamos abiertamente y nos mostrábamos tal como somos. En la que se nos temía y respetaba a partes iguales. Una era de tinieblas y supersticiones. Antes de que el Sabbat y la Camarilla existieran y pugnaran por la supremacía de las noches, hubo una era en la que domeñábamos al ganado, sabedores de nuestra supremacía.

Hubo una era de oscuridad. Y yo, Milos Kovach, voy a contarte todo cuanto deberías saber sobre ella.

GÉNESIS
(Extraído del Sacramento de Caín, escrito por el Profeta Anatole)

En un tiempo antes del tiempo, vivieron dos hermanos, y disfrutaron de la luz del sol eterno. Uno, un granjero, el otro, un pastor. Los dos conocían a Dios, y Dios los contemplaba desde lo alto y los conocía. Y conocía lo que iba a acontecer. Estos dos eran llamados Caín y Abel, nacidos de Adán y Eva.

Dios pidió un sacrificio. Y Caín ofreció la sangre de su hermano a Dios. Dejó que la sangre de su hermano sembrara la tierra. Y se reuniera con su creador en el ciclo, mientras Caín labraba. Ahora solo, como Dios, la sangre de su hermano en sus manos. Nuestro Padre Oscuro pensó que comprendía a Dios. Pero Dios estaba enojado: la muerte era de su providencia, su don. No para que Caín lo tomara, y así la oscuridad descendió sobre Caín.

En la oscuridad, Dios así habló: “Caín, tú que has tomado mi don, serás maldecido por él. Su abrazo negado, en tanto que el sol brille en mi gloria. Eres proscrito. Desterrado por toda la eternidad de mi luz, de la raza de Adán y Eva, y condenado a la sangre, la soberbia y la oscuridad. Ahora márchate, márchate para caminar por los yermos y sabe que existe una marca sobre ti. Y todas mis criaturas conocerán esa marca. Te evitarán, te temerán y nunca te darán la paz que deseas. Ahora márchate, lejos de aquí, a la tierra de la nada. Marcha a Nod.”

En la puesta del sol, la sombra de Caín se apresuró a darle la bienvenida, y la Noche Interminable comenzó. Tres ángeles acudieron a Caín y tres veces Caín los rechazó. Y tres veces repitieron la Maldición de Dios. Caín caminó solo hasta que llegó a una choza, y dentro de ella aguardaba Lilith. Ella, como él, una proscrita. Sin embargo, ella se envolvió en la oscuridad como un chal. Y enseñó a Caín a hacer lo mismo, sabiendo que desagradaría a Dios, dándole celos. Durante tres breves noches, Caín no conoció ni hambre ni dolor. Estaba completo, pero también maldito, y Lilith sabía esto. Con el tiempo, se separaron, jurando regresar en noches lejanas para corregir los agravios que Dios les había infligido.

En un valle, Caín llegó a una ciudad, donde vivían los hijos de su segundo hermano, Seth. Observó desde lejos, cautivado por sus vidas cortas y brutales, llenas de dolor. Pero también de amor y luz. Caín decidió que había llegado la hora de dejar de errar.

En este valle, construyó la mítica Enoch, la Primera Ciudad. Aquí Caín no ocultó su marca, y gobernó como un poderoso monarca. Y conoció la felicidad. Pero pronto, el pesar volvió, pues en verdad estaba terriblemente sólo en la ciudad de Seth. Suspiraba por Lilith, pero no sabía de ella. Bajo la pena, cometió un segundo pecado, uniendo su suerte a la oscuridad para siempre.

Tres fueron elegidos por Caín, y esos tres se convirtieron en su progenie. Y nació la Segunda Generación. Y con el tiempo, los Tres crearon a los de la Tercera Generación. Y así una y otra vez. No obstante, Caín sabía lo que había hecho, y en su mente, Lilith gritaba. Y Caín declaró: “¡Que esto termine! ¡No habrá más!” Pero era demasiado tarde.

En la Primera Ciudad abundaba su raza y el ciclo se abrió. Y la lluvia cayó. Dios había pronunciado su segundo juicio. Y Caín se aventuró una vez más en los Yermos, dejando que su ciudad y sus chiquillos se ahogaran.

Solo Trece sobrevivieron al Gran Diluvio, llamándose a sí mismos Antediluvianos.

De Caín y de los Tres, nada se supo. Sus huellas borradas por las aguas que cubrieron la Tierra.

Con el tiempo, nació una Segunda Ciudad, y la raza de Caín prosperó, aunque malditos. El sire desconfió del chiquillo, el chiquillo mató al sire, y la sangre corrió en la Ciudad. Esta vez, como siempre ha sido desde entonces, Dios no destruyó la Segunda Ciudad, fueron los chiquillos de Caín los profetas de su propia destrucción, quienes causaron la caída de la Segunda Ciudad.

Y los Trece Clanes se dispersaron en un éxodo. En sus viajes, los Trece se encontraron con los hijos de Seth, que habían creado imperios a lo ancho del mundo, más majestuosos y poderosos que Enoch o la Segunda Ciudad. Aquí, en ciudades de oro, los Hijos de Caín acudieron en tropel en gran número, ignorando a Caín y a Dios.

Y se convirtieron en reyes, reinas y dioses.
Y como reyes, reinas y dioses, los Trece disputaron y conspiraron los unos contra los otros, desconfiando de todos y llenando la noche con lágrimas y sangre. Lejos, sin ser visto, Caín lloró por la Guerra de los Clanes. La marca maldita de su raza había comenzado.

Caín vio esto, y se enfureció. Enfurecido con su raza por condenarle con sus pecados. Y así habló: “Malditos seáis todos, como yo fui maldecido por Dios. He visto el futuro, escrito en sangre, cuando las noches lleguen a su fin. Y el Juicio vendrá. No el juicio de Dios, sino el mío, y con él, mi absolución. Los signos serán claros, el mundo se convertirá en la Gehenna. Los dignos serán perdonados, los otros serán consumidos por el hambre de los antiguos, de mis primeros Condenados, a quienes conozco por su nombre. Conoceréis este tiempo, pues los mortales quemarán vuestras ciudades de oro y enterrarán vuestros sueños con cenizas y tierra. Un tiempo cuando los Hijos de Seth reclamarán su mundo, arrojando luz en las tinieblas, y la Sangre se debilitará, engendrando Retoños impuros en su Condenación y hediendo a la Suerte de Seth. Conoced estos signos, pues señalarán el Fin.”

LA EDAD OSCURA

Hablar de la Edad Oscura es hablar de bosques sombríos y silenciosos páramos desolados. De castillos siniestros alzándose sobre escarpadas cumbres y ruinas malditas en las que nadie osaría internarse. De batallas crueles a las que los señores feudales guían a sus ejércitos, carnicerías en las que los cuerpos se amontonan en un mar de barro y sangre para ser pasto de los cuervos. Una Europa asolada por la superstición y el miedo a lo desconocido donde la niebla envuelve los días y en la que los vampiros caminábamos por la tierra como los auténticos amos de la noche.

Es una época magnífica, pero al mismo tiempo aterradora para ser un vampiro. Los lugares en los que esconderse del sol y de la antorcha son escasos. Los viajes son peligrosos y siempre entrañan riesgos. Los caminos están plagados de bandidos sanguinarios y hombres lobo hambrientos. La fe habita en el corazón de los mortales y hasta el más humilde campesino puede albergar en su corazón el poder para oponerse incluso al más poderoso señor vampiro.

Y aquí es donde comienza nuestro viaje. Prepárate, pues la senda a recorrer será larga…

Escrito por Milos Kovach par Revista Vaulderie.
Ilustración de Jama Jurabae

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